“Generosa y breve”: Una guerra por la paz y la felicidad de Cuba
24 de febrero de 2017
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Tras la Tregua Fecunda, marcada por el bochornoso Pacto del Zanjón y la inclaudicable protesta del General Antonio en Mangos de Baraguá, la prédica y acción revolucionarias de José Martí habían cristalizado en la fundación del Partido Revolucionario Cubano. Con él nacía la organización política encargada de aunar voluntades y llevar adelante la “guerra necesaria” contra la dominación colonial.
El alzamiento del 24 de febrero de 1895 en distintos puntos de la Isla, hacía realidad el pensamiento martiano:
“Los pueblos, como las bestias, no son bellos cuando bien trajeados y rollizos sirven de cabalgadura al amo burlón, sino cuando de un vuelco altivo desensillan al amo”.
Brillaron entonces por su valor, audacia e inteligencia combatiente, jefes militares de la talla universal de Antonio Maceo y Máximo Gómez, quienes al llamado del Maestro cambiaron “el orgullo de su bienestar y la paz gloriosa de su descanso, por los azares de la Revolución y la amargura de la vida consagrada al servicio de los hombres”.
Considerado una de las voces precursoras del movimiento modernista en la poesía; periodista de fina elegancia gramatical y aguda opinión; célebre orador, José Martí resaltó también como brillante estratega militar y político. Las ideas en torno al movimiento insurreccional que debía estallar de manera simultánea en diferentes lugares de la geografía cubana; la fundación del Partido para dirigir la guerra; y el sabio y paciente esfuerzo desarrollado para aunar voluntades, constituyeron sublimes aportes del Apóstol a la contienda independentista iniciada el 24 de febrero de 1895.
“Para la paz, queremos la guerra”.
Desde su llegada a costas cubanas por Playitas de Cajobabo, hasta su caída en combate en Dos Ríos – el 19 de mayo de 1895 – Martí ofrendó excepcionales muestras de entrega absoluta a la batalla redentora.

Meses antes, en la localidad dominicana de Montecristi, había redactado el manifiesto titulado “El Partido Revolucionario Cubano a Cuba”, que constituiría el programa de la epopeya pronta a comenzar.
El documento convocaba a “ordenar, de acuerdo con cuantos elementos vivos y honrados se le unan, una guerra generosa y breve, encaminada a asegurar en la paz y el trabajo la felicidad de los habitantes de la Isla”.
Inmediatamente, organizó la expedición para trasladarse a la Isla, junto a Máximo Gómez y otros patriotas.
Ya en la manigua redentora, tras vencer diversos avatares, en carta fechada el 15 de abril, relataba:
“Gómez, como General en Jefe, había acordado, en consejo de Jefes, a la vez que reconocerme en la guerra como Delegado del Partido Revolucionario Cubano, nombrarme, en atención a mis servicios y a la opinión unánime que lo rodea, Mayor General del Ejército Libertador. ¡De un abrazo, igualaban mi pobre vida a las de sus diez años!”.
Al día siguiente, confesó en misiva enviada a la familia Mantilla Miyares: “Sólo la luz es comparable a mi felicidad”.
Consciente del apetito expansionista del naciente imperio estadounidense y de su ambición de apoderarse de Cuba, desplegó talento y energías a prever y alertar sobre el peligro que se cernía sobre nuestros pueblos.
“En el Norte no hay amparo ni raíz… El Norte se cierra y está lleno de odios. Del Norte hay que ir saliendo”.
La guerra, para el Maestro, era una necesidad impostergable, motivada por la brutal opresión a que era sometida la Isla por la dominación colonial española. Pero, además, para evitar la probable anexión de Cuba a los Estados Unidos y su expansión hacia otras tierras de Nuestra América, y ofrecer una eficaz contribución al equilibrio del mundo.
“La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en el plazo de pocos años el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de la naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo”.

Del genio formidable del más universal de los cubanos, emergieron ideas y acciones de una contienda bélica que – reiniciada el 24 de febrero de 1895 y frustrada por la intervención norteamericana – no se detendría hasta la conquista de la definitiva independencia de la Nación, concretada el primero de enero de 1959.
Sus mandatos y advertencias conservan vigencia absoluta en la contemporaneidad y en los tiempos por venir:
“Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la Humanidad moderna. Quien se levante hoy con Cuba, se levanta para todos los tiempos”.
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