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“Mi búsqueda es que mi escritura siempre se parezca al ser humano que soy”

1 de marzo de 2021

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Vuelvo al diálogo con Elaine Vilar Madruga por segunda vez. De alguna manera siento que es solo el comienzo, que me quedan aún preguntas por hacerle y que esta conversación anuncia otras temporadas sobre su ethos literario. Desde mi posición de lectora puedo afirmar los aciertos de su narrativa para mostrar un espejo de la realidad o asegurar aventuras excitantes desde la ciencia ficción, con la promesa de emprender caminos exquisitos y rigurosos por la palabra escrita y sus múltiples posibilidades de hacernos cambiar.

Como intelectual, Vilar Madruga maduró temprano. Tal vez sea por no ponerle pausas a la creación de conflictos e historias de vida, además de su incuestionable talento. El tiempo es oro para ella y sus personajes le exigen materializarse en proyectos literarios, dejar de ser una voz inconsciente y ver la luz en guiones de teatro, novelas y otras publicaciones. La también poeta y dramaturga sabe bien, a sus 31 años de edad, la necesidad del ejercicio continuo y afanoso de la literatura para lograr el éxito.

 

 

¿Qué te inspiró a escribir una historia como Soledad, obra ganadora del Premio Silvestre de Balboa de la ciudad de Camagüey?

 

Soledad es una obra que cuestiona los límites personales de la palabra “libertad”. Libertad es una de mis palabras favoritas. La uso con cuidado. Me gusta hablar de ella. Me interesa cuestionarla. Me interesa la gente que se cree (o se sabe) libre. Cuando escribí Soledad pensaba también en las relaciones entre madre e hija, entre dos mujeres unidas solo por el peso de la genética, unidas solo por lo fortuito (música incidental) que representa el vínculo del ADN. Quería que esa relación fuera lijosa, que doliera. No sé, creo yo, cuando quieres a una persona, duele. Y la libertad también es dolorosa. ¿Y qué me dices de la falta de libertad…? Ahora que lo pienso, Soledad habla del dolor de ser y del dolor que existe cuando, paulatinamente, nos difuminamos o nos transformamos en algo más. Es una obra para ser leída por hijas y por madres.

 

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¿La relación entre madre e hija, ante conflictos y pérdidas es un tema que te motiva con frecuencia?

 

Sí, por supuesto. Yo diría que me preocupan las relaciones familiares en sus múltiples combinaciones de posibilidades. Es un espectro terrible. Y muy hermoso (como todo lo terrible). Nuestra tradición cultural, nuestra estructura familiar como país ha apostado por un vínculo —inseparable, la mayor parte de las veces— entre varias generaciones. En ocasiones ese vínculo es tóxico, otras salvador, a veces es mixto —agrio y dulce a la vez—; porque en la vida y en el arte no existen colores puros, todo se encuentra proporcionado, licuado y mezclado.

Por ejemplo, te mencionaba con anterioridad la palabra generación. La mía, mi generación, tiene una marca particular: transitar por la infancia en una época de caos económico, y en la adultez por un tiempo de caos epidemiológico. Hemos vivido, además, no pocos caos intermedios de diverso tipo. Es una generación aderezada por las despedidas, por los desmoronamientos y las fragmentaciones. Muchas de estas fragmentaciones están relacionadas con la familia. Creo que mi generación siente añoranza por los amigos, por el hogar, por el país, por el mundo. Es una generación heroica y muy solitaria. De mí, de ellos, de todas esas personas, de todas esas familias, me interesa y me motiva escribir.

 

 

¿Cuánto ha fortalecido a tu literatura el hecho de cursar la licenciatura de arte teatral? ¿En cuales te sientes más segura a la hora de desarrollar una trama?

