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Natalia Bolívar: “Yo soy Cuba”

16 de septiembre de 2014

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Descubrí a Natalia Bolívar en los albores del 2008, durante el Primer Festival Internacional de Oralidad Artística AFROPALABRA. Allí daba una conferencia con su hija Natacha del Río sobre la historiadora, cuentista y antropóloga Lydia Cabrera, quien la inició en el  estudio de las religiones de origen africano.

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Es imposible conocer a esta extraordinaria mujer y no conmoverse por su enorme sensibilidad y sencillez. Su vida estuvo ligada a personalidades tan importantes como Wifredo Lam, Mariano Rodríguez, René Portocarrero, Lezama Lima entre tantas otras que prácticamente recorren lo mejor de la cultura, la literatura y las artes plásticas del siglo XX.  En su “palomar” guarda inmunerables objetos pertenecientes a las religiones africanas a las que ha dedicado años de estudio. Allí atesora cuadros de sus amigos de la juventud y de los años y también los que ella misma ha pintado. Su labor como investigadora está recogida en más de una decena de libros.
En su niñez fue campeona de natación, estudiante de escultura y pintura, pasión que abandonó durante los años en que mantuvo una incesante actividad clandestina como parte del Directorio Revolucionario. Se define a sí misma como una rebelde, amante del mar, de la Habana  y de su Isla “a la que nunca ha podido abandonar por mucho tiempo”.
Natalia es sencillamente una leyenda viva y su historia es como una de esas novelas imposibles de olvidar.

 
Usted nace en La Habana…
Yo soy habanera de pura cepa y además una gran admiradora de esta ciudad, de cada cuadra que recorro, sobre todo de La Habana Vieja que fue donde tuve casi siempre el circuito de mi juventud y después de mi menos juventud.

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La Habana para mí es un  país fascinante. Soy muy espiritual, de mucha vida interior y cada vez que paso por una calle, por un solar de esta ciudad me recuerdo algo, algún punto de mi vida que tiene relación con esos lugares. Para mí La Habana significa la síntesis de la cultura cubana, si te quisiera decir como yo la siento.
Y cuando estoy fuera del país, que  inclusive lo máximo que he podido estar lejos son cuatro meses, lo que más me impide ser feliz por muy buen momento que esté pasando, es el Malecón habanero. El mar es mi retroalimentación para seguir viviendo con ese amor tan grande que le tengo no solo a la naturaleza sino a mi Habana. Y  como dice el poema de Fayad Jamis si no existiera la inventaba.

 
Cuéntenos de sus padres
Provengo de una familia aristócrata, a mucha honra, porque la gente está tratando de evadir decir aristocracia pero yo no. Ellos nacieron y se criaron aquí en el seno de La Habana Vieja.
Al morir mi bisabuelo que era el eje de la familia González Mendoza y tenía el bufete Mendoza en la calle Amargura, la familia se desintegra. Ellos vivían como 50 entre esas dos casas en aquella calle y lo que dejó de herencia pasó a distintas ramas de la familia. Estamos hablando del siglo XIX, yo todavía no había nacido. Entonces mi abuela se casó con el doctor Gonzalo Aróstegui, que era pediatra, y se mudaron para el Vedado, para la calle L.
Ahí mi abuela dió a luz a todos sus hijos, entre ellos hay un médico, era un solo varón, y las demás eran muchachas de la aristocracia  bien casadas que hicieron su vida. La única que tardó mucho en casarse fue mi mamá, a  los 34 años. Sus amigas le decían: “mira qué pillina esperó…”, pero  esperó bien  porque mi papá era guapísimo.
Mi niñez y juventud la pasé rodeada de artistas, porque en casa de mi prima Rita (Longa) se reunía Fidelio Ponce de León, René Portocarrero, Mariano Rodríguez, críticos como Rafael Suárez Solís, o sea, estábamos muy relacionados a la cultura cubana.

 
Por eso comienza a estudiar pintura
Puede ser, comencé a estudiar en la anexa de San Alejandro  que estaba en la calle Reina, porque después que pasabas dos años preparándote pasabas entonces a la de verdad, con cuatro años más de estudio. Ahí estuve año y medio y empezó la época de Batista y los levantamientos de los muchachos. Los primeros alzamientos grandes los hicimos nosotros en San Alejandro. Mi madre espantada porque ya mi padre había pasado el “machadato” y había estado preso, dijo que yo no estudiaba más allí porque las revueltas eran de policías a golpe de garrotazos.

