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Autoestima pisoteada

12 de marzo de 2018

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El éxodo de los habitantes de Puerto Rico hacia las principales ciudades norteamericanas no sólo ha continuado, sino aumentado, a medida que el gobierno del Imperio se sigue negando a socorrer a las víctimas del más reciente ciclón que dejó fracturada a casi el 80% de la pequeña colonia, y no se avizora remedio alguno para paliar la devastación sufrida.

San Juan, la capital, pudiera ser una excepción, pero también ha tenido que afrontar las consecuencias de la falta de ayuda de la Metrópoli y los desaguisados de un gobierno local que en lo único en que se ha destacado es en aumentar con creces una deuda externa impagable.

Por supuesto, una nacionalidad orgullosa no puede ser bien defendida ni mantenida cuando decenas de miles de sus hijos han tenido que emigrar para huir de situaciones cercanas a la hambruna, muchos sin techos decentes, con magros alimentos y agua no potable.

Es muy difícil así hablar de un independentismo que se refleja pobremente en unas votaciones en que la inmensa mayoría de los participantes dividen sus votos entre el mantenimiento del Estado Libre Asociado (ELA) y la anexión como un estado más de la Unión.

De ahí que sea mucho más plausible la actitud de líderes y seguidores independentistas de mantenerse fieles a sus ideales, pese a la acción depredadora del imperialismo norteamericano, que, realmente no respeta tampoco a los otros estatus, por muy serviles que sean, tal es su desprecio.

Objetivamente, fuera de la reciente catástrofe provocada por la naturaleza y agravada por la falta de decisión de los gobernantes locales y el olvido del Imperio, Puerto Rico tiene las principales condiciones materiales necesarias para convertirse en una exitosa república independiente: buena situación geográfica, infraestructura física que se puede levantar, pese a la agresión ciclónica; disponibilidad de tierras fértiles, población capacitada, a parte del éxodo; y fuerte cultura nacional.

No obstante, por demasiado tiempo ha padecido un régimen político ineficiente, descapitalizador y orientado al parasitismo, por lo cual constituir la república independiente demanda una refundación del Estado, esto es, un proceso de transición.

Está claro que depender de los subsidios norteamericanos es el problema fundamental de Puerto Rico, porque cae en el estancamiento y el retroceso económico.

Para algunos analistas, la cuestión no es destacarse cono enemigo de la superpotencia norteamericana, sino que a Puerto Rico se le haga justicia y se respeten la soberanía, la autodeter4minación y los derechos de la nueva república que se pudiera constituir.

Esto se pudo lograr hace algún tiempo en el caso del Canal de Panamá y de sus instalaciones y áreas aledañas, para alcanzar el objetivo de establecer allí un sistema no sólo nacional, sino eficaz y sostenible.

El problema es grave y muy de fondo, porque se plantean tres alternativas: mantener el régimen del ELA, anexionarse a Estados Unidos o emanciparse como una república independiente.

Si el ELA continúa exasperando al país, eso atizará el voto anexionista, y un mal día Washington se encontraría con una petición de estatidad salida de un referendo basado en la ficción de que solucionaría todas las necesidades de la isla. Por supuesto, a pesar de la opinión de honesto líderes independistas, esta opción no es admisible por la potencia.

Y lo de la estadidad es una falacia, algo irrealizable, y no porque falten puertorriqueños enajenados por la cultura colonial, sino porque no hay estadounidenses dispuestos a aceptarlo.

“Sin dudas existen poderosas razones económicas, sócales, políticas y culturales para estar contra la estatidad desde las perspectivas tanto de Puerto Rico como de Estados Unidos”, expresó el líder independentista Rubén Berríos.

Y es que, por lo que toca a la parte norteamericana, tras el fracaso del ELA, el impacto de la llegada de un nuevo estado mucho más pobre que el más pobre de la Unión, racialmente mixto y con otro idioma, con un número de representantes en el Congreso superior al de muchos de los demás, haría muy difícil la repartición del llamado pastel presupuestario.

Por lo pronto, sin salida alguna, sin “luz al final del túnel”, sigue el éxodo de los puertorriqueños hacia Estados Unidos, que ayuda, a mí entender, a pisotear aún más una autoestima bastante deteriorada y que se debe rescatar.

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