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Ante la siembra de tempestades

14 de agosto de 2020

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El imperialismo norteamericano, como enemigo de los pueblos que oprime, sigue cosechando el odio de las tempestades que siembre, Así, muchas personas considerada pacifistas, se muestran a veces irracionalmente compulsivas, cuando utilizan el mismo estilo del opresor para expresar desde el desdén hasta el odio, cuando la cuestión es utilizar esa fuerza contra la explotación y no contra sus agentes individuales, víctimas de un orden irracional que los convierte en verdugos.

Cierto, el que siembravientos, recoge tempestades, pero el odio podría conducir en esta ápoca al fin del género humano, por la lógica reacción contra el impacto de un Imperio culpable de los asesinatos de luchadores contra la discriminación racial, los horrores de sus guerras contra naciones más pequeñas, mantener la nunca finiquitada Guerra Fría y la amenaza de un holocausto nuclear.

Muchas cuestiones son difíciles de entender. y a veces me pregunto cómo los japoneses se pueden contener y comportarse tan pacíficamente y llamar a la reflexión para que no se vuelvan a repetir hechos tan injustos y deleznables como las bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos contra las indefensas ciudades de Hiroshima y Nagasaki, realizadas hace 75 años y cuyos ecos de los actos recordatorios de los centenares de miles de víctimas aún prosiguen.

Pero a pesar de esa aparente tranquilidad, muchos japoneses de estas y anteriores generaciones no olvidan, como los Hibakushas o sobrevivientes, muchos de los cuales siguen muriendo lentamente a causa del cáncer producto de las radiaciones.

No es extraño que, a los descalabros de los elementos humanos utilizados por el imperialismo para sus fines, suceda el regocijo de muchas de sus víctimas o familiares de éstas.

Así, el 11 de septiembre del 2001, cuando los ciudadanos de Hiroshima vieron imágenes de los ataques terroristas en Nueva York, muchos de ellos, inclusive las personas que se reconocen como pacifistas, seguían maldiciendo contra los estadounidenses.

No es los mismo el odio frio inducido por el Imperio a sus soldados cuando contribuyen fríamente al exterminio de millones de personas durante las agresiones a Corea y Vietnam, que el de quienes sufren las consecuencias de los bombardeos.

Ni el odio preconizado por los fascistas para el exterminio de los judíos, que el de lo que sobrevivieron a los campos de concentración o el de los que en el Ghetto de Varsovia lucharon heroicamente contra sus opresores.

Pero, así y todo, a veces confundimos y mezclamos nuestro odio, que creemos justo, con lo irracional, lo cual no es necesario. Ernesto Estévez, en su comentario El odio en el mundo actual, publicado en Granma, expresa que “no hay espacio ni razón para degradar nuestra lucha a una simple vendetta contra el instrumento de turno del enemigo de la Revolución cubana… Las estigmatizaciones no generan pensamientos, generan reflejos, que son propios de los enemigos de la Revolución, no de los revolucionarios”. Por eso, subrayo, el odio se debe volver en fuerza contra la explotación.

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