 

Estudiar dramaturgia me ha convertido en una autora híbrida. Veo el mundo ficcional —e incluso el real— como una obra de teatro. Y organizo esas obras de acuerdo a mi comprensión de la naturaleza humana que, como toda comprensión, es fragmentaria y limitada. Estudiar dramaturgia me ha llevado, también, a buscar la libertad en la escritura y a ver a los personajes como cuerpos en el espacio, cuerpos vivos y móviles, agitados por una fuerza externa que no depende (ni requiere) de mi presencia. Podría decirte que gracias a la dramaturgia he aprendido a observar el mundo como si fuera un gran carnaval y también como un asunto muy serio. Y este conocimiento, te cuento, se filtra más allá de mi escritura teatral. Va hacia todo. Fluye en todo. Yo soy dramaturga hasta cuando escribo poesía, o hago periodismo, o cuando doy clases de escritura creativa. Es una identidad muy raigal, muy afianzada en los huesos, en la linfa.

 

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Cada vez que construyo una trama, lo hago a través de los personajes. Ese es mi delirio. Mi gran pasión. Diseñar personajes es un ejercicio de paciencia, de meticulosidad, de lógica, de exploración, de observación. Te obliga a no guardarte nada por dentro; todo lo sacas hacia afuera, todo lo viertes, todo es susceptible de ser reciclado a través de la escritura. Me siento muy segura con el diseño de personajes. Creo que es una de mis principales herramientas como escritora. Cuando escribo, necesito que los personajes me hablen, me dicten y me contradigan. Necesito discutir con ellos sobre el destino que les espera. Y sentir, además, que friccionamos, que llegamos a pactos y que establecemos estrategias juntos. Sé que una obra está lista para ser escrita cuando los personajes se me rebelan y revelan con claridad.

 

 

¿Qué distingue a la narrativa de Elaine Vilar Madruga?

 

Mi búsqueda es que mi escritura siempre se parezca al ser humano que soy. Y que el ser humano que soy se parezca a mi escritura. De otra manera, escribir sería solo un ejercicio técnico; sin nada más adentro que un poco de herramientas narrativas y algo de buen tino. Es imposible crear sin involucrarte. Yo me siento madre de todos mis libros. Y siento que todos ellos son verdaderos.

 

 

Acerca de tu obra poética ¿de qué maneras ha evolucionado o mutado?  

 

Bueno, la poesía va mano a mano con la vida (y los años no pasan por gusto). Mi gran suerte —por la que doy gracias todos los días— es que comencé muy joven en el mundo profesional de la escritura y he tenido un tiempo sustancial para crecer, para mutar, para evolucionar: escritura junto a pensamiento. Creo que, actualmente, soy mucho más cuidadosa con la poesía. Trato de no contaminarla.

 

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Trato de otorgarle reposo. Pienso mejor mis libros. Pienso mejor la dramaturgia de mis textos. En los últimos años he apostado por la creación en soledad. Antes, como escritora, como poeta, me interesaba más estar en contacto con otros creadores, me interesaba comprenderlos, quería ser parte de algo. Ahora ya no. Supongo que he comprendido que uno solo pertenece a su propio mundo de escritura, a su propia realidad: ese es mi algo, y es el único espacio por el que un poeta debería preocuparse. Todo lo demás —las relaciones con otros autores, el networking, los encuentros, las lecturas públicas— es cartulina, andamiaje de la escena. He ganado en tiempo, y se lo dedico por completo a la creación y al pensamiento. La creación es mi país, supongo. Eso: la creación es mi país.

 

 

La ciencia ficción como género literario es recurrente en tu obra. ¿Qué te hace apostar por ese tipo de narrativa?

 

Lo primero, sin intelectualizar mucho la respuesta, es que escribo ciencia ficción (y fantasía) porque me gusta. Como lectora, como persona que consume ese tipo de arte, como crítico y, por supuesto, también como autora. Es un género que me apasiona, que siempre me ha apasionado, y además me he tomado el trabajo de leerlo, de criticarlo acérrimamente cuando así corresponde, de promocionarlo, para poder hablar con un cimiento teórico que esté basado no solo en el gusto empírico sino en la experiencia.

