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Lo primero, la gratitud

20 de febrero de 2019

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Foto: Néstor Martí

 

Querido Presidente;
Querido Don Esteban;
Querido ministro Bruno;
Querido ministro Saborido;
Tan querido Abel;
Queridos ministros y autoridades de nuestro país;
Tan querida Isabel;
Queridos alumnos del Instituto Superior de Relaciones Internacionales Raúl Roa García;
Queridos miembros del claustro y alumnos del Colegio Universitario San Gerónimo;
Distinguidas y distinguidos señores y señoras embajadoras;
Tan queridos amigos todos:
Al escuchar tales palabras –y no es que sea inhabitual la sinceridad con que han de agradecerse tales cosas–, siente uno ese rubor y esa escharcha húmeda que cae sobre nuestras cabezas, cuando ya el tiempo y la vida misma lo hizo, cubriendo de blanco lo que ayer fue negro y crespo, para hacerlo más lacio, difícil todos los días de ver ante el espejo.
Pasaron los años dorados, ricos en esa voluntad que permitía andar, como dice Abel, por las calles, con infinita pasión, poniendo siempre en cada cosa y en cada detalle el sincero empeño que ha de colocarse en lo que uno ama.
Por eso, al tener de las manos de la embajadora y Rectora Magnífica del Instituto el título y las blancas rosas martianas, he querido, con sincera y verdadera humildad, colocarlas al pie de la gloriosa bandera de Cuba, como símbolo de gratitud a nuestra madre amantísima, a la que todo debemos, y considerar y decir ante ella que me excuse por todos los errores y extravíos a lo largo de una vida que se hace ya larga, pero que ha sido en búsqueda del conocimiento y en vocación de servicio a ella.
En busca del conocimiento porque fue la Revolución, el más trascendental y glorioso evento de la cultura, la que abrió todas las puertas a aquella generación mía, precedida por otras. Y fue precisamente ella la que clamó por cada uno de nosotros, jóvenes iletrados muchos, de una formación trunca por la necesidad de buscar y hallar el pan en la labor siempre digna, pero muchas veces penosa y difícil, que sin embargo se convirtió en experiencia, para ingresar luego en lo que alguien ha llamado el torbellino, el torrente.
En ese torrente, que nos llevó en su cresta, como a los jóvenes de otro tiempo, para tratar de hallar en nuestra propia superación la capacidad de compartir con otro lo que gratuita y generosamente se nos entregaba.
La Alfabetización, por ejemplo, en la cual compartimos y compartí, en las periferias pobres de la ciudad, el primer pan del conocimiento. En los campos, donde se libraba la dura batalla de la Revolución, en un esfuerzo épico, rompiendo los cánones, poniendo un poco de locura en la cordura, para llevar las armas de los libertadores a los campamentos donde, sudorosos y agotados, llegaban los trabajadores, unidos a los campesinos, después de enfrentarse a murallas de caña de azúcar, a murallas en las cuales, demolidas y en el suelo, parecía estar la sangre de Cuba. Y eso se repitió por muchos años: ciclones, contingencias, movilizaciones, la milicia gloriosa, que recordamos con emoción; la milicia, que me permitió contemplar días tan trascendentales como los que siguieron al estallido de La Coubre, o la proclamación del carácter socialista de la Revolución, donde todos levantaban sus armas al mismo tiempo, y en una esquina me encontré, con aquellos que estaban en los servicios médicos de los batallones.

 

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Foto: Néstor Martí

 