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Entonces me puse a buscar trabajo. Mi familia tenía un desahogo muy grande, teníamos una finca, pero siempre nos acostumbraron  a que si querías comprar algo fuera del esquema que te hacían, entonces tenías que agenciártelo tú. Yo desde muy niña, en el colegio de monjas “El Sagrado Corazón” del Cerro pintaba y hacía estampitas y postales de Navidad a mano, y se las vendía a las muchachitas y me ganaba mi dinero.
Me enteré de que se iba a abrir el palacio de Bellas Artes por Raimundo Cabrera, el padre de Lydia Cabrera, un filósofo, amigo de toda mi familia, y le pedí a mi madre que hablara con Lydia para que me aceptara como estudiante de las religiones de origen africano, y ella lo hizo sin ningún problema. Sin siquiera haberse puesto la primera piedra del Museo de Bellas Artes ya yo sabía que iba  a tener una plaza ahí porque ya había pasado un examen y conocía el inglés y el francés.
Me ligué con Lydia y empecé a ir a las fiestas de la virgen de Regla, que eran preciosas, se hacían por tres días y duraban tarde y noche. Muchas veces fui con Lydia y otras con Mariano y Portocarrero, que muchos de sus cuadros reflejan estas fiestas de Regla y de la tutelar de Guanabacoa. Con ellos hice una vida muy intensa, aprendí mucho. Yo creo que de cualquier persona podemos aprender, aunque tú creas que no, cualquiera que conozcas te brinda algo que sirve a ti para proyectarte en la vida.

 
¿Cómo recuerda esos tiempos de juventud? ¿Cuáles fueron esas personas que contribuyeron a forjar su carácter?
Yo vivía en la sociedad habanera muy acomodada antes de la Revolución pero nunca me atrajo ninguno de los hombres que se movían alrededor mío. Eran gente que no tenían vida interior, se hacían fiestas pero a mí nunca me gustó. A mí me gustaba andar con hombres muchos mayores que le aportaran a mi vida algo de conocimiento, por eso yo siempre andaba, por detrás de mi familia, con Mariano, Martínez Pedro, Wilfredo Lam…
Lam y yo fuimos amigos desde que yo tenía diez años. Ellos me aportaban un conocimiento tremendo.
Lezama Lima fue otra de las personas imprescindibles. Cuando se inauguró el Museo Nacional de Bellas Artes, él iba todos los días a darnos unas parrafadas de dos horas, entonces yo no entendía nada de lo que decía, ni ninguna de las guías que eran personas de mucha cultura. En una libreta apuntábamos todas esas cosas extrañas, cada palabra que usaba y después las confrontábamos entre nosotras para ver en qué diccionario aparecían. Eso fue maravilloso porque al cabo del tiempo eso brota otra vez y aprovechas lo que te dio a los 19 ó 20 años.

 
¿Y de dónde nacen esas influencias de Natalia Bolívar por la cultura afrocubana?
Todo lo que tengo se lo debo primero a la mujer que me crió, a la nana mía que se llamó Isabel Cantero y murió a los 104 años. Ella me enseñó a apreciar la naturaleza desde que nací. Me enseñó que todo vale en la naturaleza desde la piedra, el gusano hasta la hojita. Soy de la gente que guardo todo. Mi casa está llena de esas cosas, y tú dirás qué es esto, bueno esa es la piedrecita que recogí en tal lado, o el pedacito de adoquín de La Habana Vieja que se rompió y lo guardé.

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Mi nana era negra y nació en el seno de mi familia porque era hija de antiguos esclavos nuestros, le decíamos Chicha. La amaba con locura porque fue como una madre para mí. Me aguantó villas y castillas a mí y a mis otros dos hermanos, pero conmigo tuvo una preferencia porque yo era un poco enfermiza. Me hacía cuentos que su madre le había hecho, cuentos del Congo porque eran de origen congolés y yo me embelesaba.
Siempre recuerdo que fue ella quien me enseñó a disfrutar el tabaco. Tenía unos diez años y era muy finalista para los exámenes, estudiaba dos días antes, pero mañana, tarde y noche. Entonces en esos días mi nana se sentaba conmigo en un silloncito por la noche, se fumaba unos tabacos enormes que le mandaba de Pinar del Río un hermano que tenía allá, y los mojaba en un jarrito de café, los mascaba y se ponía a fumar. Un día le dije: «déjame aspirar eso que tú estás fumando que huele tan rico». Ella lo mascó bien, lo metió en café y me dijo: «toma, fuma pa´ que veas». De ahí en adelante empecé a fumar la noche antes de todos mis exámenes. Había veces que se me unían las materias y me quedaba cuatro días sin dormir, y entonces ella se sentaba en una comadrita, se daba sillón y yo me fumaba el tabaco con ella. Si sentíamos movimiento entonces cogía un papel de cartucho y me lo mascaba  para que mis padres no fueran a oler que estaba fumando con diez años. Si se enteraban mataban a la pobre Isabel.

 
Entonces ¿usted era rebelde desde chiquita?    
Siempre lo fui, sinceramente no me arrepiento de ser como soy, porque he vivido intensamente todas las experiencias que he tenido, tanto malas como buenas. He sabido cómo masticarlas para tragarlas y poder sacar un fruto de ellas.

