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Todos los caminos conducen a Beijing

21 de abril de 2015

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Con la adhesión de Rusia y Brasil, ya son 57 las naciones fundadoras del Banco Asiático de Desarrollo en Infraestructuras (BAII) creado a iniciativa de la República Popular China y que, a diferencia del Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) no tendrá el dominio de Estados Unidos, reticente hasta ahora junto a Japón en ingresar a una entidad que proyecta un desarrollo sostenido, mermar las desigualdades e incluso, a pesar de nadar en aguas del capitalismo -no neoliberal-proyecta un halo solidario.
Esto último es un gran mérito, aunque no se deja entrever en una primera lectura acerca de un ente que la gran prensa occidental quiere presentar como un desafío a Estados Unidos.
Pero, pensando con “mente fría”, sin apasionamiento, veamos que la iniciativa china, además de proyectarse a nivel global, responde a una estrategia de generalizar los beneficios de las reformas financieras y del proceso de modernización creado en 1978 y comenzado a poner en práctica un año después, en China, con el fin de reducir la creciente disparidad del ingreso, muy bajo en zonas del interior.
Según el investigador y abogado argentino Luciano Bolinaza, ello es importantísimo para el Partido Comunista de China, con el fin de mejorar la conducción del proceso político y para evitar tensiones.
“La apertura de nuevas rutas comerciales hacia el Oeste puede ser operativa, en tanto se desarrolle la infraestructura no sólo de China continental, sino también la de los diversos países de Asia Central y Eurasia. Se trata de un impulso más para reabrir la vieja ‘Ruta de la Seda’, pero con su consecuente adecuación al esquema financiero y comercial vigente en el primer cuarto del siglo XXI”, acota.
En fin, ello deslegitima la vieja arquitectura financiera internacional centrada en el FMI y el BM; demuestra que las instituciones financieras internacionales pueden operar sin el liderazgo de Estados Unidos, ni del dólar; contribuye a la lógica del “ascenso pacífico” y, por tanto, permite desarticular hipótesis de tensión y conflicto con un Beijing, que, realmente, beneficia,
mientras más se expande.
Y esto último es así, porque no hay contradicción alguna entre las necesidades internas de China y su mayor influencia global, además de que el éxito en la modernización económica puede contener a elementos que reciben incluso apoyo del exterior
para favorecer la fragmentación política en Xinjiang y Tibet, por ejemplo.
La clave del crecimiento económico -en su actual fase- recae sobre el acceso y el control de los recursos naturales estratégicos necesarios para mantener ese proceso modernizante en el tiempo. En este sentido, la política alimentaria y energética de China ha cobrado una proyección internacional sin precedentes, con el doble aditamento de la inversión en infraestructura para facilitar la expansión de los vínculos comerciales, y la extracción de materia prima, que es vital para el proceso industrial.
Y para corroborar lo acertado de lo que algunos analistas consideran como que todos los caminos conducen a Beijing, en este nuevo proceso hay que considerar que China es el tercer emisor de inversión extranjera directa a nivel mundial y el principal tenedor de divisas internacionales.
Es la economía que más pesa en el esquema de comercio internacional, el principal productor de manufacturas a escala global. La propuesta del ABII fue formulada por el presidente chino, Xi Jinping, en octubre pasado en Beijing, donde tendrá su sede y contribuirá con la mitad de su presupuesto inicial de 100 000 millones de dólares
Así, la República Popular China está revirtiendo no sólo el orden financiero creado tras la Segunda Guerra Mundial, sino también del orden internacional, en sentido puro. Ha emergido una nueva configuración de poder con eje en el Pacífico Norte, donde la relación bilateral con Estados Unidos determinará la inestabilidad o la estabilidad del sistema.

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