Quizás si el encuentro más importante fue en aquellos primeros años, cuando apenas tenía 16, con mi predecesor de ilustre memoria, el doctor Emilio Roig de Leuchsenring, y con su esposa, María Benítez Criado. Ambos me acogieron; para decir verdad, ella, que era una muralla para impedir, ya en su ancianidad y temprana y devastadora enfermedad, a aquellos intrusos o buscadores de tener quizás una palabra del maestro. Ella me introdujo con generosidad a él y, en él, al círculo magnífico de los que en ese momento formaban el coro del pensamiento historiográfico cubano: aquella maestra y aquel maestro ilustres del Instituto de la Víbora, Hortensia Pichardo y Fernando Portuondo; aquel que se enorgullecía con haber sido obrero y tabaquero, historiador y defensor de la sangre que, a torrentes, África aportó a la libertad y al sentimiento nacional cubano, nuestro querido y amado y siempre recordado José Luciano Franco; y de la mano de una amiga, poder llegar a la casa de aquel que en las Ciencias Sociales era el único cubano que había merecido el dictado de sabio. No puedo afirmar que tuve su amistad, pero pude verlo, sentado más que caído sobre aquella butaca, en una mesa cubierta de papeles, donde ya el crudo invierno de sus años le había hecho acumular tanta obra inacabada, tanta obra que soñaba hacer. Ciencia, conciencia y paciencia era su lema: Fernando Ortiz.
Pero también conocí a otros maestros e historiadores, que se reunían en torno a Roig. Allí acudí cuando apenas tenía la primera ilustración.
Me honra haber recibido, de manos del líder de la clase trabajadora, Lázaro Peña, mi carnet del sexto grado después de haberme sentado en las clases, ya adulto, no para vergüenza, sino para orgullo de mi generación, para adquirir letras. Todo lo demás se hizo en la lectura, en la búsqueda apasionada y a ciegas del conocimiento, en la necesidad de usar términos y palabras para eludir la ortografía incierta, buscar oraciones precisas para expresar el pensamiento, y teniendo además, como agravante en aquellos momentos, una formación cristiana, que suponía buscar en aquellos que como yo lo habían sido, pero habían derramado su sangre, como Sergio González (El Curita), al quien conocí cerca de aquí, cuando el monumental edificio del mercado albergaba, entre otras cosas, la imprenta en que le hallé leyendo Los miserables, de Víctor Hugo.
De todos esos grandes e importantes eventos, viene además esta historia. Y a mi madre amantísima, una mujer sencilla y grande para mí, que me acompañó durante un siglo y cuya presencia siempre, como sombra bienhechora, me acompaña.
Ahora permítanme evocar lo que aprendí luego en los libros de historia.

 

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Foto: Néstor Martí

 

Supe que el Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, al fundar la República en Armas, estaba rodeado de letrados y de combatientes que salían de las filas más humildes del pueblo, de esclavos recién liberados, de atrevidos pensadores y poetas, como aquellos que describe José Martí, reunidos en torno al Presidente y a la cúpula del gobierno, en los Poetas de la guerra, un precioso opúsculo.
De ellos supe que la necesidad del servicio exterior de Cuba era un imprescindible mandato. De ahí que, observando los principales temas de esa política exterior, acudiese en México al cubano y poeta Pedro de Santacilia para que, cerca del presidente benemérito de las Américas, Benito Juárez, representase a Cuba; acudió al notable gibareño José Morales Lemus – cuya tumba perdida y mohosa por el tiempo, en un cementerio de Brooklyn visité no hace mucho tiempo -, para llevarlo como Ministro Plenipotenciario a discutir el destino de Cuba ante la potencia norteamericana, siempre ávida de estar a la espera de que cayese al suelo, rota, la fruta madura.
O aquellos otros que, como Enrique Piñeiro, cuyo sepulcro visité en las Père-Lachaise de París, se acercó a América del Sur y llevó el mensaje de Cuba a la alianza que formaron entonces, en tiempos de tribulación, Chile, Perú y Bolivia en pro de la independencia de Cuba.
En la segunda guerra, sirvió a la patria, entre otros, el eminente hijo de Cabo Rojo, Ramón Emeterio Betances, padre de la independencia de Puerto Rico, quien murió de tristeza luego de la invasión fatídica de 1898. Con sus barbas blancas, el médico, inclinado sobre su bastón, recibía y compartía el pan, en el frío de París, con los emigrados cubanos, y envió a Cuba la primorosa bandera borinqueña, la que mandó a bordar para que el regimiento que peleaba con su nombre en Matanzas lo acompañase victorioso a un triunfo que debía ser también el de su patria.
Constituida aquella República, limitada como fue, la sirvieron sin embargo, con hidalguía, algunos libertadores y hombres prominentes: el general Enrique Loynaz del Castillo regresaría a Centroamérica; el general de brigada Carlos García Vélez, cuyo uniforme republicano con las estrellas de su condición de general ostentó como ministro plenipotenciario de Cuba; el coronel don Cosme de la Torriente, que se precipitaría sobre la carroza del rey después de un vil atentado en Madrid, cuando era persona poco grata a la reina regente; o don Mario García Kohly, que se acercó al Presidente de la República española, don Manuel Azaña, para pedirle la devolución a Cuba de los objetos patrimoniales que, unos tras otros, se conservan hoy en nuestros museos.
Todo eso lo conocí leyendo y buscando papeles.
Pero luego me tocó, cuando apenas comenzaba mi trabajo, allá por 1964 y 1965, pero más concretamente en 1967, acudir con dos amigos ya difuntos, Nilo Otero Segundo y Manolito Pérez, a ver al Canciller de la Dignidad, Raúl Roa García. También estaba Rogelio Montenegro, lo recuerdo. Los embajadores y compañeros del MINREX recuerdan esos nombres.
Me perdonarán mis amigas y amigos embajadores de la República que están presentes, porque solo mencionaré a difuntos, pues sería imposible para mí agradecer a todos y cada uno de ellos, cuyos rostros descubro en medio de este precioso teatro que lleva el nombre glorioso de José Martí.

