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“Un acto de soberanía intelectual absolutamente privado”

5 de septiembre de 2018

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Aunque parezca algo poco probable, casi imposible, se equivoca realmente quien piense que hijos nacidos de padres no amantes de la lectura, nunca se interesarán en buscar –y encontrar— entretenimiento y enseñanza en las páginas de un libro.

Así lo confirma Cira Romero, una de las más activas y lúcidas investigadoras, ensayistas y críticas literarias cubanas, nacida en Santa Clara, en 1946, en el seno de una familia no asidua a la lectura, quien, sin embargo, desde hace décadas, se ha dedicado al estudio y promoción de la literatura escrita en la isla.

“Mi círculo familiar –comenta—, ni el más cercano ni el más lejano, leía. Solo recuerdo a un primo hermano siempre leyendo, costumbre que aún mantiene a sus más de 80 años. No he olvidado que mis primeras lecturas no fueron los, por entonces tan comunes, “muñequitos” en formato de papel, sino que prefería el libro de lectura de los distintos grados de la primaria. Leía con deleite lo que aparecía en esos libros debido a José Martí: «Los dos príncipes», los Versos sencillos. O algunos de los cuentos de «La Edad de Oro». En años escolares superiores, ya en bachillerato, prefería leer novelas, pero no las cubanas, sino francesas o inglesas, que se vendían muy baratas en un formato de bolsilibros. Por entonces leí «El rojo y el negro» y mi preferida de siempre: «Madame Bovary».

Licenciada en Letras, por la Universidad Central de Las Villas, en 1968; investigadora del Instituto de Literatura y Lingüística José Antonio Portuondo Valdor, desde 1971, y autora de una veintena de libros, entre ensayos, antologías y compilaciones, Cira Romero está convencida de que la lectura determinó el rumbo de su vida profesional.

“La lectura influyó en una medida que llamo total. La lectura crea una especie de sano vicio y ese interés, digamos que primario, que tenía, se fue avivando cuando llegué a la universidad y matriculé en la carrera de Letras, en la Universidad Central de Las Villas. Allí tuve un profesor, Andrés Couselo —posteriormente tuvo el encargo de diseñar nada menos que la Colección Huracán, que publicó desde finales de la década de los 60 hasta los 80, más o menos, lo mejor de la literatura universal— que fue decisivo en mi formación como lectora. En su casa de Santa Clara tenía una enorme biblioteca cuyos libros prestaba con bondad infinita. Él nos indicaba qué y cómo priorizar la lectura de libros. Es un nombre hoy olvidado, pero que siempre evoca, agradecido, Rolando Rodríguez, fundador del Instituto del Libro, porque ofreció muchas ideas al momento de fundarse este organismo. Falleció hace poco tiempo en un home, en los Estados Unidos”.

Aunque Cira Romero acaba de confesar que la lectura crea “una especie de sano vicio”, le pregunto sobre uno de los temas que hoy centran en el mundo la atención de los especialistas: la lectura es un hábito o, por el contrario, una necesidad del ser humano. He aquí su respuesta:

“Creo que ambas propuestas, aunque el hábito puede deslizarse hacia lecturas poco productivas solo, precisamente, por el hábito de leer. Desde hace muchos años leer constituye para mí una necesidad, con independencia de que forma parte de mi vida laboral. Leo sobre lo que estoy investigando, pero trato de mantenerme al día con lecturas «ajenas» a ese proceso, que, realmente, nunca son tan ajenas. Leer puede servir para concatenarlo todo”.

Vinculado estrechamente a esa polémica, también preocupa y ocupa a los expertos –fundamentalmente a editores y libreros— otra sensible problemática: el decrecimiento de la lectura, que actualmente resulta evidente en numerosos países del mundo.

 

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“Al menos en Cuba –reflexiona la autora de “Fragmentos de interior: Lino Novás Calvo, su voz entre otras voces”— no hay estudios científicos al respecto que demuestren o midan la verdad o no de la afirmación. Ojalá se implementen los medios para realizarlos. Quizás existan a escala mundial, en países del llamado primer mundo. No obstante te doy mi impresión, subjetiva, como todas las impresiones: se lee menos, mucho menos, sobre todo los jóvenes. Por supuesto que estoy generalizando, pues, estoy segura, hay miles de excepciones. Pero, como promedio, creo que se lee menos. No creo en la propuesta de que el libro en soporte digital, al menos en Cuba, funcione como alternativa más o menos generalizada. Opino que esos soportes se utilizan para otros intereses mucho más preferidos: música, películas, series. No obstante, me curo en salud: muchos cubanos leerán de ese modo, los jóvenes en primer lugar. Son tantas las novedades que el mundo virtual genera, aunque algunas no lleguen a Cuba de inmediato, que los jóvenes se engolosinan rápidamente, porque son atractivas desde el punto de vista visual, por ejemplo, mientras que con el libro en la mano eres tú y el autor, mediado por el papel. Para mí esa relación es insustituible. De ahí que sienta la lectura como un acto de soberanía intelectual absolutamente privado”.

En los últimos años, Cira Romero ha conocido de los empeños y retos del Sistema de Ediciones Territoriales –ese renovador y rico proyecto creado, en el año 2000, por el Comandante en Jefe Fidel Castro—, encaminados a la publicación de libros en la isla. De ahí que, con voz autorizada, opine sobre cómo esas propuestas editoriales contribuyen a fomentar e incentivar la lectura.

“Como todo sello editorial, los veintidós vinculados al Sistema de Ediciones Territoriales pueden contribuir a avivar ese interés, mucho más cuando algunas de ellas —Ediciones Holguín, Ediciones Matanzas, Ediciones Capiro, por ejemplo— tienen un catálogo temáticamente atractivo, sostenido, además, por la realización de hermosas y cuidadas ediciones. Creo que las editoriales de este sistema, el sistema en sí mismo, es uno de los grandes logros de la política cultural de la Revolución Cubana que el Instituto Cubano del Libro ha sabido cuidar y proteger, con sus más y sus menos, como puede suceder también en una de las llamadas (o mal llamadas) editoriales nacionales. Algunas de las editoriales de la Asociación Hermanos Saíz, como Ediciones La Luz, por ejemplo, de Holguín, publican libros que son, para recordar un título emblemático debido a Camila Henríquez Ureña, una verdadera Invitación a la lectura”.

Como resulta fácil imaginar, en todo este panorama, las nuevas tecnologías asumen una especial relevancia, sobre todo en el empleo de soportes que promuevan el interés por el libro y la lectura. Para atraer a los lectores potenciales –aclara— “ante todo, habría que disponer masivamente de esas tecnologías, hoy en manos de pocos. Hacer estudios previos (encuestas, por ejemplo, entre otros medidores) para saber cómo enrumbar un asunto que es complejo y preocupante”.

¿Qué pasará, entonces, con el libro en soporte de papel ante ese impetuoso avance tecnológico? ¿Quedará tan antiguo vehículo del conocimiento y el saber humanos como una reliquia de tiempos pasados? Cira Romero responde, categóricamente, tan inquietantes interrogantes:

“Creo que nunca morirá, como no murió la radio porque surgió la televisión. Es ejemplo repetido, pero cierto. Recordemos que mucho cine ha retornado al blanco y negro. También la fotografía. Serían muchos los ejemplos a citar. Para todo habrá un espacio. Además, un libro es un recodo propio e íntimo, siempre al alcance de la mano”.

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