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El Valle de los Ingenios: una mística cautivadora

19 de enero de 2022

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Redacción: Equipo de Habana Radio / Fotos: Alexis Rodríguez

 

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En el mismo centro de la Mayor de Las Antillas, se localiza actualmente la provincia de Sancti Spíritus. Allí se encuentra Trinidad, conocida como la «Ciudad Museo». La villa fue fundada en 1514 por el adelantado Diego Velázquez, durante el periodo de conquista y colonización española de las tierras antillanas.

El Centro Histórico de Trinidad y el Valle de los Ingenios quedaron inscritos en la lista del Patrimonio Mundial, durante la duodécima reunión del Comité Intergubernamental del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural de la UNESCO, celebrada en Brasilia, Brasil, entre los días 5 y 9 de diciembre de 1988.

Imponente por su belleza y majestuosidad, el Valle de los Ingenios está ubicado al sur del macizo montañoso de Guamuhaya y al este de la añeja villa, con una extensión de 253 kilómetros cuadrados. El Valle es dueño de una mística cautivadora, quizás por sus altos valores paisajísticos e importantes evidencias, incluidos 73 sitios arqueológicos industriales con restos constructivos de la arquitectura vernácula. Este sitio histórico natural es considerado el más importante emporio azucarero de Cuba en la primera mitad del siglo XIX.

El Valle de los Ingenios es sin dudas un museo a cielo abierto que hoy atrae a miles de visitantes nacionales y extranjeros en busca de los hallazgos arqueológicos y la historia de las huellas ibéricas y coloniales.

Los numerosos ingenios que se establecieron en sus llanuras a lo largo de tres centurias, fueron transformando el paisaje típico del sistema de plantación azucarera. Como han expresado diversos estudiosos, “la tierra se conformaba por extensiones perfectamente cuadriculadas de campos cañeros, interrumpidos por pequeños bosques de frutales cercanos a caseríos con una o más torres humeantes, bosques en galería que serpenteaban junto a los numerosos arroyos y arroyuelos intermitentes que surcan las antiguas fincas azucareras, y por la corriente más ancha, algún que otro guayro, embarcación de fondo plano que navegaba a vela y remo trasladando los productos del ingenio hasta el cercano puerto”.

 

Breve historia de Trinidad y el imperio del azúcar

 

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Ese paisaje, idílico por su hermosura, por el hermoso verde de la caña y por su flora, por las franjas ocres y pardas de sus bien trazadas guardarrayas, era, sin embargo, resultado del trabajo humano basado en la esclavitud.

Como se ha planteado, el sistema de plantación azucarera en la región de Trinidad dejó en cuanto a cultura material, en especial en patrimonio cultural edificado, un saldo de 73 sitios arqueológicos industriales con restos constructivos de la arquitectura vernácula adaptada a las funciones y requisitos de la producción azucarera: casa de calderas, de purga, alambique, almacén, torres y pozos, represas y aljibes, casas de viviendas para amos y siervos, enfermería y cementerios, entre otros.

Aquellos tiempos de riqueza de la villa de Trinidad propiciaron que decenas de familias adineradas se asentaran en el valle circundante. La cría de ganado y la siembra de tabaco serían las primeras actividades económicas que se desarrollarían en la zona.

Sin embargo, la gradual introducción en Cuba de la mano de obra esclava procedente de África, la necesidad de fomentar el comercio con otras naciones y la aparición de novedosos adelantos tecnológicos, provocaron el auge de la industria azucarera entre los siglos XVII y XIX.

A ello se sumó la elevada humedad y la dirección de los vientos en esa región, favorables desde el punto de vista ambiental para el crecimiento de la caña de azúcar. Por eso florecieron las grandes haciendas en toda la extensión del territorio. Algunas poseían lucrativos ingenios que ayudaron a que Cuba se convirtiera en la mayor productora mundial del grano en el siglo XIX.

 

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Haciendas pertenecientes a ilustres familias como Cantero, Brunet, Bécquer, Iznaga, Malibrán o Borrell, dejaron su huella en la historia del desarrollo azucarero cubano. Abundantes vestigios pueden admirarse gracias a la labor de investigación y conservación impulsada por instituciones locales y nacionales, en aras de exhibir muestras de lo que en su momento fue el imperio azucarero cubano que, de conjunto con Trinidad, son evidencias patrimoniales dignas de recorrer.

Entre las más de 60 haciendas destinadas a la producción de azúcar en el Valle de los Ingenios, sin dudas San Isidro de los Destiladeros fue una de las más prestigiosas. En la actualidad, los hallazgos expuestos a cielo abierto dan cuenta de la importancia del patrimonio industrial del célebre valle.

Se dice que su construcción data del siglo XVIII. Por esos años no era más que el trapiche «San Juan Nepomuceno», propiedad de Alejo María del Carmen Iznaga y Borrell, catalán que llegó a Cuba con el propósito de crear una buena fortuna. Su propósito se cumplió y años después las ganancias comenzaron a crecer ostensiblemente.