 

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Foto: Néstor Martí

 

Hago un breve aparte para recordar el momento en que, destruido este lugar, fue restaurado, y coloqué el escudo de la República sobre el palco en que un día la ciudad rindió tributo al Generalísimo Máximo Gómez y al Ejército Libertador, en aquel memorable de febrero. El general presidente Raúl Castro nos acompañó entonces. Sucedió, en el patrocinio de la Oficina del Historiador y de mi propia persona, al difunto Comandante en Jefe, a cuya memoria dedico, como compañero, amigo y discípulo, el recuerdo agradecido por su vida y obra. Y al General de Ejército, el estatista a quien correspondió el difícil papel en momentos arduos, de llevar adelante con mano dura la suerte de Cuba; mano firme para sostener el edificio de la República en los momentos en los cuales se esperaba que, cuando cayese el ángel protector y la espada abatiera de sus manos, estaría la nación en peligro. Puede afirmarse categóricamente que nunca lo estuvo, y que su espíritu poderoso nos acompaña a toda hora, como el símbolo magnánimo de Cuba, y como un Cid Campeador que es capaz de ganar batallas aun después de muerto.
A Raúl Roa García, que me llamaba cariñosamente Loco; a Pelegrín Torras de la Luz, el arzobispo del mar; como le llamaba Roa con simpatía, quien me entregó el retrato de su ilustre tatarabuelo, don José de la Luz y Caballero; la suerte de conocer a don Manuel Bisbé Alberny, a Mario García Incháustegui, a la Dra. Olga Miranda, fiel intérprete del pensamiento del gran maestro del Derecho que fue el profesor grande de la jurisprudencia americana, el Dr. Sánchez de Bustamante y Sirvén; a Rafael Hernández en el protocolo y el ceremonial, quien me enseñó cómo comportarme y cómo debía asistir o no a una embajada, a una cena, qué debía tratar, y sobre todo me explicó una vez: recuerde, no lo olvide nunca: no se va a frivolidades a las reuniones protocolares; usted lleva una ficha de un color que ha escogido. Defiéndala. Pero cuando comienza el juego, los colores desaparecen. Sepa siempre cuál es su lugar, qué derecho tiene; y si en algún momento se dice palabra que ofenda a la República o a la esperanza de Cuba, levántese y proteste. Solamente me vi obligado a hacerlo una vez.
A Carlos Alfaro Varela, que me recibió en su casa cuando llevé la recomendación de Roa en mi primer viaje a Madrid.
Al ilustre Salvador Vilaseca Forné. Parecía un libertador, Rector del Instituto, con su bigote en punta y el sombrero borsalino en la mano, a las puertas de la calle de la embajada de Cuba en Roma, en una mañana helada, cuando llegué.
A doña Isabel Fernández, la que nos enseñaba buenas maneras, la que hacía el trabajo de educarnos en las formas necesarias para que un revolucionario no pareciera un terrorista o un cosaco con una bomba encendida en cada mano; tan elegante como el poeta y escritor que fue su esposo, el ilustre Luis Amado Blanco, a cuyo sepelio en el Vaticano, como Decano, asistieron 18 cardenales, cuando era tan pequeño el sacro colegio.
A León Primelles, que me entregó los cabellos de Bolívar, que se conservan en la Casa del Libertador.
A Ricardo Subirana y Lobo, del cual aprendí, en su conocimiento del Oriente y de Israel, las Sagradas Escrituras, las excavaciones arqueológicas, el misterio de tantas cosas.
A la ilustre embajadora Alba Griñán Peralta, que me abrió las puertas de la casa de su padre, el historiador de Maceo.
A Rodney Clemente, quien me despertó una noche en la embajada de Cuba en Londres, para hablarme de terribles acontecimientos.
A Teresita Averhoff, muerta tan tempranamente. A Carlos Maristany, cuya esposa mexicana, Julieta Martínez, aun después de fallecer él, siguió sirviendo con gran humildad a nuestra patria en la embajada de Cuba en México.
O a los embajadores de Cuba, o a los intelectuales que sirvieron en el servicio exterior, en primer lugar, a don Fernando, que honró el servicio consular; a José María Chacón y Calvo, cuya memoria escrita revela el papel de la misión de Cuba en los días angustiosos y gloriosos de la Guerra Civil española.
A Alejo Carpentier, el más ilustrado, el Príncipe de las Letras, en su paso por París.
A José Antonio Portuondo Baldor y a la encantadora Berta, a la cual cuidé hasta el fin de sus días, por gratitud a él y a ella.
A Juan Marinello Vidaurreta y a Pepilla; aquel, de voz grave, el poeta fino, el amigo de Emilio Roig.
A Fayad Jamís, el pintor que sirvió a Cuba en México.
Al maestro de nosotros, Francisco Pividal Padrón, embajador de Cuba en la hoy República Bolivariana de Venezuela.
O a Mariano Rodríguez, quien recibió el elogio de Lezama cuando estaba en la representación diplomática y cultural de Cuba en la India.
Evoco la fineza y la vasta cultura de Carlos Rafael Rodríguez; la ilustración, sensibilidad y elegancia de Alfredo Guevara, embajador en la UNESCO; el profundo conocimiento del Oriente y en particular de los países asiáticos de Armando Guerra Menchero y mi deuda de gratitud por su apoyo permanente, con Isidoro Malmierca Peoli.
A todos quiero recordarlos hoy. Y en ellos, a todos los que esta tarde iban asaltando continuamente mi memoria.
Hay tres palabras que considero fundamentales como lección y principio de filosofía: la primera, la necesidad de la gratitud. Pobre de aquellos que muerden la mano que los ayuda o los levanta.

