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Criminal privilegiado

24 de septiembre de 2013

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Mientras pone en alerta su parafernalia bélica en la frontera con Siria, suministra armamentos a los mercenarios que ensangrientan al vecino país árabe y observa cautelosamente cualquier intento directo de Estados Unidos para derrocar al gobierno de Damasco, Israel aprovecha el caos generado con el fin de proseguir realizando sus asesinatos “selectivos” de dirigentes palestinos en Gaza e intensifica la construcción de asentamientos en Cisjordania.
Una política que aprovecha hasta el máximo el sostén que le proporciona Estados Unidos, que tiene en Israel su prolongación en la región más ensangrentada del planeta en estos tiempos.
Por esto hay que subrayar que Israel no actúa solo. Opera en función de las prioridades geopolíticas de Estados Unidos, que transfirió al país centenares de bombas atómicas, sin ninguna exigencia de inspección o suscripción de tratados de no proliferación. ¿Quién duda de que también posea armamento químico, por el cual se sataniza tanto a Siria, que ha negado su utilización y aceptó la petición rusa de ponerlo bajo control internacional?
El Departamento de Estado hace malabarismos para apadrinar a todos sus socios, pero privilegia a Israel, a través de un lobby que opera como una fuerza interior del sistema político norteamericano. Este grupo de presión no expresa a la colectividad judía, sino al aparato industrial-militar del establishment.
Además de tratar de controlar los recursos energéticos, la política imperialista en el Medio Oriente se basa en mantenerse como sostén de Israel. Los colonos que arrebataron Palestina comenzaron a ejercer este papel semimperial, cuando se convirtieron en un aparato militar victorioso, con capacidad de acción sobre toda la región.
Como recoge la historia, los ocupantes sionistas vetaron primero el retorno a su tierra de los pobladores originarios, que escaparon de la guerra perpetrada en 1947-49. Ese despojo fue posible por el clima de reparación internacional hacia los judíos que sucedió al holocausto. Pero la confiscación por éxodo forzado de la población no pudo repetirse en 1967, cuando los habitantes aprendieron la lección de los refugiados y se quedaron en sus hogares. Esa permanencia determinó el comienzo de una resistencia, que Israel ha respondido con mayor anexionismo.
La anexión se implementa con un ropaje de negociaciones de paz que en los papeles promueve la consolidación de dos estados y en los hechos obstruye ese objetivo. El futuro de Jerusalén, los derechos de los refugiados y el fin de los asentamientos quedan fuera de las tratativas, mientras que la implantación de nuevos colonos anula la eventual formación de un estado palestino real.
La expropiación de tierras, el robo del agua, la creación de rutas exclusivas y la erección de muros separando a las ciudades bloquean esa posibilidad.
En tanto la pequeña y superpoblada Gaza queda para el sionismo como recurso de represalia militar generalmente desbordada y exagerada, Cisjordania se ha convertido en una prisión gigantesca, que obliga a los palestinos a elegir entre la emigración y la supervivencia en cantones aislados, mientras más de medio millón de israelíes se asientan en condominios atendidos por la logística y la seguridad de Tel Aviv.
Israel repite el libreto de todos los colonialistas. Porta la bandera de la civilización y esgrime derechos de defensa para ocultar su dominación. Pondera su “democracia moderna” y descalifica las costumbres de los pueblos árabes.
Las libertades públicas que enaltecen los sionistas, sólo rigen para discutir la mejor forma de vulnerar los derechos en los territorios ocupados. Quiénes exaltan la tolerancia religiosa del estado hebreo suelen olvidar el carácter confesional de esa institución.
También omiten el fundamento bíblico utilizado para justificar ampliaciones territoriales inspiradas en los sagrados límites de Samaria y Judea.
Israel necesita redoblar la apuesta bélica para perpetuar el colonialismo. Cada cese de hostilidades es utilizado para preparar nuevas incursiones, como lo demuestra la secuencia de Beirut (1982), Ramalá (2002), el Líbano (2006) y Gaza (2009).
Estas agresiones han creado en el país una mentalidad de resentimiento, que es utilizado para justificar cualquier atrocidad frente a un mundo hostil. Con esos mensajes se busca sofocar las demandas de la solución pacifica, que cada vez parece más lejana.

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