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Puedo morirme mañana que no importa, se lo digo a mis hijas que no vayan a llorar, porque he vivido muy intensamente. He vivido momentos maravillosos y momentos terribles que me han llevado a estados depresivos muy grandes, pero los he logrado superar porque siempre me acuerdo de un dicho que decía Scarlett O’Hara en Lo que el Viento se Llevó: “Tomorrow will be another day”, (Mañana será otro día). Cuando tengo duros momentos voy a la costa y me pongo a mirar el mar porque me relaja mucho.

 
Pero, ¿Cómo usted siendo de una familia aristócrata llega a la clandestinidad?
Yo estuve siempre contraria a la discriminación. Nunca tuve nada que ver con la sociedad en que viví, absolutamente nada. La vida clandestina que llevaban Faure Chomón y Guillermo Jiménez y ellos se apoyaban mucho en mí porque yo tenía una vida en la alta sociedad y nadie se imaginaba que iba a estar metida en esos rollos. Ni mis padres lo sabían, porque los tenía engañados. Cuando se dieron cuenta me dijo que le prometiera que no iba a seguir y fui a Nueva York. Estudié pintura, volví seguí con la rebeldía. Yo siempre fui una rebelde.

 
¿Prefirió usted volcarse a la clandestinidad antes de seguir la pintura?
No, no fue así. El problema es que la vida de un pintor, del artista tiene que tener tranquilidad; a mí la tranquilidad me sobraba.
Para mí dejar la pintura fue difícil pero me encantaba la vida de la clandestinidad y además ahí conocí a gente de personalidad muy fuerte, José Antonio, Carbó, Machadito, Wangüemert -que cayó en el asalto al Palacio Presidencial- Héctor Mora, Raúl Díaz Arguelles, Tabo Machín que murió con el Che en Bolivia. Fueron mis amigos y personas que me aportaron  un gran abanico de conocimientos.

 
Se nota que es una persona que le gusta estar rodeada de amigos ¿Nunca se ha sentido sola?
No, nunca. Primero, me he casado muchas veces, después tengo tres hijas, dos viven aquí conmigo, la mayor trabaja conmigo. Los maridos nada más que me duraban dos o tres años, quizás por mis características, que no me dejo meter el pie. He viajado mucho, pasé por todos los países socialistas antes de ser socialistas, estudié en París cuatro meses, estuve con Lam, conocí a Picasso. Tengo una vida muy rica la verdad no me puedo quejar.

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Algunas personas por el color de su piel pueden ver como una contradicción que sea una amante de la cultura africana… 
Yo no creo en el color de la piel, yo creo en el color del alma, el color lo lleva uno por dentro. Si tú eres mala persona puedes ser muy blanca y por gusto. A mí sinceramente es un tema que no me toca, yo nunca he sido racista siendo de una familia de la alta aristocracia, yo no conocí lo que es el racismo en mi casa. Para mí no existe el color, existe el ser humano como ser humano, existe la condición del ser humano.
El blanco puede ser tan malo como el negro, como el chino. Esa es una situación que tuvimos durante casi 400 años de esclavitud, eso para borrarlo pueden pasar 100 años más. El color no tiene nada que ver y si te pones a pensar los grandes investigadores que han puesto la influencia de la cultura dentro de la identidad nacional a los movimientos negros fueron Fernando Ortiz y Lydia Cabrera, dos señores blancos, de grandes familias.

 
De usted, se dice que es la antropóloga viva más importante que tiene Cuba en estos momentos…   
Yo soy una estudiosa que en realidad tengo un archivo, que reto a cualquiera a que tenga el archivo que tenemos nosotros. Ando guardando papeles desde el año 1954 y eso no es bobería. Tengo gavetas que yo no he revisado todavía.

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¿Qué significa ser cubana para usted?  
Para mí significa todo. Una brasilera una vez en una entrevista me preguntó “cómo usted se define” y yo le dije: yo soy Cuba, esa es mi definición yo amo enormemente a toda la Isla. Para mí, mi país es lo más grande del mundo. Cada vez que la gente dice que se quiere ir yo les digo: te vas a morir de tristeza, ya que por muy joven que uno sea y por muchas ambiciones que se tengan, cuando uno se planta como si fuera la raíz de la ceiba, no es fácil.
Siento el orgullo de estar en una isla pequeña y sin embargo estamos llenos de vida y de cultura. Yo creo que eso es un orgullo y los que se han ido y se han quedado siempre sienten la nostalgia de este país. Para mí Cuba es un país que llevo como ustedes llevan la mochila al hombro, así llevo yo a Cuba en cualquier lado que esté. Para mí es un orgullo ser cubana, yo no pudiera ser de otro país.

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Comentarios



raul fuillerat / 16 de septiembre de 2014

Excelente entrevista, mucho más si es realizada por una persona joven. Ojalá todos pensaran en lo importante que es rescatar siempre la historia. Natalia es historia de Cuba. Felicidades Maydelis

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