 

Fidel Raul Diaz Canel Leal (Medium)

 

Le agradezco, Presidente, porque recientemente encontré una foto en que está usted muy joven; está Fidel con una mano puesta sobre mi hombro y debajo se ven las estrellas del General de Ejército.
He tenido el honor de servir a tres Presidentes de la República, de lo cual me alegro. Viejo soy para ello.
También quiero agradecerle a mi entrañable amigo don Esteban, por el cariño y el apoyo, porque siempre tuve su consejo, ya en La Habana, cuando como dirigente partidario nos dio lecciones de cómo enfrentar y cómo discurrir en diálogo permanente con el pueblo.
A Abel, con el que fui a hablar tantas veces al corazón de la UNEAC, allá, en aquel sillón donde tomábamos un té y hablábamos del futuro de la intelectualidad, de la UNEAC en su importancia.
A ti, Bruno, cuánto agradezco aquella noche en que caminábamos juntos por las calles de Nueva York, junto a Olguita, tratando de ir a los lugares de José Martí, y soñando con devolver a Cuba la magnífica escultura que hoy está no lejos de este sitio.
Muy particularmente a usted también, Ministro, que tanto me ha honrado y que ha sido tan generoso al firmar y aprobar esta Resolución. Y a mi entrañable Isabel.
Lo primero, la gratitud.
Lo segundo, lo que más detesto: la envidia. Es fácil elogiar y acordarse de los que ya no están, porque no pueden defenderse; pero lo verdadero, lo extraordinario, lo grande, es admirar a nuestros contemporáneos, a los historiadores, a los artistas, a los que seguramente tienen muchos más méritos que yo.

 

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Foto: Néstor Martí

 

Y lo tercero, que me parece que hago renuncia pública en este acto, la vanidad, porque nada significa, nada sirve cuando uno está a las puertas de la vida o ante el umbral de la muerte. La vanidad no sirve, no ayuda, no construye. Por tanto, ahora que me dan este título, que aprecio, y que no voy a decir que no merezco porque sería, después de esta lectura, una ofensa a la inteligencia de la Rectora, del Colegio Universitario y del propio Ministro; lo merezco en la sencillez de mi oficio. Y es verdad que recibí a embajadores, como dice Abel, delegaciones, reyes, presidentes, héroes de la lucha emancipadora, conspiradores que pasaban por Cuba con el ansia de la independencia de sus pueblos. Es verdad todo ello, pero todo lo hice siguiendo esa vocación del caminante que nunca termina, y sobre todo creyendo que toda gloria y todo mérito lo merece, como dije al principio, Cuba, nuestra madre amantísima.
Desciendan sobre mí en este día ¡oh, Madre! los colores que te hicieron gloriosa. Y colócame en la frente, para no perecer con la vida, tu estrella solitaria.
Y como ha dicho mi amiga y admirada Fina García Marruz: “¡Cuando me olviden los hombres, me recordarán las piedras!”

Muchas gracias.
(APLAUSOS)

 

Lea las Palabras de elogio de Abel Prieto Jiménez, director de la Oficina del Programa Martiano, a Eusebio Leal por la entrega del título de Doctor Honoris Causa en Relaciones Internacionales

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