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Crónica a Holguín

28 de febrero de 2013

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Realizado el 30 de agosto de 2012

Vista del paseo de Holguín / Fotos: Alexis Rodríguez y Nadia Herrada

Llegar a un lugar que no conocemos siempre resulta motivo de curiosidad, de búsqueda, de confrontación. Y más cuando siempre se ha soñado visitar ese sitio. Dentro de las provincias que ansiábamos recorrer precisamente estaba Holguín, la conocida como Ciudad de los Parques. Y créanme que no sufrimos una decepción.
Un equipo de Habana Radio tuvo la posibilidad de pasear sus calles, sus plazas, de admirar su arquitectura, su gente; todo causó una muy buena impresión para quienes estamos acostumbrados a la vida capitalina, donde la vorágine del día a día te absorbe, te envuelve como en un tornado y hace que te olvides de cosas tan elementales como un simple “buenos días” o una sonrisa para recibir a un visitante.
En Holguín, como en otras provincias del país, la hospitalidad pulula; la buena energía puede palparse y, sobre todo, las preocupaciones que a veces nos avasallan no impiden la disposición de extender una mano amiga o simplemente brindar una determinada ayuda. Y más que nada, no hacen que la ciudad sea también un reflejo de la suciedad de un alma humana.

Vista del paseo de Holguín / Fotos: Alexis Rodríguez y Nadia Herrada

Muchos capitalinos amamos nuestra urbe, pero sabemos que hay otros que no les importa su fealdad, traducida, por ejemplo, en un sencillo pero horrible papel tirado al piso. Si algo debemos aprender es saber comportarnos en sociedad, ubicar en tiempo y espacio oportuno determinada acción sin molestar a nuestros co-habitantes. En fin, debemos aprender de ciudades del interior como Holguín, y otras tantas, que ven en la cotidianidad más sencilla la belleza de la existencia.
Quizás esta sea una introducción larga para un simple trabajo que pretende regalarles algunas historias y lugares holguineros. Pero me pareció que comenzar por aquí pudiera ser un buen incentivo para ahondar en otros aspectos igualmente cautivantes de allí.
Pero adentrémonos en ellos. Muchos quizás son muy conocidos por fotos o por anécdotas. Algunos faltarán. Solo quiero devolverles la visión de quienes, con muchas expectativas, llegaron y quedaron conquistados.

Símbolo de la ciudad / Fotos: Alexis Rodríguez y Nadia Herrada

Lugar obligado para todo el que visite Holguín es la Loma de la Cruz, la cual se erige a 261 metros sobre el nivel del mar. Impresionante resulta ver, desde la altura, una ciudad caracterizada arquitectónicamente por calles tan rectas y anchas, y de largas distancias.
Fue el franciscano Antonio Alegrías quien, cargando ese símbolo, lo llevó hasta esa montaña tan intrincada y lo depositó como una especie de eterno vigilante. Por eso, una de las más antiguas tradiciones de visitantes y foráneos sea la de subir esos largos escalones (458 en total) para arribar a uno de los puntos más elevados de la provincia y poder allí degustar la belleza tanto citadina como paisajística del entorno. Tradición que se ha mantenido como una de las actividades iniciales de un evento autóctono de la ciudad: las Romerías de Mayo.

Otros suben para depositar ante ese lábaro de madera sus peticiones, anhelos, sus sueños, deseos, sus promesas en aras de lograr determinado objetivo. La fe humana mueve el mundo, me diría un amigo. Velas, flores son depositadas ante la Cruz como una reverencia a la esperanza.

Vista desde la Loma de la Cruz / Fotos: Alexis Rodríguez y Nadia Herrada

Sin dudas, este lugar – declarado Monumento Histórico Arqueológico Colonial de la Isla de Cuba – se ha convertido en motivo de orgullo de todos los que residen en Holguín. A cada persona, sea de cualquier edad, que le dices: nunca he estado aquí, enseguida llega la respuesta: pues tienes que conocer la Loma de la Cruz. Es como si de generación en generación se trasmitiera la necesidad de enorgullecerse de una historia que comenzó cuando el 28 de octubre de 1492, al arribar el almirante Cristóbal Colón precisamente por ese territorio nororiental, exclamara una frase que se ha convertido en insignia: “Nunca antes tan fermosa cosa vido”.

