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Mario Monicelli. El conocido de siempre

8 de diciembre de 2015

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Sin título

 

Basta mencionar el nombre del cineasta Mario Monicelli (1915-2010) para que esbocemos una sonrisa al recordar las peripecias de una extrovertida Mónica Vitti, cambiada en La chica con la pistola; o las travesuras emprendidas en Amigos míos por unos cincuentones decididos a sembrar el pánico. Si resulta imposible olvidar a un Marcello Mastroianni irreconocible en Compañeros como el líder de la primera huelga que ocurrió en Turín, qué decir de él transformado en un Casanova de los años 70 del siglo pasado, o a Ugo Tognazzi como un maduro obrero milanés, vértice del tragicómico triángulo amoroso de Romance popular, o en el diputado de extrema derecha en Queremos los coroneles, deliciosa sátira del fascismo. A las órdenes de Monicelli, ya Alberto Sordi, secundado por Vittorio Gassman, evidenció su versatilidad en La gran guerra, cuando después de hacerle encarnar a Un burgués pequeño, muy pequeño, lo llamó para asumir los rasgos del extravagante Marqués del Grillo, surgido de la mitología popular romana.
Mario Monicelli será objeto de un homenaje por la edición número 37 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano a través de la apertura en el Centro Cultural Cinematográfico “Fresa y chocolate”, el 5 de diciembre a las 4:30 p.m. de la exposición “Mario Monicelli y RAP, 100 años de cine”, conformada por una serie de obras pictóricas inspiradas en su filmografía, a cargo de su viuda Chiara Rapaccini (RAP). Posteriormente, el 9 de diciembre, a las 8.00 p.m. en el cine 23 y 12 se exhibirá uno de los clásicos que legara a la comedia: Queremos los coroneles (Vogliamo i colonnelli, 1973), una deliciosa sátira contra el militarismo.

 

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“Queremos los coroneles” (“Vogliamo i colonnelli”, 1973),

 

Nacido en la Toscana hace un siglo, el 16 de mayo de 1915, Monicelli pertenece a la generación cinematográfica que pasó directamente de las aulas al plató de rodaje. Su larga actividad como ayudante de dirección le permitió un dominio perfecto de los medios técnicos. Sus experiencias como dialoguista en guiones portadores de de un tratamiento sarcástico y negro de la realidad social de su país, le permitieron asimilar perfectamente el ritmo narrativo.
Los desconocidos de siempre (1958), su primer éxito, con un estilo deudor del neorrealismo, ya en declive entonces, reveló su habilidad para el sensible trazo humano de los personajes y su simpatía al “mostrar a lo vivo las llagas sociales”. Esas dotes hicieron que consideraran a Monicelli como un seguidor de Chaplin y De Sica, si bien algunos lo subvaloraron como un autor “menor” por consagrarse a la comedia. En La gran guerra (1959), León de Oro en el Festival de Venecia, se arriesgó a situar a dos antihéroes en medio de una tragedia colectiva como la primera guerra. Monicelli no escapó a la fiebre de las películas en episodios, típicas del cine italiano de esos años.

 

"La gran Guerra" (1959)

“La gran Guerra” (1959)

 

Tener la posibilidad de dirigir a tantos grandes comediantes le convirtieron en uno de los reyes de la commedia all’italiana al demostrar su habitual pericia para extraer de las situaciones el mejor partido a la hora de hacer reír. Desde aquellos áureos y añorados años sesenta, Monicelli siguió filmando hasta ser octogenario. Presente como una obsesiva recurrencia en la obra de tantos maestros como Scola, el tema de la familia aparece una y otra vez en la nutrida filmografía de Monicelli, quien reiteró en que para lograr la comunicación internacional, el cine europeo debía realizar filmes locales, reconocibles.

 

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“Sin que exista una razón precisa, el cine cómico es considerado como un género inferior. Si un director logra que le premien un filme cómico en un festival, puede considerarse dichoso –declaró–. Se miran siempre las comedias con ojos lejanos, paternalistas. Por esto, realizar un filme cómico requiere más atención y reflexión. Es un hecho que no logro comprender: ¿no se dice que un hombre es un idiota cuando no sabe reír?”. A su juicio, ese género al que aportó no pocos clásicos, ejerció una gran influencia en los hábitos y las costumbres de su país, donde permitió “la democratización de los italianos al continuar burlándose y poniendo en ridículo nuestros defectos nacionales”.
Este homenaje que rinde el Festival de La Habana a Mario Monicelli en el centenario de su nacimiento, rememora no pocos momentos de euforia y carcajadas. Recibámoslo como un amigo nuestro, conocido desde siempre.

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