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Padura: nadie tiene la verdad, pero lo que digo es verdad

11 de junio de 2015

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Por Angel Marqués Dolz

 

 

Si Ud. va a llamar a Leonardo Padura, La Habana, 1955, asegúrese de que al teléfono le funcione el redial. Pero si Ud llama a Leonardo Padura el día en que le confirieron el premio Princesa de Asturias, asegúrese, además, de que la suerte se ponga de su parte. La línea estará ocupada por horas y solo un golpe de fortuna hará que el propio escritor conteste al timbre sin intermediarios. Siempre, y eso es una virtud por comprobada enteramente veraz, el entrevistado, por muy solicitado, acosado y conmovido que esté, dispensará una ecuanimidad que se confunde con la más estricta cortesía o viceversa. Lo que sigue son ocho minutos y catorce segundos de diálogo que dan fe de ello.

 

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HR.-Sé que está abrumado por tantas llamadas, pero podría tener unos minuticos para Habana Radio…

 

LP.-Uh…? Vamos, vamos!… Algo breve, porque estoy esperando dos llamadas desde Argentina.

 

HR.-Muchísimas felicidades por este gran premio que en primer lugar habla de la constancia y de un trabajo bien duro, que es el de escritor… Ud comparte la lista de galardonados con nombres de mucho calado: ¡Fuentes, Delibes, Vargas Llosa, Grass, Rulfo, Kadaré, Cela, Phillip Roth! ¡Hay premios Nobel en este inventario! ¿ Tal grado de reconocimiento afectará su seguridad de escritor, su manera de concebir y de entender el acto de la escritura?

 

LP.-Espero que no. Espero que tenga resultados en la promoción, en la visibilidad de mis libros, pero que no afecte de la puerta de mi casa hacia adentro, que es donde está un poco el sancta sanctorum. Trataré de mantener mi ritmo de trabajo, algo que se va haciendo difícil con este tema de las entrevistas y las promociones, que cada vez es más complicado, pero voy a  tratar de conservar lo que me ha permitido hasta ahora escribir, que ha sido un poco esta privacidad que uno lucha por sostener en medio de una realidad como la cubana, que te toca a la puerta y te entra a la casa, porque muchas veces uno se encuentra resolviendo problemas para los que se pregunta: cómo es posible que yo esté metido en este lío, pero uno vive aquí y como cubano tiene que asumir eso.

 

HR.-¿Ud. es un escritor que tiene un puñado de convicciones que siempre lo estarían guiando a la hora de concebir una historia…?

 

LP.-Creo que sí, que tengo un principio fundamental y es que me interesa contar una historia y que esa historia se le comunique al lector. En mis años de periodista en Juventud Rebelde, escribía largos reportajes para las ediciones dominicales, contando historias que a veces eran más o menos conocidas, pero un poco olvidadas en Cuba. Ese fue un principio que se me arraigó mucho en esos años: comunicarme con el lector. Eso, aunque esté trabajando el asunto más complicado, filosófica, humana, históricamente hablando, siempre dejo puentes abiertos para que se produzca esa comunicación con el lector. Ese es un principio fundamental y el otro es, de alguna manera, intentar reflejar lo que ha sido o lo que es la vida en Cuba. No quiere decir que lo que yo diga es la verdad, porque creo que nadie tiene la verdad, pero sabiendo que lo que digo es verdad. No me interesa alterar la realidad, ni manipularla, sino reflejarla desde una perspectiva personal y dar mi visión de lo que ha sido la vida en Cuba estos años.

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HR.-Ud. es un escritor de frescos históricos, y dentro de ellos, inserta a determinados personajes, algunos validados por la historia, otros condenados y otros que, simplemente, son anónimos y escapan a cualquier veredicto. Como buen hijo de vecino que Ud es, cree que el individuo frente a la historia será siempre una criatura vapuleada?

