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En guerra permanente

19 de enero de 2022

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No importa que el actual gobierno de Joe Biden haya decidido retirar sus tropas de Afganistán, tras 20 años de fracasos, porque ahora intenta doblegar a la aguerrida nación mediante el congelamiento de bienes y el bloqueo de caminos que le permitan evitar la hambruna que se cierne sobre una población que enfrenta bajas temperaturas y la pandemia del nuevo coronavirus con su secuela de muertes.

La bien llamada nación más peligrosa del planeta, por su potencia económica y militar al servicio de las malas causas, fija su brújula política en la que dice ser su lucha contra el terrorismo, mientras no puede impedir que los supremacistas blancos fustiguen a quienes protestan contra la discriminación racial.

No importa que Donald Trump no esté ya en la Casa Blanca, Biden mantiene y hasta aumenta la política dictada por los halcones de la guerra que ponen en peligro al mundo por sus inconsecuencias contra Rusia y China, y mantiene a países como Cuba en la lista de naciones vinculadas al terrorismo, algo tan incongruente que hasta cercanos aliados lo llegan a señalar como exagerado.

Lo que EE.UU. llama la guerra permanente contra el terrorismo por el Estado terrorista del mundo es aprovechado por el Complejo Militar-Industrial norteamericano con un gasto masivo en la defensa, la injerencia y amenazas a otros países más pequeños y el mantenimiento de una política tan peligrosa que puede conducir a una guerra que destruya todo vestigio humano.

Recordemos que la posibilidad teórica de crear armas nucleares se hizo evidente para los científicos en 1939, cuando se descubrió en Europa la partición o fisión del núcleo del átomo de Uranio con liberación de neutrones, capaces de provocar una rápida multiplicación del fenómeno y liberar en el proceso una gigantesca cantidad de energía de acuerdo a la ecuación de Einstein E = mc2. La idea era fácil de comprender para cualquier especialista; pero lo verdaderamente complicado era su realización práctica.

A partir de mayo de 1939 el francés Joliot-Curie y sus colaboradores no sólo llegaron a concebir la posibilidad real de fabricar una bomba nuclear, sino que dieron los primeros pasos con vistas a la construcción de un reactor nuclear, proyecto que se interrumpió ante el avance alemán sobre Francia.

Poco después, Gran Bretaña dio algunos pasos importantes hacia la creación de la bomba, pero también hubo de interrumpir los trabajos, debido a la situación crítica en que se encontraba el país.

En Alemania los físicos se mantuvieron fuertemente involucrados en la creación de una bomba nuclear al menos hasta 1942, cuando se decidió que reorientaran su trabajo hacia la creación de reactores nucleares para la marina de guerra.

Pero esta situación era desconocida en el exterior, y ante el peligro de que los nazis pudieran disponer del arma nuclear antes que nadie, aquel mismo año se inició en Estados Unidos el Proyecto Manhattan, bajo la dirección militar del comandante general del ejército norteamericano Groves y la dirección científica del físico Oppenheimer.

 

PROYECTO MANHATTAN

La creación de las primeras bombas atómicas fue el principal resultado del Proyecto Manhattan, luego de tres años de intenso trabajo, al costo de unos 2 000 millones de dólares, una suma fabulosa para la época. A su consecución colaboraron innumerables ingenieros, técnicos y científicos, entre estos últimos, muchos físicos eminentes de origen europeo.

Pero la primera bomba no se logró hasta mediados de julio de 1945, más de dos meses después de la toma de Berlín por las tropas soviéticas y de la rendición incondicional de Alemania a las fuerzas aliadas. Esta diferencia en tiempo es significativa, pues todo indica que si bien a la gran mayoría de los científicos que trabajaban en el Proyecto los motivaba el temor a que la posesión de la bomba pudiera hacer invulnerables a los nazis, los políticos anglonorteamericanos veían la nueva arma principalmente como un instrumento útil para imponer su voluntad al resto del mundo, en particular, a la Unión Soviética.

Es cierto que todavía se libraba la guerra contra el Japón, pero hoy sabemos que figuras importantes del gobierno de ese país habían comenzado a buscar un acuerdo de paz ante la imposibilidad de escapar a una derrota fulminante, sobre todo si la Unión Soviética no tardaba entrar en la guerra, como ella había prometido en la Conferencia de Potsdam.

El gobierno de Estados Unidos, bajo la presidencia de Harry Truman, no tuvo escrúpulo alguno en lanzar sobre Hiroshima y Nagasaki las dos únicas bombas atómicas que existían entonces.

Pero la inmoralidad implícita en el uso efectivo de la bomba atómica contra un país a punto de rendirse, y el peligro que ello podía significar para el futuro de la humanidad, hacía tiempo que se habían convertido en un serio problema de conciencia para un grupo de científicos participantes en el Proyecto Manhattan.

Uno de ellos, el físico Joseph Rotblat, tuvo el coraje de retirarse de los trabajos vinculados a la bomba en 1944, cuando, además de hacérsele evidente que los alemanes no tenían la menor posibilidad de fabricarla, le oyó decir al jefe del Proyecto, el general Groves, que el verdadero propósito de fabricar la bomba era dominar a los soviéticos, algo que consideró una inadmisible deslealtad hacia un aliado que en aquellos momentos perdía diariamente millares de hombres en combate contra el enemigo común.

Otros científicos, como Niels Bohr, habían tratado infructuosamente de convencer al Presidente norteamericano y al Primer Ministro británico de que el monopolio indefinido del arma atómica era ilusorio, así como de ocultarles a los aliados soviéticos lo que se estaba haciendo al respecto sólo podría engendrar desconfianza y conducir finalmente a una acelerada carrera de fabricación y emplazamiento de armas nucleares.

Lejos de hacerle caso, se le catalogó de individuo peligroso, y poco faltó para que se le encarcelara. Lamentablemente, su profecía se cumplió con creces, con el posterior desarrollo y la tremenda proliferación de la bomba de hidrógeno, millares de veces más poderosa que la bomba atómica. Desde entonces se ha acumulado en el mundo un pavoroso arsenal de armas nucleares con capacidad potencial de exterminar sin remedio la civilización en nuestro planeta.

Si hace poco más de un año con un gobierno como el de Donald Trump Estados Unidos subrayaba su condición de ser la nación más peligrosa del planeta, ello no deja de ser realidad en la actual gobernanza de quien se dice considerarse un pacifista, Joe Biden, también bajo el control de un establishment que consigue fácilmente mayores presupuestos para sus planes bélicos y mantener a la peligrosa nación en guerra permanente.

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