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Para hacer que el amor arribe y siga

10 de mayo de 2020

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Toda madre debiera llamarse Maravilla.
1882
José Martí

 

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“Madre dando el pecho”, de Gauguin (hijo)

 

El amor a la madre siempre ha sido un tema constante de la poesía, como lo confirman numerosos textos de creadores de diversas generaciones, estilos, tendencias, latitudes.

Son versos que resultan auténticos testimonios del respeto, el cariño, la devoción, que se siente por quienes consagran su propia vida a la vida del hijo amado.

He aquí, a propósito de este segundo domingo de mayo, Día de las Madres, una invitación a leer algunos de esos poemas firmados por autores de la Isla.

Sencillo homenaje, en estos días en que la COVID-19 amenaza a la humanidad, a la abnegación, la entrega, el desvelo, la ternura, de quienes debieran llamarse Maravilla.


 

Madre mía que estás en una carta

 

Madre mía que estás en una carta
y en un regaño antiguo que no encuentro,
quédate para siempre aquí en el centro
de la rosa total que no se aparta.

Madre mía que estás tan lejos, harta
de la nieve y la bruma, espera, que entro
a ponerte a vivir con el sol dentro,
madre mía que estás en una carta.

Puedes darle al misterio alguna cita,
convenir con las sombras hechiceras,
puedes ser una piedra que se quita

o secarte ahora mismo las ojeras;
pero acuérdate, madre, de tu hijita:
¡no te atrevas a todo, no te mueras!

 

Carilda Oliver Labra (Matanzas, 1922-2018)


 

A mi madre

 

Mamá, mamá, la que meció mi cuna,
la que tejió los días de mi fe,
cómo no honrar la singular fortuna
de aprender en tus brazos lo que sé.

Cuántas noches en vela con alguna
minúscula tacita de café,
aquella madre de mirada en una
rosa grisácea, verdiazul, muaré.

Fuiste más que yo mismo, la primera
visión en la casona inoportuna
del lugar que muy niño abandoné.

Mamá, mamá, mi madre, la enfermera,
cuántas noches en vela sin ninguna
minúscula tacita de café.

 

Adolfo Martí Fuentes (Galicia, España, 1922-La Habana, 2002)


 

Madre

 

Mi madre no tuvo jardín
sino islas acantiladas
flotando, bajo el sol,
en sus corales delicados.
No hubo una rama limpia
en su pupila sino muchos garrotes.
Qué tiempo aquel cuando corría, descalza,
sobre la cal de los orfelinatos
y no sabía reír
y no podía siquiera mirar el horizonte.
Ella no tuvo el aposento de marfil,
ni la sala de mimbre,
ni el vitral silencioso del trópico.
Mi madre tuvo el canto y el pañuelo
para acunar la fe de mis entrañas,
para alzar su cabeza de reina desoída
y dejarnos sus manos, como piedras preciosas,
frente a los restos fríos del enemigo.

 

Nancy Morejón (La Habana, 1944)


 

Tríptico para una llama de amor viva
(fragmentos)

 

¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
San Juan de la Cruz

II
en el divertimento de mis días, la luz gravita
sobre lo que amo, cosas imposibles; advierto que nada pasa
y ruego bajo estas palabras en tu venidero día, en el mañana dispuesto.
en la casa me voy quedando con los años, y dibujo bajo la soledad
la dimensión de los rostros que amo, confundido estoy
bajo la noche donde la palabra pudiera no resultar tan sagrada.
(des)corro las cortinas de la casa y pienso en mi madre, que tu reclamo
aguarde otras estaciones, para que cada minuto de mi vida
se prolongue en su vientre, que me salve San Judas este tiempo
de toda posible ausencia. no permitas bajo tu verde luz
que las cosas que una vez cultivé desaparezcan, dame un sitio
aunque sea mínimo para dibujar lo que he visto ante los ojos
de la trinidad divina. ahora sé que el tiempo que está por venir es imposible de augurar, que la salud de mi madre sea como esa tierra
y que no exista mayor júbilo que el día en que volvamos
a encontrarnos todos alrededor de una casa, que ya no existirá,
donde apenas me reconocerían si tocara a la puerta.

 

Luis Manuel Pérez-Boitel (Remedios, Villa Clara, 1969)


 

Madre

 

madre siempre estuvo
donde tenía que estar
no exactamente tras cumbres de espuma
no oculta entre humos y calderos
no diluida en la caricia las sábanas las tisanas
sino en el lugar
donde siempre llama
donde siempre duele
y donde siempre acude cuando ya no está

Manuel García Verdecia (Holguín, 1953)


 

Madre mía

 

Llamarte por tu nombre, flor y amiga.
Tus manos hacen mundo cada día.
Mujer deshabitada, rebeldía
para hacer que el amor arribe y siga.

Lagrima del frutal y de la espiga
que solemne se llena de alegría.
Isla dinámica en la geografía
de donde el corazón la paz obliga.

Tu nombre es una inmensa desnudez
de luz y vida. Sin ti la lucidez
no podría encontrar lo más sublime.

Donde yo te menciono hay valentía,
y al hacerlo, tú evitas se lastime
mi paz y mi entereza, madre mía.

23 de julio de 1999

 

Antonio Guerrero (Miami, Estado Unidos, 1958)

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