La iglesia San José: lugar inigualable / Fotos: Alexis Rodríguez y Nadia Herrada

Custodiada por un ángel – en forma de estatua – y poseedora de una perfección arquitectónica impresionante, la Iglesia San José está ubicada en un parque que lleva su mismo nombre e igualmente sorprendente por su disposición en la ciudad. Sus bancos, a cualquier hora del día, siempre están ocupados por personas que o buscan un descanso momentáneo y se sientan a disfrutar del fresco de la brisa que allí sopla o por los habituales que ven el lugar como un espacio para tertulias y conversaciones diarias.
Ubicado en el propio centro de la ciudad, la historia del inmueble religioso se remonta a 1803 debido a que el obispo de Santiago de Cuba, Don Joaquín de Océs y Alzúa, autorizó su construcción. Sin embargo, su ejecución no comenzó hasta 1815, tardanza que se debió a que la obra no era financiada por la iglesia, sino por las donaciones del pueblo. Su inauguración oficial fue en 1819.

La iglesia San José: lugar inigualable / Fotos: Alexis Rodríguez y Nadia Herrada

También estuvo relacionada con nuestra historia independentista pues durante el Sitio de Holguín por los mambises, fue uno de los cuatros puntos utilizados estratégicamente en la defensa de la ciudad por el ejército español ya que era la edificación de mayor altura. Así los voluntarios que se encontraban allí podían defender y controlar a tiempo el golpe de los mambises.
De fisonomía neoclásica, uno de los aspectos más sorprendentes es el techo a dos aguas, la cual, según muchos especialistas, se ejecutó a la usanza de los techos que de España heredamos. Asimismo, sus puertas y ventanas están rematadas por arcos de medio punto.

La iglesia San José: lugar inigualable / Fotos: Alexis Rodríguez y Nadia Herrada

Pero lo más asombroso fue subir al campanario y descubrir el sistema que, a pesar de los años y su inherente deterioro, se mantiene intacto gracias al mantenimiento sistemático a que es sometido. Engarzados por un complejo mecanismo, los relojes ofrecen el tiempo con una exactitud impresionante y dando cada un cuarto de hora campanadas que sirven de guía y precisión para aquellos inmersos en la vorágine del diario.

La iglesia San José: lugar inigualable / Fotos: Alexis Rodríguez y Nadia Herrada

La iglesia San José es también protagonista de una de las leyendas holguineras, y cubanas, más bellas que jamás hayan existido, donde el amor es el hilo central. Pero de ella hablaremos más adelante.

Sitio de necesaria visita

Uno de los lugares célebres de Holguín y sin dudas símbolo de la ciudad es la conocida como La Periquera, construida entre 1860 y 1868. Una de las más antiguas e imponentes construcciones de la provincia – ubicada frente a la antigua Plaza de Armas (también llamada por un tiempo Plaza de Isabel II), hoy parque Calixto García, y declarada actualmente Monumento Nacional –, fue en el siglo XIX Casa de Gobierno y hoy acoge el Museo de la Ciudad, donde se atesoran objetos que recorren los anales de la urbe: desde la vida indígena hasta elementos que rinden tributo a personalidades de la cultura holguinera.
Resulta gratificante ver cómo se han conservado objetos de uso personal como prendas de vestir e instrumentos musicales utilizados por un ícono de la provincia: Faustino Oramas (El Guayabero); o parte de la biblioteca personal y vestidos, entre otros utensilios, de otra grande de la cultura holguinera: la poetisa Eulalia (Lalita) Curbelo.
Según una historia popular, el origen del nombre de “La Periquera” surge durante el llamado Sitio de Holguín – el ataque de los mambises que tuvo lugar el 29 y el 30 de octubre de 1868 –. Los mambises, al enfrentarse a aquella estructura imponente, todo lo que veían, de vez en cuando, era a un Voluntario – los que usaban uniformes de color rojo, mientras que los regulares tenían, en algunos casos, cintas amarillas y rojas, representando la bandera española – asomarse por un momento en una ventana y, alguna que otra vez, a un regular hacer lo mismo para dispararles.

