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Héroes anónimos rescatan la historia

7 de abril de 2017

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Por: Elin Driggs y Gabriela Sánchez

 

gabinete restauración (Medium)

Foto: Alexis Rodríguez

 

Casi desapercibido para el transeúnte común pasa la vieja casona de la calle Oficio, donde se encuentra ubicado uno de los principales cuarteles del Gabinete de Conservación y Restauración del patrimonio cultural de La Habana Vieja. Al atravesar sus imponentes puertas se muestra una escondida estructura estilo mudéjar dividida en sesiones de dos pisos que acogen a los talleres que se encargan de rescatar los bienes museales más deteriorados.

Brigadas de héroes acuden jornada tras jornada al rescate de la identidad cultural, que forma parte del patrimonio de la ciudad, para salvaguardar las piezas consideradas de un alto valor simbólico y material por la historia que cargan.

Los profesionales realizan su labor como un equipo multidisciplinario, el cual está en constante interrelación entre todos los talleres que conforman el Gabinete, a sabiendas de que el trabajo de uno afecta directamente al del otro.

 

El taller que marca la hora

 

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Tic, tac, tic, tac…es lo primero en escucharse al introducirse en el taller más puntual del edificio. Dos relojeros conocen a la perfección el funcionamiento y composición de los artefactos encargados de darle hora a la historia.

Jesús Ramón Rodríguez Burgos, restaurador y relojero principal, tiene ya más de 20 años de experiencia en el taller. “Aquí he reparado relojes grandes, de mesa, de pared, de bolsillo, grandfather… Son muy originales, son cosas que ya no se fabrican”, explica.

 

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Los relojes más antiguos que conserva la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana son de formato de bolsillo originarios de la Inglaterra del siglo XVIII. A veces se tienen datos del que una vez propietario de la pieza: “Tuve en mis manos la oportunidad de reparar el reloj de bolsillo que perteneció a Félix Varela. Actualmente está en exposición en el palacio de los Capitanes Generales”, comenta Jesús.

Principalmente reparan relojes que pertenecen a las colecciones de los museos de la ciudad. La mayoría llegan por donación de personas que los han guardado de sus predecesores. El trabajo de restauración depende de las complicaciones de la maquinaria del objeto y las roturas que tengan.

 

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Cuando tienen faltantes, los especialistas se encargan de fabricarles las piezas, sin llegar a modificarlos, buscan que el acabado sea lo más parecido al original posible. Para ello se emplea un torno de relojero, distintos tipos de materiales como el acero y el latón. Se utilizan varillas de acero de diversas medidas para hacer los ejes, los piñones; y para fresar la rueda usan chapas de latón de varios espesores, agrega Jesús Ramón Rodríguez Burgos.

 

Iluminando el pasado

Contrario a lo que sugiere el nombre, el taller de lámparas es una de las zonas con menos iluminación del edificio. Una tenue claridad intenta alumbrar una pequeña oficina en la que sobresale en su interior la gran mesa donde arreglan adornos luminosos.

 

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En esta departamento, donde casi no se puede caminar, trabaja hace años Alejandro Santos Valdés, quien lidera un equipo de restauradores de lámparas, faroles y apliques, que se ubican, esencialmente, en casas museos.

El trabajo de restauración de este taller consiste primeramente en fotografiar la lámpara cuando se va a restaurar para después saber cómo volver a armarla. Luego, pasan a desarmarla y la sumergen, si es de cristal, en detergente amoniacal para limpiar las piezas. Se le quita el alambre viejo y se les ponen nuevos para volver a armarlos de vuelta al original, explica Santos Valdés.

 

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Las lámparas de bronce pasan por un proceso similar a las de cristal. Pero es el taller de metales quien se encarga de limpiar las piezas. Luego, de vuelta a las manos de Alejandro y su equipo, son armadas, electrificadas y llevadas en el lugar de exposición.

“Nosotros restauramos e hicimos el montaje de las lámparas que se encuentran en el comedor del palacio de los Capitanes Generales. Fueron donadas por la poetisa Dulce María Loynaz. Son lámparas trianón estilo francés, la armazón es de bronce y sus colgantes de cristalería.

“También realizamos las instalaciones de la lámpara principal del Museo Napoleónico, donada por Francia, que fue un regalo de Napoleón Bonaparte a su primera esposa Josefina de Beauharnais”, comenta el restaurador.

En el caso de que falte alguna pieza, siguen la misma metodología que el taller de relojes, en cuanto a sustituirla por una muy parecida a la original.

 

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“Con el propósito de ambientar la arquitectura de los edificios antiguos, construimos lámparas. Para ello estudiamos la época y nos auxiliamos de catálogos. Por ejemplo, en la casona de 23 tuvimos que adaptarnos al estilo del siglo XX, para la creación de las lámparas que adornan ese lugar”, concluye Santos Valdés.

 

Donde se cose la historia

Escondido en el segundo piso de la casona se encuentra el taller de textiles. Un silencio y una total tranquilidad abundan en la sala. Su profesión así lo exige. La calma debe primar en este tipo de habitaciones, donde la luz achina los ojos del visitante. María Ester Rodríguez Lobaina, restauradora principal del taller, conoce bien el quehacer en este espacio.

 

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“El objetivo de nuestro trabajo es tratar de darle vida a las piezas que el tiempo ha deteriorado un poco; darle vida para que tengan un tiempo más largo de duración y exponerlas en los museos”, afirma.

Este taller se ocupa de la conservación y restauración de todas las obras patrimoniales confeccionadas en soporte de tela: trajes de época colonial, sombreros, banderas, tapices, abanicos, manteles, sobrecamas y lencería diversa. Todas las piezas llegan deterioradas y rasgadas, entonces el equipo de textiles las rellena con hilo nuevo, dándole puntadas de restauración o de sostén, para corregir todo lo que el tiempo ha dañado.

 

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“El textil no se debe lavar, y mucho menos cuando es tan antiguo, porque eso lo daña, y se nos puede quedar en las manos. Antes de someterlo a un enjuague o un lavado primero hay que pasarle una aspiradora para quitar el polvo de la superficie de la tela, y la protegemos con un tul. Aunque siempre es mejor utilizar compresas con agua”, explica María Esther.

Además, el taller tiene un proyecto para capacitar futuros trabajadores porque es un trabajo muy delicado y que exige mucha paciencia, pues la mayoría de las piezas son de los siglos XVII, XVIII y XIX, y por ende requieren un quehacer pausado.

La historia es una sucesión de hechos ocurridos a lo largo de los años; son una serie de eventos irremplazables, y testigos de estos son los bienes museales que “vivieron” la época. Es más que necesario la salvaguarda y restauración del patrimonio cultural cubano, para así perpetuar nuestro pasado.

 

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Esta serie de reportajes constituyen un reconocimiento a la labor que a diario desempeñan los equipos del Gabinete de Conservación y Restauración de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, los cuales llevan en sus manos la historia de la ciudad y de Cuba.

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