 

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Apuesto por la ciencia ficción, precisamente, porque considero que es un gran género y también porque la realidad que se recrea muchas veces en la ficción me parece aburrida. Y la escribo, que conste, porque la única diferenciación que existe para mí, en materia literaria, no parte de un criterio basado en el género, sino en la calidad individual del texto. Juzgar a un género por un libro es un error de principiante que muchos, muchísimos escritores y editores y críticos cometen a diario. De cualquier manera, la buena noticia es que la literatura no necesita que la defiendan. Solo es preciso escribirla. Y hacerlo bien.

 

 

En lo referente a la literatura infantil: ¿cuánto debes esforzarse para lograr un discurso idóneo y sencillo adecuado a los niños?

 

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En mi mente hay un letrero grabado en hierro que dice: “no existe un discurso idóneo, ni uno sencillo, ni uno adecuado para los niños”. Existen tantos tipos de discursos como tipos de niños hay. Cuando escribo literatura infantil me divierto mucho. Me río sola. Y de repente me pongo muy seria. Cuando lo pienso así, en base a reacciones y emociones, te puedo afirmar sin temor a dudas que mi proceso de trabajo, mi proceso de pensar y crear una obra no cambia en nada: da igual si es para un lector adulto o para un niño, o para un adolescente. No me interesan los discursos adultocentristas. ¿Qué sí me interesa? La libertad del niño. Y el ejercicio de esa libertad comienza cuando él o ella puede elegir el libro que quiere porque le gustó la portada o el título, o los primeros renglones. El niño tiene todo el derecho a demandar su libertad como lector. Creo que un escritor de literatura infantil debe partir del principio del respeto hacia aquel por quien (y para quien) escribe. Y, si no es mucho pedir, que además lo entretengan, le hagan reír y emocionarse, le ayuden a mirar el mundo desde otro ángulo, y le pongan retos.

 

 

Las crisis o la falta de inspiración, ¿cómo las manejas?

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En mi vida solo he tenido un bloqueo como escritora. Duró un par de meses, a lo sumo. Y cada día me esforcé por crear, hasta que finalmente el gatillo de la escritura se disparó de nuevo. Honestamente, soy una escritora que no cree en la inspiración sino en el trabajo. Supongo que además tengo la inmensa suerte de que las ideas no me faltan: las imágenes acuden a mi mente, los personajes nacen, la vida de la creación se impulsa a sí misma. Intento estar siempre en movimiento. En la inmovilidad no llegan las ideas. En la inmovilidad no crece nada.

 

 

¿Qué podemos esperar de Elaine Vilar Madruga en fecha cercana?

 

En abril del 2021 se publicará en Sevilla mi más reciente novela, La tiranía de las moscas, editada por Barrett y con prólogo del Premio Nacional de Narrativa en España, Cristina Morales. La tiranía de las moscas es un libro bastante atípico dentro de mi producción, es un giro en mi pensamiento narrativo y tengo mucha fe colocada en su lanzamiento. Durante casi un año he trabajado con Barrett y con Cristina Morales en un proceso hermosísimo de escritura, reescritura, de volver a las páginas y entender a mis personajes (a mis moscas) desde nuevos ángulos. Ahora que ya esas moscas están a punto de volar en busca de sus lectores, pues claro que hay emoción y nerviosismo. En esencia, la novela cuenta la historia de Casandra, Caleb y Calia, tres niños “especiales”, dentro de una sociedad y una familia que se desmoronan. Son niños que, individualmente, luchan contra las tiranías del deber filial y contra la muerte en sus múltiples disfraces. Es también la historia de las luchas entre generaciones y de la obtención del poder. De ese poder que mancha todo, y que es la antípoda de la palabra libertad. ¿Ves?, como te decía, la palabra libertad es una de mis favoritas en todo el mundo.

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Comentarios



Lisbeth Lima Hechavarría / 2 de marzo de 2021

He disfrutado leyendo la entrevista. Siempre me resulta grato conocer el "yo creador" de los escritores de mi generación. Elaine es sin dudas un referente en las letras cubanas contemporaneas. Y claro que sí, constancia es resultado, la suerte es un factor al que no se le confía nunca el éxito, ese lo da, sin dudas el trabajo sistemático.

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