La Periquera / Fotos: Alexis Rodríguez y Nadia Herrada

Muchos mambises empezaron a gritar: “¡Salgan de la jaula, pericos!”, aludiendo al colorido de sus uniformes. Desde entonces, y también debido a la semejanza de la casa con una jaula por ser grande y bien amurallada, el nombre de La Periquera prendió entre los habitantes y tanto se arraigó en la población – hasta hoy día – que uno de los periódicos más conocidos del siglo XIX de la ciudad se llamó “El Periquero”.
Esta es una de las versiones del surgimiento del nombre de la edificación. Existen otras. Pero lo cierto es que La Periquera es sitio obligado de visita para quien arriba a la ciudad por primera vez y quiera conocer sobre su larga presencia en la Isla. Además de ser uno de los sitios que acogió una de las leyendas más hermosas no solo de Holguín sino de toda Cuba. Habíamos prometido narrarla y aquí se la ofrecemos porque para hablar de historias de amor no hace falta esperar el 14 de febrero. Cualquier día es propicio para un bello y conmovedor relato, propio de esa comarca. Con ella despedimos esta crónica a Holguín, un acercamiento a algunos de sus lugares, su vida y su gente.

Del amor y otros “demonios”

Leyenda

Corría el siglo XIX. Todas las tardes, a la misma hora, un joven y apuesto militar – Don Serafín Irioste, Capitán de Voluntarios – llegaba a la Plaza de Armas y se ubicaba en un mismo punto: frente a La Periquera. A la misma hora, a uno de los balcones de la casa – residencia del Jefe Militar de la Plaza, Don Agustín Díaz Pélaez – se asomaba una bella mujer que salía, aparentemente, para contemplar la caída de la tarde. Su nombre era Doña Ana Sánchez Roblejo, esposa de Don Agustín.

Leyenda

Solos los dos sabían el por qué de la coincidencia de la hora. Era el instante único y diario en que las miradas de Doña Ana y del Capitán de Voluntarios se cruzaban para luego de un instante, breve para ambos, desaparecer del escenario. El amor los abrazaba y deseaban sobre todo consumarlo.

Leyenda

Como buena devota, Doña Ana concurría siempre a las misas de la Iglesia San José y allí encontraba paz espiritual para su tormento también en la profunda y sincera amistad que tenía con el párroco. En una de sus confesiones le contó todo su sufrimiento al Padre, quien acongojado por el pesar de su amiga encontró una solución.
Desde entonces, luego de la misa diaria Doña Ana iba hacia un confesionario de la Iglesia el cual ocultaba una escalerilla que conducía a un túnel que se comunicaba con La Periquera, su residencia. Allí, en ese lugar oscuro y lúgubre, gracias al plan ideado por el cura, se encontraban siempre los dos amantes y podían hacer realidad su amor apasionado. Media hora después, la dama reaparecía, salía de la Iglesia San José y se dirigía rumbo a su hogar.
Cierto día, hubo un inusitado ataque a la ciudad. Una de las medidas que se tomaban era la de cerrar herméticamente las puertas divisionales del túnel que comunicaba La Periquera con la Iglesia San José. Las exclusas del aljibe se abrieron y la galería quedó anegada en agua. Horas más tarde todo volvió a la normalidad. Era una falsa alarma. Don Agustín Días Peláez comenzó a realizar un recorrido para ver cómo había quedado la ciudad y uno de los lugares visitados fue, precisamente, ¡el túnel!.

Leyenda

Cuál no fue su sorpresa cuando, retiradas las aguas, encontró en una de las secciones el cuerpo de su esposa abrazado al de Don Serafín Irioste. Ambos habían muerto. Aún hoy muchos especulan que Don Agustín preparó todo este falso ataque porque sabía los detalles de los encuentros de los dos amantes y lo hizo para vengarse de la infidelidad.

Túnel original de La Periquera

No hubo comentarios pues el Jefe Militar mantuvo todo en silencio. Mandó a enterrar con todos los honores al Capitán de Voluntarios en el camposanto de la urbe, mientras que a su esposa la sepultó en un lugar intrincado, en una de las faldas de la Loma de la Cruz, mancillándola con una inscripción que rezaba: “A Doña Ana Sánchez Roblejo que pudo morir en su lecho llena de virtudes y murió sin honra en el túnel de La Periquera”.
Una noche, la mano piadosa del buen amigo de Doña Ana, el párroco de la Iglesia San José, que no era más que el tío del Capitán de Voluntarios, encontró la tumba de la dama, quitó la lápida y la ocultó para que no leyeran su inscripción.
Cuentan que aún hoy día se escuchan en el túnel voces, lamentos pero sobre todo risas que bien pudieran ser de los amantes que allí fallecieron y vivieron sus momentos más felices.

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