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Un regalo de las abejas

1 de noviembre de 2019

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Hace miles de años, el hombre descubrió las propiedades curativas de los propóleos. Según investigadores, las trepanaciones craneales practicadas en la Edad del Bronce, no hubieran sido posibles sin el empleo de ese bactericida natural. Los sacerdotes del Antiguo Egipto conocían su utilización en medicinas, y existen criterios de que lo empleaban en la momificación.

Aunque en la medicina popular europea se mantuvo su uso, los propóleos cayeron en cierto olvido durante siglos, hasta que en la guerra de los Boers (1902) probaron sus ventajas en la cicatrización de heridas. El éxito atrajo, nuevamente, la atención de los científicos, e iniciaron una cadena de investigaciones que persiste hasta nuestros días.

Una verdadera “fiebre” de propóleos extendió su uso del campo de la medicina humana y animal, al de la cosmetología: este último, poco novedoso, pues excavaciones arqueológicas descubrieron vestigios del maravilloso producto en los tarros de ungüentos cosméticos pertenecientes a Cleopatra. Y por más argumentar, la moderna industria alimenticia utiliza las propiedades antioxidantes de los propóleos como un magnífico preservo para las conservas.

Desde que las abejas aparecieron sobre la faz de la tierra, hace veinte millones de años, el régimen aleccionador de sus vidas y la perfección de esos instintos “atraparon” al hombre en una continua observación de sus costumbres. Baste saber que los pueblos de la antigüedad consideraban a este pequeñísimo insecto como símbolo del orden, el ahorro y la capacidad de trabajo.

Mencionemos algunos de los aspectos que hablan a favor de tan singular especie:

Sus viviendas –colmenas– dan lecciones de construcción al más experimentado arquitecto. La abejas satisfacen las necesidades nutricionales con uno de los más completos alimentos almacenables –miel–; elaboran una sustancia cuya riqueza hormonal establece cualidades biológicas especiales en las larvas –jalea real–; y por último, crea un inviolable sistema de autodefensa individual –veneno–, y colectivo –propóleos–.

En los tiempos remotos en que el enjambre se alojaba en las cavernas, desarrollaron el instinto de “propolizar” para protegerse de sus enemigos.

Con propóleos revisten los interiores de las celdas, cubren los panales para impedir su contaminación, refuerzan los tabiques y sellan las grietas asegurando todo lo que ofrezca inseguridad; incluso, revisten la entrada, hecha a propósito para impedir el paso a otras dimensiones que no se ajusten a su tamaño. Allí limpian también de materias contaminantes las patas de las obreras cuando regresan de sus vuelos.

Con propóleos, además, amortiguan las vibraciones interiores de la colmena, los sonidos violentos –las abejas son muy sensibles al ruido-, y por si fuera poco, mantienen una temperatura estable –alrededor de 30 grados centígrados–, evitando el exceso de humedad y la evaporación del agua, factor muy importante para el desarrollo de las larvas.

 

Propóleos en el mundo

 

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Si tan solo hace 20 años, a los apicultores les hubieran dicho, que aquella resina oscura y pegajosa que dificultaba el castramiento de las colmenas, tendría un valor comercial elevadísimo en los mercados internacionales (33 veces superior a la cera, y 26 mayor al de la miel), no lo hubieran creído. A pesar de su riqueza melífera, los propóleos… ¡se desechaban!

Pero, quizás usted se pregunte ¿qué es exactamente ese producto? Pues, un polímero balsámico que las abejas extraen de diversas resinas de las plantas, y potencializan con enzimas segregadas… por sus propias glándulas salivales.

 

Composición química

Los propóleos se presentan en forma de cúmulos de aspecto plástico terroso, con un color variable entre el castaño claro y el pardo oscuro, y de olor resinoso característico. Estas diferencias se derivan de la complejidad de su composición química, muy cambiante de una colmena a otra, debido a las variaciones, tanto de la flora, como de los microorganismos del medio ecológico.

Está constituida por 14 microelementos en forma de radicales libres; 33 elementos compuestos, principalmente flavonoides; 32 aminoácidos -7 de ellos insustituibles-; y todas las vitaminas del grupo PP.

Además, incorporan siempre gránulos de polen, ricos en minerales simples, aminoácidos, lípidos, proteínas y carbohidratos.

 

Propiedades Terapéuticas

 

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La amplitud de propiedades terapéuticas no la supera ningún otro producto biógeno, y es tal la complejidad de su composición química, que permite múltiples combinaciones. No se ha podido comprobar que algunos de estos principios activos produzcan por sí solos las ventajas enunciadas; todo indica que las acciones de cada uno de sus componentes se complementan.

Hasta el momento, las propiedades demostradas son: antibacterianas (bactericidas y bacteriostáticas), antimicóticas, antiparasitarias, antiinflamatorios, antioxidantes, antialérgicas, analgésicas, antituberculosas, antivirales, antipiréticas, anticolesterolémicas, epitelizantes, estimulantes de la inmunogénesis, desodorantes, fitoinhibidoras, hipotensoras y hemostáticas.

No obstante, falta mucho camino por recorrer en el campo de las investigaciones químicas para sacar mayor provecho a sus ilimitadas posibilidades

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