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Rectificar sería de sabio

14 de mayo de 2014

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Si Barack Obama se decidiera a rectificar la política de Estados Unidos contra Cuba —y puede hacerlo—, quizás sería recordado en su último mandato en la Casa Blanca, como alguien que adoptó una postura sensata sin tener para ello que renunciar a la esencia misma del sistema que defiende.
No desconozco en este análisis lo difícil que debe resultar el gobernar a un país y un sistema como el norteamericano. No menosprecio la responsabilidad del mandatario de la mayor potencia del planeta. De ninguna forma olvidaría que Obama tiene un Congreso adverso como parte del juego político de ese país.
Pero las propias leyes estadounidenses le permiten tomar acciones responsables, más cuando sabe muy bien que él es heredero de lo que en décadas pasadas hicieron otros mandatarios, y puede convertirse en el presidente que acabe con esa absurda política que lastra el desarrollo de un país que tiene derecho a ser soberano e independiente.
El bloqueo fue, desde su nacimiento, un reflejo de una política obtusa que para nada tiene que ver con las relaciones de amistad y colaboración que pudieran existir entre dos países vecinos.
No se puede olvidar aquel informe del Departamento de Estado del 6 de abril de 1960 en el que se reflejaba que “la mayoría de los cubanos apoyan a Castro (…) no existe una oposición política efectiva (…) el único medio previsible para enajenar el apoyo interno es a través del descontento y el desaliento basados en la insatisfacción y las dificultades económicas”.
Y esa irracional forma de pensar es la que se sigue imponiendo en todas las administraciones norteamericanas.
En fin, de lo que estoy convencido es que la política no se puede ejercer bajo el signo de la tozudez y la arrogancia. Todo lo contrario.
La historia recoge aquella decisión del 14 de mayo de 1964 cuando Washington suspende totalmente la venta de alimentos y medicinas a Cuba, no solo con el ánimo de aislarla, sino de matar a su población ante cualquier enfermedad o falta de alimentos.
El propio diario New York Times, en un editorial sobre aquella acción, señalaba: “No es esta la manera de ganar la guerra fría contra Cuba ni el modo de presentar al mundo una imagen de los Estados Unidos humanitario y magnánimo”.
Hoy son muchos otros actores dentro de los propios Estados Unidos, los que consideran al bloqueo como una política fracasada y que exigen su suspensión.
En días recientes, la Asociación de Productores de Maíz de Illinois pidió a Barack Obama que expanda las oportunidades de comercio entre Estados Unidos y Cuba, ya que por su ubicación geográfica la Isla representa una “excelente oportunidad para los productos alimentarios y de consumo de Illinois.”
El presidente de la asociación, Gary Hudson, señala que Illinois se ubica como el sexto estado del país que más oportunidades de negocios pierde por las restricciones financieras y de viajes.
Si Obama quiere, puede recurrir a su memoria o a los datos que pueden ofrecerle sus asesores, en cuanto al rechazo mundial a la política de bloqueo a Cuba.
Sería suficiente con leer estadísticas de cómo, años tras año, los votos contra el bloqueo en la ONU son cada vez más mayoritarios, llegando en el 2013 a casi absolutos.
Si en 1992 —primer año en debatir el tema en la Asamblea General de la ONU— fueron 59 países a favor de Cuba y solo tres en contra; un año después votaron 88 contra el bloqueo; y a cifra se elevó a 101 en 1994.
En las últimas nueve votaciones — del 2005 al 2013, ha sido casi absoluto el apoyo a Cuba, siempre superando los 180 países que se oponen al bloqueo y solo dos —Estados Unidos e Israel— que lo respaldan.
Para cualquier político y más tratándose de un mandatario, levantar esta acción tan criminal, sería, además de corregir un grave error histórico y devolver a los dos países una relación normal, un gesto de respeto para con todos los Estados del mundo que se oponen en todos los foros y especialmente en la ONU, a un criminal bloqueo que nunca debió existir.
Recuerde Obama que rectificar sería de sabio y usted puede hacerlo.

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