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De feliz, nada

11 de noviembre de 2015

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Yemen proviene de la palabra árabe ‘yumm’, que significa feliz, y que no tiene actualmente significado alguno porque está siendo víctima de una guerra de agresión que lo puede despedazar en cualquier momento.
Recuerdo que la prensa occidental no pudo ignorar el bombardeo de un hospital afgano por la aviación norteamericana, y fue tal la repercusión que el presidente Barack Obama se disculpó, dijo que todo fue un error y se comprometió a compensar a los familiares de las víctimas, algunas de ellas médicos y enfermeras.
Pues Arabia Saudita lo hace en Yemen, en cualquier tipo de construcción, provocando el éxodo de más de dos millones de personas y un número aun incontable de víctimas mortales.
Nadie de la comunidad internacional ha dicho o hecho nada efectivo al respecto, y solo en el ambiente está aquella declaración del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que, volviéndose a equivocar o fallar a favor de Occidente, como de costumbre, seguía condenando a la minoría huti –un cuarto de la población– por su ofensiva en el sur de Yemen contra un gobierno “democrático”.
Posteriormente, casi se ha implorado a Arabia Saudita para que no golpee tan fuerte con sus bombardeos indiscriminados y política de tierra arrasada, una continuación del odio visceral que la familia real saudita siente por los yemenitas en general, no solo contra los huties.
Y aunque la propaganda occidental pone ribetes religiosos a este conflicto, hablando sobre los huties chiítas y los sauditas sunnitas, muchos de los primeros son sunnitas, aunque pobres y desprotegidos, y no gozan de los privilegios y poderes de sus vecinos.

 

Dicen que es diferente, pero no lo es

Cuando comenzó la operación Tormenta Decisiva contra el pueblo yemenita, se dijo que lo novedoso es que el país saudita –primero en reservas de crudo a nivel mundial– emprendió este ataque a su vecino por su cuenta, sin el acompañamiento de Estados Unidos.
Pero nada de esto es cierto, porque Estados Unidos bombardea desde hace varios años a Yemen y, sin discusión alguna, es el principal responsable de la desestabilización política y la catástrofe humanitaria del país.
Obama autorizó el “apoyo logístico y de inteligencia”, y trató de lavarse las manos, al decir que la intervención corría por cuenta de Arabia Saudita.
Se trata de una zona geográfica extremadamente sensible para el reino saudita, porque por Yemen pasan barcos cargados de petróleo que se dirigen a Europa.
Por su parte, Riad aprovechó la caída del precio del barril como presión a la industria del shale en EE.UU., ya que es mucho más costosa que la suya, que es sobre yacimientos convencionales.
Las reservas de Arabia Saudita pueden sostener un crudo barato por “un tiempo más”. La consultora internacional especializada en energía IHS, calcula que la industria del shale en EE.UU. necesita un barril entre 60 y 70 dólares para ser rentable y hoy el crudo tipo WTI en Nueva York cotiza alrededor de 50 dólares y el Brent en Londres cerca de los 60 dólares.

 

El maligno poder del odio

Mientras tanto, el país árabe decidió intervenir militarmente en el conflicto interno de Yemen para demostrar su poderío en la zona frente a Irán, con el cual mantiene un enfrentamiento.
Arabia Saudita está, desde el 23 de enero de este año, bajo el nuevo reinado de Salmán bin Abdulaziz, luego de la muerte del rey Abdalá. Este nuevo rey implica una nueva política. La intervención en Yemen es, entre otras cosas, un mensaje de que puede intervenir sola militarmente en Medio Oriente para cuidar su territorio y su petróleo. No dice que sus fuerzas armadas dependen mucho de miles de mercenarios y que tiene más aviones militares fabricados en Gran Bretaña que los que posee la fuerza aérea británica. Sus pilotos son de varias nacionalidades, sospechándose incluso que hay israelíes.
Yemen, independizado del Imperio Otomano en 1918 y parcialmente controlado en el sur por el Imperio Británico hasta 1967, es hoy uno de los países más pobres del Medio Oriente.
El imperialismo ha aprovechado el conflicto interno entre los rebeldes hutíes, que apoyaron en el inicio al presidente Ali Abdalá Saleh, y ahora luchan contra el pelele saudi-estadounidense Abdo Rabbo Mansur Hadi, quien pidió la intervención externa.
Arabia Saudita emplea contra Yemen, subrayo, centenares de aviones y 150 000 soldados para la acción terrestre, pero hay que sumar a sus aliados, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Bahrein, Qatar, Jordania, Marruecos y Egipto.
Yemen no es tan importante en el comercio internacional de crudo como sí son sus vecinos. Pero, reitero, es que en el Golfo de Adén se encuentra el estrecho Bab el-Mandeb, por donde pasa casi el 5% de la producción mundial de petróleo, la mayor parte para Europa y Estados Unidos. Por ello es de desechar cualquier tipo de información que trate de eludir la responsabilidad estadounidense, achacándosela solo a Riad.
Cierto que hay antecedentes históricos que confirman los problemas entre ambas naciones y los motivos por los cuales Arabia Saudita trata de eliminar la resistencia yemenita, mantener el dominio político-militar, acabar con el modelo multipartidista y dar una buena lección a los huties, aunque de paso extermine a cualquier otro ser viviente.
A su vez, Estados Unidos pretende destruir la capacidad militar de los sublevados, llevar a la mesa de las negociaciones a los no huties, impedir un gobierno yemenita aliado con Irán, Rusia o China, frenar el regreso de los neosocialistas y dividir a las fuerzas progresistas de la región.
Y sin que se vislumbre algo en contra, para Yemen no se vislumbra lamentablemente un presente ni futuro feliz.

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