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Trump, un problema más

11 de abril de 2017

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Como todos conocen, el presidente norteamericano, Donald Trump, sorprendió con un ataque directo desde el exterior contra Siria, algo que no se había atrevido ahacer su antecesor, Barack Obama, dando así un respaldo a un terrorismo que dijo que combatiría, luego de haber admitido que sus predecesores lo ayudaron a desarrollarse; lo que lleva al mundo a muy poca distancia del barranco que significaría una Tercera Guerra Mundial para la Humanidad.
Quizás primó en él aquello de que conoce que sus adversarios no quieren llegar a tal punto de confrontación, para establecer una especia de chantaje al respecto y lograr que lo dejen hacer, aunque ya Rusia subrayó que, aunque no atacará a Estados Unidos –desmintiendo afirmaciones de la propia prensa imperialista–, sino que establecerá más y mejores mecanismos de defensa para responder a una nueva agresión a Siria.
La cuestión, pienso, es que Trump disparó un fuego fatuo para que el pueblo norteamericano no se percate de que no puede cumplir muchas cuestiones que prometió, como esa quimérica de obligar a las grandes empresas a que regresen sus fábricas a territorio norteamericano, y hagan disminuir el galopante desempleo.
Esta situación no es de ahora y solo se comprendería si pensáramos que desde la crisis financiera que comenzó en el 2008, y nada es igual en ningunaparte.
Los ciudadanos están profundamente desencantados. La propia democracia, como modelo, ha perdido credibilidad. Los sistemas políticos han sido sacudidos hasta las raíces. En Europa, por ejemplo, se han multiplicado los terremotos electorales (entre ellos, el Brexit). Los grandes partidos tradicionales están en crisis. Y en todas partes percibimos subidas de formaciones de extrema derecha (en Francia, en Austria y en los países nórdicos) o de partidos antisistema y anticorrupción (Italia, España). El paisaje político aparece radicalmente transformado.
Al respecto, el conocido politólogo Ignacio Ramonet apunta que ese fenómeno llegó a Estados Unidos, que en el 2010 conoció una ola populista devastadora, encarnada entonces por el Tea Party.
Así, se produjo la irrupción del multimillonario Trump, quien, ya en la Casa Blanca, prolongó ese populismo y constituyó una revolución electoral que muy pocos analistas pudieron prever.
Aunque pervive, en apariencias, el viejo maridaje entre demócratas y republicanos, la victoria de un candidato tan heterodoxo como Trump constituyó un verdadero sismo. Su estilo directo, populachero, y su mensaje maniqueo y reduccionista, apelando a los bajos instintos de ciertos sectores de la sociedad, muy distinto del tono habitual de los políticos estadounidenses, le confirió un carácter de autenticidad a ojos del sector más decepcionado del electorado de la derecha.
Para muchos electores irritados por lo “políticamente correcto”, que creen que ya no se puede decir lo que se piensa so pena de ser acusado de racista, según Ramonet, la “palabra libre” de Trump sobre los latinos, los inmigrantes o los musulmanes es percibida como un auténtico desahogo.
Y ello cala muy fuerte cuando, como me dijo una despierta adolescente norteamericana –blanca–, el 70% de la población es blanca y el 69,9% es racista.
No importa que su discurso sea contra el establishment militar-industrial, porque, al final, o desde el principio, a ellos sirve, de ahí el enorme presupuesto de guerra, su ir hasta las antípodas con una agresión directa a Siria que nadie esperaba en estos momentos, y la burla que constituye que llame a la cordura y la sabiduría, cuando practica una política que reya en la locura y hasta en la invencibilidad, pero halla hasta respaldo en lo popular.
Quizás una nueva generación de jóvenes que surgen de las universidades y de centros de trabajo puedan oponerse con éxito atal situación, como parte de los millones de personas |que salen a las calles y rechazan las difíciles aristas de su política, lo cual mehacer recordar un comentario recurrente de Trump que hacía alusión al porqué tanta genteno acudieron a votar contra él.

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