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Dolor y magia de una ciudad de todos

15 de noviembre de 2015

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“La Habana duele y atrapa”. Así le respondí a un estimado colega cuando me pidió un testimonio para el espacio radial que él concibió sobre nuestra ciudad y sus atributos.
Nací en esta urbe cubana exactamente al mediar el siglo XX. Por tanto, los recuerdos de mi niñez están atados a mi Habana, sus calles, sus establecimientos y la gente que la habitaba. Disfruté mucho las caminatas, junto a mi madre, por la fabulosa avenida Galiano; un sitio abarcador de ofertas en sus almacenes – los más modernos de la época – resaltados por el buen gusto en el diseño de las vidrieras y el impresionante colorido multicolor de sus letreros lumínicos. Un derroche de belleza, del cual formaban parte también costumbres, bondades y – por qué no – oscuras evidencias de una sociedad bendecida y dañada por los efectos de la modernidad, los vicios y las desigualdades sociales inherentes a las grandes ciudades.

 

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Por cierto, muchísimos años después convertí en hábito enriquecedor retornar a los recorridos por esas mismas calles y comercios de la infancia, ahora acompañado por la complicidad de una querida amiga. Pude apreciar entonces los síntomas del rigor del tiempo, del abandono y la desidia. Un deterioro que se puede apreciar también, lamentablemente, en el hablar, el vestir y la proyección social de muchos de los ciudadanos que habitan la urbe, una ínfima minoría habaneros de origen.
Esa misma visión – que traté de iniciar por la céntrica Galiano – se puede advertir en cada barrio de La Habana. A muchos de ellos se añaden la suciedad, el deterioro constructivo y, sobre todo, la pérdida de valores esenciales del cubano como la elegancia, la decencia – más allá de niveles sociales – y la educación formal en todos sus matices.
La vulgaridad, el irrespeto a las normas de urbanidad y la indolencia han descargado sus negativos efectos sobre parques, monumentos y jardines que merecen cuidado y reverencia. Recuerdo muy limpios los parques de mi niñez; césped, árboles y plantas ornamentales atendidos adecuadamente bajo la mirada atenta, amable y severa al mismo tiempo del imprescindible “guardaparque”, centinela del sano disfrute físico y espiritual de niños y mayores. En las noches, las luminarias – tenues o brillantes – acompañaban la charla de los amigos y los románticos encuentros de parejas que se confesaban amores eternos.

 

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Y rememoro las visitas de estudiantes de las escuelas del barrio a monumentos y tarjas consagrados a personalidades célebres de la historia nacional. Niños, adolescentes y jóvenes, dotados de las risas, energías y travesuras que les son inherentes, asistían disciplinadamente a los “actos cívicos”, donde los más destacados recibían “El Beso de la Patria”.
Resulta innegable que hoy se atisban índices, muy tenues aún, de una voluntad de rescate del sentido de pertenencia a los barrios y de rehabilitación constructiva y humana.
Los tangibles esfuerzos restauradores de la Oficina del Historiador de la Ciudad han devuelto vida y esplendor a edificaciones, plazas y añejas arterias del Centro Histórico y de otros muchos espacios de la urbe. Una verdadera hazaña en pos de la belleza del entorno y el mejoramiento humano. La institución emprende loables proyectos dirigidos a fomentar valores espirituales y salvar joyas constructivas que enaltecen el Patrimonio de la Nación.

 

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Restauración del Capitolio Nacional

 

Cierto es que aún queda mucho por hacer. La indisciplina social; el manejo inadecuado de las prioridades de sana distracción para los pobladores de la urbe y, sobre todo para los más jóvenes; flagelos como la indolencia, el delito y la corrupción, conspiran contra el lógico desarrollo de la sociedad hacia niveles superiores de educación, cultura y solidaridad.

 

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El Parque Maceo, víctima de la indisciplina social

 

 

Falsos “artistas” proponen obras que incitan a la vulgaridad, la banalidad y la violencia. Y lamentablemente encuentran caldo de cultivo en sectores marginales y otros, vulnerables ante una avalancha de mediocridad sin precedentes en la sociedad cubana y, particularmente en la habanera.
Sin embargo, ¿qué tiene La Habana que embruja y atrapa a cubanos y foráneos? ¿Cuáles son sus encantos y misterios? Yo no tengo dudas de que es una ciudad fabulosa y acogedora a pesar de sus lagunas materiales y éticas.

 

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Las personas que nos visitan desde diferentes lugares del Planeta coinciden en señalar la hospitalidad y la gracia del habanero, su disposición a ayudar, su infinita iniciativa, su trato alegre y desprejuiciado. Otros, habaneros de la diáspora – entre quienes figuran muchos de mis seres queridos – no dejan de expresar su asombro por el deterioro de las edificaciones y calles, y la falta de abastecimientos esenciales. Observamos con tristeza cómo se imponen normas de conducta ajenas a nuestras costumbres e idiosincrasia; prevalecen un pésimo trato en los servicios y el imperio del mal gusto en muchas facetas de la vida y, así lo considero, la ofensiva brutal del “terrorismo cultural” en algunos músicos, supuestos artistas de la plástica y representantes de otras manifestaciones artísticas.
Los servicios de salud y educación, a pesar de valiosos intentos institucionales, son aún ineficientes y, en algunos casos, carentes de las dosis de humanidad inherentes a esta sensible gestión. El transporte no acaba de hallar su recuperación en una ciudad que sobrepasa los dos millones de habitantes.

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Sin embargo, ¿qué tiene La Habana que nos atrapa, nos hace llorar, sonreír, añorarla, amarla, vivirla intensamente?
Usted, habanero de pura cepa que ahora se acerca a estas líneas y que reside en ella o la siente desde lejos, no olvide que aquí están sus raíces, muchos recuerdos y personas como yo que le quieren y ansían que nos reencontremos siempre en esta, nuestra irrepetible Habana.
Todos juntos tenemos el compromiso de hacerla más humana, educada y justa. Nosotros, habaneros de nacimiento o de adopción, todavía estamos a tiempo de luchar por ella, por nuestros sueños comunes, y mejorarla.
Por cierto, recuerdo ahora un verso de Silvio Rodríguez que convoca para todos los tiempos: “Solo el amor engendra la maravilla”. Nosotros podemos hacer realidad cotidiana esta sentencia del mítico cantautor.
Pasión abunda en esta ciudad que duele y atrapa con similar intensidad: La Habana de todos, Nuestra Habana.

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Comentarios



Joel Marrero / 10 de diciembre de 2015

Muy buen articulo. Ojala lo lean muchos. Yo por mi parte aunque no soy habanero, vivi alla mas de 8 anos y la amo profundamente ya que es la capital de todos los cubanos. Hace mas de 13 anos que no voy y estoy loco por ir.

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