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Leal y la necesidad de prever el azar

20 de septiembre de 2022

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homenaje 30 y mas miguel hernandez dir casa mexico (Medium)

Foto: Alexis Rodríguez

 

Pudiera decirse que el discipulado que instituyó Leal es una de las grandes obras del Historiador: formar a otros historiadores, a otros especialistas, a otras personas humanistas comprometidas con el patrimonio y la historia desde una ética muy precisa. En Ciudad Viva hemos entrevistado a varios de sus colaboradores – discípulos, quienes desde su visión afectuosa y cercana nos descubren algunas de las claves del Historiador como líder y maestro.

Miguel Hernández, Director fundador de la Casa del Benemérito de las Américas Benito Juárez, conocida por todos como Casa de México, es uno de esos jóvenes graduados de Historia, que llegó al Centro Histórico a finales de los 80’, justo cuando la Oficina se formaba con ese carácter tan amplio que tiene hoy.  

 

¿Cómo llegas a Leal y a la Oficina del Historiador?

 

Todavía hoy que conversamos de Eusebio, y no me acostumbro a la idea de que no está entre nosotros. En 1987 fuimos convocados un grupo de estudiantes graduados de Historia, y que habíamos sido ubicados en la ciudad de La Habana, a que nos reuniéramos en el Museo de la Ciudad. El Historiador Eusebio Leal quería tener una reunión con nosotros, explicarnos el proyecto, los sueños de futuro que quería para nuestra profesión y para la ciudad. Quería darnos empleo. Nos reunimos un nutrido grupo, éramos entre 20 y 30 los que nos habíamos graduado de Historia en diferentes especialidades: Cuba, Historia contemporánea, Historia de América. Escuchamos lo que nos propuso a través de su colaboradora más cercana, Raida Mara Suárez; nos explicó cuál era el proyecto de la Oficina del Historiador; cuáles eran los objetivos fundamentales -el rescate del patrimonio en la ciudad- y el perfil no solo cultural y patrimonial, sino también el social que se auguraba para la Oficina.

Estuvimos encantados con la propuesta. La Oficina no era la que hoy conocemos, era una unidad presupuestada de la Dirección de Cultura de La Habana. Y Leal nos decía en aquel encuentro “no tengo ahora para darles el salario que está establecido para los graduados universitarios -que en aquella época era 198 pesos-. Con los recursos que cuento pueden ganar 148 pesos y, además, hay que hacer aquí lo que sea”.  Él nos dijo: “ustedes son historiadores, pero no van a sentarse ahora en un gabinete, no van a ir a los archivos a investigar. Aquí hay que trabajar en lo que sea, porque hay que echar para adelante la Oficina”. De eso hace 35 años.

 

¿Qué cualidad resaltarías del Historiador?

 

Yo señalaría una característica que para mí es de las fundamentales del ser humano: la cordialidad. Desde el primer momento, desde el primer día que nos recibió fue muy cordial, estuvo muy cerca siempre de nosotros. Después yo me quejaba, con el paso del tiempo, de ya no poder disfrutar de Leal. Pues, en aquella época, Leal se sentaba con nosotros, a veces más de una hora, a conversar en la Biblioteca Histórica que estaba en el Museo de la Ciudad, sobre historia de Cuba, sobre anécdotas y memorias de su vida, sobre sus aventuras, como aquella de la avioneta cuando viajaba a Panamá, y la avioneta se movía y él muriéndose de miedo, o cuando se le rompieron los zapatos en Venecia. Esa relación tan cercana, tan cordial con Eusebio es lo que yo quisiera resaltar. El ser humano, su condición humana.

 

¿Cuál ha sido el mayor reto que has enfrentado en la Oficina?

 

Uno se gradúa de la Universidad, pero realmente no sabe todavía, no tiene conocimiento. Entonces, el mayor reto fue que, siendo tan joven, con 24 o 25 años me llamara y me dijera “ve y funda”. Fundar es fácil; mantenerse prosperando, avanzar y darle un carácter nacional e internacional y darle un valor al centro, a la institución que fundaste, eso es lo difícil. No cejar en el empeño; perseverar y perseverar es también una enseñanza de Eusebio. No importan las adversidades que tengamos que enfrentar, hay que recordar lo que decía: “los arboles los planto y los vuelvo a plantar hasta que la gente respete y el jardín florezca y se haga un bello arbusto”. Perseverar para mí en una institución tan importante para la historia y las relaciones de Cuba y México.

Yo recuerdo, incluso, cuando la presentación del libro de la Casa de México por sus 20 años -y ya va a cumplir 35 próximamente-, decía Eusebio “yo sé que Miguelito [siempre me decía Miguelito] ha vivido aquí los momentos más felices de su vida, pero también los más tristes y terribles de su vida”.

 

¿Qué anécdota recuerdas como la trascendente junto al Historiador?

 

Eusebio siempre nos decía que había que prever el azar. Muchas veces uno no se explicaba, si es azar, cómo preverlo. Bueno, él decía “ustedes tienen que prever el azar. Cada vez que organicen un acto cultural [así llamaba él a los eventos que realizábamos: acto cultural], tienen que prever el azar”.

A inicios de los años 90 se hizo un evento muy importante en la Casa de México. Era la inauguración de un grupo de exposiciones que el Estado de Veracruz, muy cercano a La Habana y a Cuba por sus relaciones, donó a la Casa de México. Venían trajes tradicionales, etc., etc. Y en el acto de inauguración, cantamos el Himno Nacional de Cuba, eran todavía los tiempos de la cinta, no los de la memoria flash, y entonces, comienza el Himno Nacional de México, y la cinta se enreda y se creó un silencio que fueron milésimas de segundo. Y Eusebio comenzó a cantar el Himno Nacional de México a viva voz. “Mexicanos al grito de guerra”, empezó Eusebio. Los mexicanos que estaban presentes y las personalidades comenzaron a cantar el Himno de México y tuvimos, además, la suerte tremenda de que venía en la delegación de Veracruz alguien, que debe haber sido cantante porque tenía la voz de tenor, y que acompañó también el Himno Nacional de México. Y quedó bellísimo e impactante que todos los asistentes, al menos los que conocían la letra del Himno, cantaran el himno.

Ahí aprendí la necesidad de prever el azar.

 

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¿Qué habría que hacer por nuestra ciudad para honrar al Historiador?

 

No podemos renunciar a la belleza.  Un concepto que siempre defendía. Tenemos que tener la cultura del detalle. “Nadie da lo que no tiene”, decía Eusebio. Nosotros que estamos en esta labor, y las generaciones que la continúan, tienen que, primero, estudiar mucho. Formarse profundamente en el conocimiento de lo que hacen y después exigirse que cada acción que realicen sea una acción que aspire a la excelencia, como quería Eusebio, y que no olvide que es importante para el hombre la belleza. El arte, la cultura y la historia se pueden transmitir, rescatar y permanecer en el tiempo si hay también belleza. Entonces eso es lo que necesita también esta ciudad: que la ciudad viva, pero no viva por vivir. Viva en el entorno de la belleza, de la excelencia, del detalle. Y de la belleza de lo físico y de lo espiritual, sobre todo de lo espiritual.

 

De la belleza de lo físico y de lo espiritual. De lo físico como ciudad y de lo espiritual por los valores que encierra.

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