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Evitando confusiones

8 de abril de 2019

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Los desatinos, arbitrariedades, ilegalidades y violaciones de todo tipo que comete la Administración Trump desde que se instaló en la Casa Blanca de Estados Unidos pueden hacernos llegar a la errónea conclusión de que nos encontramos ante el peor gobierno que han tenido los Estados Unidos de América a lo largo de sus más de doscientos años de expansiones y guerras –incluida su cruenta guerra civil o guerra de secesión de mediados del siglo XIX– y que ninguno con autoridad había superado las actuales cotas de irresponsabilidad, amenazas y agresiones, llenando al mundo y a su propio país de inestabilidad e incertidumbre.

Nada más lejos de la verdad. Entendamos que, a pesar de todo, la Administración Trump de hoy no es más que otra pieza del sistema imperialista representado por el poder económico y militar de Estados Unidos que, pasados sus momentos de esplendor, se aferra desesperadamente a la hegemonía absoluta que tantos frutos le ha rendido.

Al margen de posibles contradicciones internas entre los diferentes grupos de poder que buscan incesantemente mayores utilidades y beneficios –muy evidentes bajo la actual era Trump– la realidad es que una base común imperial los unifica y en los temas decisivos desdibuja los matices que indudablemente existen allí entre tendencias con intereses contrapuestos.

Evitemos confusiones: todos esos grupos de poder saben que necesitan seguir siendo un Imperio con suficientes hegemonía mundial para continuar con los niveles de explotación y saqueo que les han permitido llegar a tal dominio y manipulación y sostenerlo hasta nuestros días.

No habían nacido Trump y su pandilla cuando ya el imperialismo norteamericano había llevado a cabo trampas y fechorías suficientes para catalogarlo como un verdadero flagelo universal; sus riquezas ya estaban manchadas de sangre y de oro mal habido como cualquiera de las viejas metrópolis europeas.

Vivimos en un mundo de acelerados cambios donde son cada vez más los pueblos, las naciones e incluso los gobiernos que no están dispuestos a dejarse atropellar sus intereses legítimos y su dignidad, como el imperio yanqui siempre practicó y hoy recrudece y proclama abiertamente sin pudor alguno.

Ahí puede estar precisamente la diferencia del actual Emperador con respecto a los monarcas anteriores. Está obligado a hacerlo porque el Imperio se desmorona, según él  mismo ha admitido.

El enemigo a derrotar, por tanto, no es un hombre y ni siquiera una pandilla de hombres; es el sistema del imperialismo, fase superior del capitalismo, y para ello no hay otra vía que la lucha antimperialista mancomunada, inteligente y múltiple en todos los ámbitos y en todas las regiones.

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