 

LP.- Es una pregunta difícil de responder, porque habría que ver cada caso. Creo que la historia es un juez bastante implacable, bastante duro y muchas veces o te santifica sin suficientes razones o de demoniza, por muchas o por pocas razones. En el caso de mis novelas miro a un personaje como José María Heredia, quien estuvo en el centro de la historia cubana en su momento. El primer romántico cubano, el primer revolucionario, el primer exiliado, y fue un hombre absolutamente vapuleado por sus contemporáneos, pero después ocurrió que empezó a ser santificado y Heredia se convirtió en dos poemas y un busto en algunas escuelas primarias cubanas y lo que traté en mi novela de hacer fue quitarle de las manos esos dos poemas, bajarlo del pedestal y ponerlo a vivir una vida en la cual fuera posible que escribiera esas poesías, sino también otras y tuviera una comunicación con la vida que él pudo haber tenido.

 

HR.-Cómo va la filmación del proyecto del español Félix Viscarret, Cuatro estaciones en La Habana, la serie para cine y televisión que involucra a Mario Conde…

 

LP.-Va muy bien en su cuarta semana de rodaje. Estuvimos hace tres días en la filmación, algo que no suelo hacer en las películas en que intervengo como guionista, pero teníamos que estar allí, Lucía López Coll y yo, porque ella está haciendo un material adicional, y tuvimos que ir al pre de la Víbora, en el que estudió Lucía, que es coguionista de la serie y es mi mujer, estudié yo y estudió Mario Conde y sus amigos…
HR.-Qué libro está leyendo ahora…

 

LP.-Acabo de leer una novela, de las más simpáticas que he leído en los últimos tiempos… Ha sido un gran best seller, no es un libro especialmente bueno, pero es muy simpático. Se titula El viejo que saltó por la ventana y se escapó, de un sueco que se llama Johann  Johannsson. Una novela absolutamente hilarante, con una historia pantagruélica en cuanto a la biografía del personaje. Y ahora estoy leyendo un libro que andaba buscando hace tiempo, Las correcciones, de un escritor norteamericano que yo admiro mucho,  Jonathan Franzen.

 

HR.-A Raúl Roa le preguntaron que si era condenado a una isla desierta, qué libro se llevaría. La montaña mágica, respondió, para poder terminarlo. ¿Cuál sería el suyo, ya sin ironías?

 

LP.-Tendría que pensarlo mucho. Me lo han preguntado varias veces y cambio de libro, según el estado de ánimo, porque la relación con la literatura tiene mucho que ver con el estado anímico del lector. Pienso que si me puedo llevar el Quijote, no estaría nada mal…

 

HR.-¿Las cartas enviadas a Ud, seguirán siendo remitidas a Mantilla, o ya ese barrio le queda chico?

 

LP.-Siguen y seguirán remitiéndose a Mantilla. Por mi trabajo tengo que viajar con cierta frecuencia. Dentro de unos días salimos a Brasil, donde me espera una agenda de trabajo bastante apretada, con varios festivales… Regresamos hace poco, nada más y nada menos, que de Israel, donde hubo una conferencia en la universidad hebrea de Jerusalén, dedicada a mi obra, con varios especialistas; estuvimos en Italia presentado Herejes, pero siempre regreso aquí. Este es mi punto de partida y llegada, mi lugar de trabajo y siento por este lugar un arraigo muy fuerte que trataré de conservar siempre que pueda.

 

HR.-Muchísimas gracias Leonardo Padura por su tiempo y por sus palabras. Que este premio sea uno más en su gran carrera como escritor…

 

LP.-Muchas gracias a ti…Buenas tardes.

 

 

Para el escritor y periodista mexicano Juan Villoro, miembro del jurado, la lista de candidatos que optaron por el galardón era “tan extraordinaria” que los miembros del tribunal hubieran acertado “aunque hicieran una rifa”. Entre los propuestos aparecían el novelista japonés Haruki Murakami, el poeta sirio Adonis y el dramaturgo estadounidense David Mamet. Los Premios Princesa de Asturias están dotados con la reproducción de una escultura diseñada por Joan Miró, 50.000 euros en metálico, un diploma y una insignia. En 1988 Leonardo Padura publicó su primera novela, Fiebre de caballos, una historia sobre el despertar del deseo sexual en un adolescente. Puede que entonces tuviera menos fe en sí mismo y más en la literatura.

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