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Otra secuela de las guerras

24 de abril de 2017

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El suicidio entre los militares norteamericanos que han participado en guerras en otros países, desde Viet Nam hasta Irak y Afganistán, se ha convertido en una secuela que, aunque poco divulgada, es expresión de un fenómeno de incalculables consecuencias humanas.

Es más que dramático reconocer que en Estados Unido se suicidan, como promedio, hasta 22 veteranos de guerra por día y que 75 000 veteranos pasaron a formar parte de los desamparados que viven en las calles y casi un millón de ellos está desempleado.

Y no se trata simplemente de la persona que acude a privarse de la vida ante el descontrol emocional o psíquico, sino que el trauma se extiende a cientos de miles de familias donde hay hijos que sufren ante la pérdida del padre, o el padre que sucumbe al conocer del suicidio de su hijo convertido en veterano de guerra en plena juventud.
De acuerdo con descripciones de Anahi Rubin, divulgadas por Telesur, “aunque solo el uno por ciento de la población norteamericana sirve en las Fuerzas Armadas, un 20% de los suicidios en Estados Unidos, ocurre entre ex soldados o veteranos’’.

Al momento de que el legisltivo norteamericano debatiera una ley que llevó el nombre de Clay Hunt, un militar que después de pelear en Irak y Afganistán se quitó la vida en el año 2011, el senador republicano John Mc Cain trajo a colación un estudio publicado en Annals of Epidemilogy, la tasa de suicidios entre veteranos en Irak y Afganistán es 50% más alta que el resto de la población; lo que determina la impactante cifra de 22 suicidios por día, aproximadamente 8000 por año, de soldados que se quitan la vida.

Pero parece que el tiempo transcurre tan rápido entre los gobiernos norteamericanos que, bien pudiera decirse que dedican todo su tiempo a hacer guerras e involucrar a sus soldados en ellas, sin tener en cuenta que, además de los que mueren en esas contiendas, otros muchos no soportan el trauma causado por las mismas y optan por lo que consideran un mal menor: suicidarse.

Y es que debe ser triste, muy triste, ver a un ex soldado u oficial, que expuso su vida en conflictos bélicos que ni siquiera llegó a conocer bien, ahora deambulando por las calles de las urbes del país más rico del mundo, sin tener un empleo o un sustento económico que le garantice su vida de veterano.

El citado reportaje de Telesur presenta un informe del Departamento del Trabajo de Washington, en el que se constata que 900 000 veteranos de guerra, entre los que se incluyen 35 000 hispanos están desempleados y un cuarto de ellos no tiene acceso a vivienda alguna.
En medio de esta gran pesadilla por la que atraviesan miles de familias norteamericanas, sería lógico que los nuevos inquilinos de la Casa Blanca, al menos pensaran en buscar fórmulas –que las hay– para no continuar involucrando a sus ciudadanos en contiendas bélicas a decenas de miles de kilómetros de su país.

Recuerdo cuando la invasión y ocupación de Irak estuvo en su más alta expresión, que tanto en encuestas con sectores juveniles de la sociedad estadounidense, como con los propios soldados involucrados, en casi ningún caso, tanto unos como los otros encuestados, desconocían donde estaba ubicada esa nación árabe. Y en el caso de los militares a sus respuestas se sumaba aquello de no saber por qué estaban involucrados en esa guerra.

Hoy los nombres de no pocos de esos militares, con el título de “veteranos”, forman parte de las listas de los que se han suicidado, o de los que carecen de empleo y vivienda.

Ahora, a los 9 000 que hay en Afganistán y los miles involucrados en campañas de agresión contra Siria, Libia y el propio Irak, se suman los que allende los mares se acercan a la península coreana donde no está claro si saldrán vivos para luego ser denominados veteranos, o serán expuestos a una guerra nuclear que puede resultar el exterminio de una gran parte de la humanidad.

El tiempo corre. Las amenazas continúan. La arrogancia del poderoso imperio prefiere exponen al mundo al apocalipsis, que sentarse en la mesa de negociaciones y buscar fórmulas de paz verdaderas y duraderas, sin intimidaciones y ni alardes.

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