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Oasis de inestabilidad

17 de agosto de 2013

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Bajo la presencia de tropas militares francesas y de otras naciones africanas, Mali acaba de celebrar elecciones presidenciales santificadas por la Unión Europea, en las que nada importa el triunfador, si ello no viene aparejado con la atención a los problemas que aquejan a la población tuareg, que motivó la rebelión e intento de escisión del norte del país africano, calificado eufemísticamente hace años por la prensa occidental de oasis de estabilidad.
Lo cierto es que de los 27 candidatos que se presentaron en la primera vuelta, solo dos pasaron a la segunda, pero ninguno representaba algo nuevo, porque todos provenían de anteriores administraciones, consideradas culpables de mala gestión, corrupción generalizada y las tensiones étnicas entre la mayoría africana negra, que vive principalmente en el sur, y los grupos árabes y tuareg que residen en el norte.
Al no alcanzar ninguno de los candidatos el 50% de los votos, pasaron a la segunda vuelta los dos con más sufragios: el ex primer ministro Ibrahim Boubakar Keita (39,7%) y el ex ministro de Finanzas Soumaila Cissé (19,7%), emergiendo triunfador Keita, quien, como todos, prometió un Ejército fuerte, miles de nuevos empleos y seguridad alimentaria en un país donde el 70% de los adultos no sabe leer ni escribir, con 527 0’00 desplazados por la guerra.
Según el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (ACNUR), pese a que la situación de seguridad ha mejorado en buena parte del país, hay unos 527.000 desplazados internos y refugiados malienses en los países vecinos, principalmente originarios del norte, la mayoría de los cuales no votaron.
El conflicto surgió a raíz del golpe de Estado del 22 de marzo del 2012, que destituyó al presidente Amadou Toumani Toure.
La firma de un pacto de paz el 18 de julio último entre el insurgente Movimiento Nacional de Liberación de Azawad y el Gobierno de Transición de Mali, abrió las puertas para la realización del sufragio, que, presuntamente, establecería la institucionalidad del país.
No obstante, el nuevo presidente tendrá que negociar, subrayo, con los separatistas tuareg -clave del conflicto en Malí- que operan en el norte, el mencionado Movimiento Nacional para la Liberación del Azawad, organizar elecciones legislativas y superar el gasto de los más de 3 000 millones de dólares que costará la reconstrucción.
Como telón de fondo está la presencia de Francia, nunca ausente de su antigua colonia, ávida de los recursos naturales de una nación en la que reservas de uranio tiene un lugar especial.

ALGO PARA RECORDAR

Como se recordará, bajo el pretexto de la estabilización, Francia intervino militarmente en Mali, a menos de diez meses del golpe de Estado, perpetrado por elementos castrenses que recibieron entrenamiento en Estados Unidos, lo cual ahondó las causas que presuntamente motivaron la acción de la otrora potencia colonial, con el respaldo logístico de Gran Bretaña.
Ello desmintió la versión propalada por medios informativos de Occidente que calificaron de precipitada la decisión del gobierno “socialista” francés, por cuanto primó el temor de monopolios galos de ver afectados sus intereses. La pensada injerencia de Paría recibió el apoyo del Consejo de Seguridad y de otras entidades regionales, sin el asomo de alguna protesta.
La acción golpista del 22 de marzo del 2012, justificada porque no se tomaban medidas drásticas contra el separatismo en el norte del enorme y despoblado país africano, fortaleció el movimiento secesionista encabezado por la etnia tuareg, que proclamó el 6 de abril el Estado Independiente de Azawad y, junto a otros elementos opositores, debilitaron la imagen del presidente interino Diouncounda Traoré, quien fue herido en un atentado en los momentos en que era profundamente cuestionado por las mismas fuerzas golpistas.
Las fuerzas armadas, en su afán de lograr credibilidad, han sido factor capital en la represión, luego de haber evidenciado su falta de control. Otro grave problema que impidió la estabilización fue la acusación contra el mandatario interino de inclinarse a favor de los intereses de los países de la Comunidad de Estado para el Desarrollo Económico de África Occidental, en detrimento de los nacionales.
Pero en el norte, el Movimiento Nacional para la Liberación del Azawad -que aglutina a los independentistas tuareg- fue superado militarmente por las fuerzas del hasta entonces principal aliado islámico, Ansar Dine, quien declaró que rechazaba la idea del estado independentista, motivo enfrentamientos en los que la población local fue la principal víctima y, tras tomar las principales ciudades septentrionales, anunció que se proponía avanzar hacia el sur, para atacar la capital, Bamako.
Esto era poco digno de crédito, cuando se conoce la geografía del país, la enorme distancia a recorrer y la posibilidad de la intervención de Francia, al venirle la anunciada decisión de Dine como “anillo al dedo”.
Detrás de esta cuestión, todo un río revuelto, no debe extrañar que se haya aplastado la rebelión mediante ataques aéreos y el desembarco de tropas de Francia, que reemplazó la justificación del “fantasma tuareg” por el del “peligro islámico”, el cual, asegura París, responde al movimiento Al Qaeda, alentado por Estados Unidos en su creación y utilizado como pantalla para todo tipo de agresión, tras las acciones terroristas del 11 de septiembre del 2011 en Nueva York y Washington.

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