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Aquello motivó al dueño a rebautizar el trapiche con el nombre de su patrón de la agricultura en la Madre Patria: San Isidro de los Destiladeros. Luego, la propiedad fue vendida a José del Rey Álvarez, quien aprovechó la máquina de vapor y el incremento del número de esclavos para transformar a San Isidro en uno de los diez ingenios azucareros más productivos del valle y del país.

Tiempo después, Pedro Matamoros Borrell compró la hacienda y ejecutó considerables obras constructivas, remodelando la casa señorial y añadiendo edificaciones significativas, destinadas directamente a la producción y a cobijar las dotaciones de esclavos.

La hacienda de San Isidro tiene una impresionante ubicación. Desde allí se pueden ver las montañas de la Sierra del Escambray y respirar un aire de extrema pureza, gracias a los robustos árboles que forman parte del conjunto campestre.

Sobresale la casona principal, que fue reducida a ruinas y rescatada gracias a un riguroso proceso de restauración, respetando los planos originales con que fue construida en 1838. Sus dependencias, estancias, corredores, puertas de acceso y ventanales hacen pensar en el bienestar económico de sus moradores.

Un poco más allá, la torre campanario de estilo neoclásico sorprende por sus tres pisos de base cuadrada, los arcos de medio punto y los detalles ornamentales. En general, la estructura llega a medir 43.5 metros. Se dice que cumplía tres funciones: mirador, campanario para avisar sobre el inicio o el fin de la jornada de trabajo, y como capilla de retiro, meditación y adoración a los santos católicos. Desde el punto más alto una vista impresionante del Valle cautiva a los que se aventuran a su punto más alto. Es un verdadero regalo a la vista.

Muy cerca, se pueden entrever los muros del sistema hidráulico que llevaba las aguas de un arroyo cercano al área destinada a la producción de azúcar. Allí las excavaciones han desenterrado lo que otrora fuera la destilería o el molino de barro.

San Isidro recuerda también el rostro de la barbarie, materializada en el sometimiento de hombres y mujeres que por su color de piel y su procedencia, eran considerados inferiores. Las ruinas de los barracones recuerdan el horror de aquellos años, cuando los esclavos regresaban maltratados y exhaustos de las faenas en el campo o en el ingenio, para descansar durante las horas de oscuridad en estos espacios con condiciones infrahumanas.

 

Seguir la visita por el Valle de los Ingenios: la hacienda Guáimaro

 

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Seguir el recorrido por el Valle de los Ingenios es vivir una historia fascinante, ser testigos desde la conquista del continente hasta el papel de Cuba en el crecimiento económico de las colonias. Existen razones suficientes para asegurar que allí todavía queda mucho por descubrir. Por eso los expertos cubanos no cesan la búsqueda de evidencias ni la restauración capital a la que ha sido sometida las haciendas desde el año 2000, cuando fuera incluida en el listado de monumentos en peligro por la Fundación para los Monumentos del Mundo (World Monument Fund).

Momento especial del recorrido fue visitar la casa hacienda Guáimaro – casona que perteneció al marqués del mismo nombre –, restaurada por el medio milenio de la tercera villa cubana, y que muestra al turista valores patrimoniales, históricos y tradicionales.

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Entrar ahí te hace sentir la misma sensación que cuando entras a Trinidad: el tiempo detenido. Sus paredes con sus pinturas murales, el mobiliario, la vista desde está ubicado el recinto, desde una pequeña colina… Toda la casa hacienda Guáimaro aguarda con cierta complicidad mientras los visitantes intentan revivir el espíritu de una época de esplendor y el abolengo de una familia, la de los Borrell. Algo alejada de Trinidad, y de sus vías principales de acceso, el sitio exhala un hálito místico y casi mágico. El ambiente es único; incluso parece que a eso contribuye las leyendas que se han formado alrededor del dueño, hombre cruel y despiadado cuya esposa incluso quiso asesinarlo. Historias que levitan en el ambiente y que siguen siendo mantenidas por los pobladores, pero más allá por los propios documentos históricos.

Hasta el Valle de los Ingenios llegan los recorridos que la Oficina del Conservador de la Ciudad organiza eventualmente. Uno de los destinos precisamente es esta casona, restaurada por el medio milenio de la tercera villa cubana, ahora convertida en Museo del Azúcar y con valores patrimoniales, históricos y tradicionales.

La casa muestra una sala principal, dos aposentos interiores, otras dos habitaciones que sirvieron como despacho a sus antiguos propietarios, un comedor y un espacio dedicado a los actos litúrgicos, por lo que es la única vivienda en todo el valle que poseía una capilla.

Asombran los rasgos arquitectónicos de la mansión, de la cual se tienen noticias desde 1788, aunque fue la tercera generación de la familia, José Mariano Borrell y Lemus, quien da la forma definitiva a esta hermosa vivienda que ha llegado a nuestros días para contarnos el modo de vida de los ricos hacendados que forjaron su fortuna sobre lágrimas y sudor esclavos. Y es que a un costado de la espaciosa estancia, bendecida por el fresco del monte, está el barracón de quienes con su sudor enriquecían a los dueños, donde dormían en condiciones infrahumanas luego de una ardua jornada de trabajo. De aquellos años aún quedan las huellas del sufrimiento en grilletes y otros instrumentos de tortura, ahora celosamente custodiados por campesinos de la zona, que muestran en los portales de sus viviendas estos trofeos de dolor y muerte, junto a antiguos utensilios de trabajo.

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La Oficina del Conservador de Trinidad insiste en borrar las huellas del tiempo y la desidia para dar vida a un espacio museístico de altos valores patrimoniales. Hoy se ha restituido totalmente la cubierta de madera preciosa y comienzan a rescatarse los muros y el piso a partir de los diseños originales. Se nota que el grado de deterioro fue impactante, pero ahora la imagen es otra: la casona renace con su halo mítico, no solo por la famosa leyenda del diablo que una y otra vez asomaba en una de sus paredes – otra de las fábulas del lugar –, sino por la belleza de sus pinturas murales, creadas por el célebre arquitecto, decorador y pintor italiano radicado en Cuba, Daniel Dall Aglio.

Estas representan escenas bucólicas, pastoriles, de ruinosos castillos, o reproducciones de conjuntos arquitectónicos neoclásicos, que resaltan bajo los efectos de la luz, en especial, la del atardecer.

 

Perfecta imbricación entre turismo, patrimonio y naturaleza

 

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Un arduo Programa de Rehabilitación Integral del Valle de los Ingenios ha caracterizado a la zona en los últimos tiempos, incluso en difíciles situaciones epidemiológicas como las que nos ha traído la Covid-19. La creación de más de medio centenar de rutas turísticas, la reanimación agropecuaria de la planicie, así como los avances en la recuperación de las casa-haciendas y de otros inmuebles constituyen algunos de estos resultados.

Y es que en toda Trinidad se han destinado a potenciar las riquezas patrimoniales a favor de la industria del ocio y el mejoramiento de las comunidades rurales localizadas en esa extensa llanura. Esfuerzo conjunto de las autoridades, el Partido y el Gobierno junto a la Oficina del Conservador de la Ciudad y directivos del Ministerio del Turismo.

Por ejemplo, el Delegado del Ministerio del Turismo (MINTUR) en Sancti Spíritus, Reiner Rendón Fernández, nos habló de que algunas de estas haciendas – que nos confirman los inmensos valores culturales, sociales, paisajísticos y naturales, en general, del Valle, que en 1827 llegó a fabricar 640 000 arrobas de azúcar en sus 56 ingenios –, sin traicionar su riqueza histórica han sido rescatadas para el disfrute turístico.

Rectorado por el MINTUR, el programa de rehabilitación de esa área geográfica ha jerarquizado el desarrollo agropecuario, luego del desbroce de cientos de hectáreas de marabú y de otras plantas invasoras, a partir del fomento de la ganadería y de las plantaciones de cultivos varios, de la caña de azúcar y de árboles maderables y frutales.

Rendón Fernández ha destacado el proceso de reconstrucción de las casa-haciendas, entre estas las acciones ejecutadas en Guachinango —la única sobreviviente en el Valle vinculada con la ganadería—, a cargo del propio MINTUR y remozada a un costo de alrededor de 3 millones de pesos en moneda total.

Este bello lugar con servicio gastronómico y de alojamiento, administrado por la Sucursal Extrahotelera Palmares S. A. de Sancti Spíritus, reinició sus operaciones turísticas gracias al remozamiento capital de la instalación, que comprendió la reparación de paredes y cubiertas, la readecuación de espacios, así como la restauración de las pinturas murales de la casona.

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El MINTUR impulsó también la remodelación integral de la casa-hacienda Buena Vista, que hoy cuenta con 4 habitaciones pero sobre todo caracterizada por la perfecta imbricación entre naturaleza y bienestar, entre arquitectura patrimonial y naturaleza. Junto a esta, El Abanico, responsabilidad de la Empresa Nacional para la Protección de la Flora y la Fauna, que también concluyó sus labores de restauración y conservación.

De conjunto, la Oficina del Conservador de la Ciudad de Trinidad vela por el respeto de los valores históricos y arquitectónicos durante las ejecuciones del programa emprendido, y acometió la rehabilitación de 16 inmuebles en el otrora caserío de esclavos de Manaca Iznaga, considerado por los expertos como el único exponente de su tipo en Cuba y en buena parte de América Latina.

En el programa de desarrollo y recuperación integral, comenzado en el 2009, intervienen más de una decena de entidades, instituciones y organismos, entre estos la Agricultura, Vivienda y el Centro Provincial de Patrimonio Cultural.

Imposible en un trabajo abarcar toda la riqueza de un lugar como el Valle de los Ingenios, de Trinidad. Y es que valores de todo tipo avalan su historia, su cubanía, pues como dijo en cierta ocasión el Doctor Eusebio Leal Spengler, “una ciudad como Trinidad no debe, bajo ningún concepto, permitir que la abulia y el desinterés por lo común, por lo de todos, se entronicen”.

A Trinidad y a su valle de los Ingenios hay que darle el lugar que le corresponde. Hay que conocerlos y visitarlos.

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