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La paz, la luz y la pureza de Haydée Arteaga Rojas

25 de mayo de 2020

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Haydée-Arteaga

 

Salvar la memoria histórica de la nación cubana se ha convertido, en el convulso mundo contemporáneo, en una urgente e insoslayable exigencia. No es un secreto, por ello, que solo si se conoce el pasado, resultará posible entender el presente y –aún lo más trascendente– prever el futuro.

Para lograr tan noble empeño, indudablemente, es imprescindible rescatar, salvaguardar, atesorar, la memoria de esos hombres y mujeres que, con sus acciones y sus sueños, quizás sin siquiera imaginarlo, han contribuido a escribir la historia de la isla.

El libro que tendrán ahora ocasión de leer, se inscribe en tan hermoso propósito. Porque, a través de sus páginas, se conocerá de la vida y la obra de una centenaria mujer que se propuso –y logró– despertar y enriquecer la espiritualidad de varias generaciones de niños y jóvenes nacidos en la mayor de Las Antillas.

Aquí están, por ello, las realidades y las esperanzas, las angustias y las ansiedades, los esfuerzos y las recompensas, las alegrías y las tristezas, de Haydée Arteaga Rojas, alguien que, con su tesón y su entrega, ha demostrado que el arte y la cultura podían transformar la propia existencia humana.

 

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Quien se aventure en la lectura de este libro, descubrirá así, en la voz de su protagonista, de su nacimiento el 29 de abril de 1915, en Sagua la Grande –la tierra de otros grandes de la cultura insular, como el pintor Wifredo Lam, el escritor Jorge Mañach y el cantante Antonio Machín–, ciudad donde solo viviría cinco años, para luego radicarse en la capital.

Sabrá, también, de cómo la familia –en especial, la abuela Teresita– influyó, de manera decisiva, en ese interés que, desde pequeña, manifestó Haydée por contar cuentos, por recrear esas historias que, con el paso del tiempo, la convertirían en La Señora de los Cuentos, figura de obligada referencia dentro de la narración oral cubana y latinoamericana-

Relata Haydée, igualmente, el motivo que, en el lejano año de 1935, sin apoyo oficial, solo acompañada de su amor y respeto hacia los pequeños y de su afán de abrirles nuevos horizontes, la llevó a crear las Charlas Culturales Infantiles, ese proyecto casi inimaginable para la época.

Un proyecto que, a lo largo de varias décadas, mediante la integración de las artes, permitió disfrutar de las diversas manifestaciones de la cultura a a las niñas y los niños que lo integraron, algunos convertidos, en el futuro, en prestigioso artistas.

 

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Como en un hilvanar de dispersos recuerdos, Haydée rememora no solo pasajes de su vida íntima –la fecunda relación con su esposo Raúl, el nacimiento de su hija Xiomara, la llegada de los nietos y los biznietos–, sino también su vida laboral y social, en un entorno signado por la discriminación de raza y de sexo prevaleciente en Cuba hasta finales de los años cincuenta.

Especial interés despiertan sus remembranzas sobre la exclusiva tienda habanera El Encanto. Allí laboró por varias décadas, allí conoció al legendario comandante Camilo Cienfuegos y allí compartió con Fe del Valle, su compañera de trabajo, víctima del vil sabotaje que destruyó el inmueble.

De mayor interés resulta aún oírle contar cómo la victoria popular de enero de 1959 le daba –al igual que a millones de cubanos– un sustancial giro a su vida, que entonces lograría consagrarse a la labor cultural que, hasta esa fecha, solo le fue posible desarrollar como complemento de otras labores.

Cuenta de esos años dedicados al trabajo cultural con los pequeños a través de los sindicatos, de su actividad como asesora literaria del naciente Movimiento de Aficionados, de su desempeño al frente de la Escuela de Narración Oral de Cuba, de sus experiencias creadoras en emisoras radiales, de sus primeros viajes a otras latitudes del mundo.

Imposible imaginar la diversidad y creatividad desplegadas por Haydée en esa etapa fundacional de la década de los sesenta, enriquecida pocos años después cuando conoció a dos hombres que, como ella misma relata en este libro, mucho influyeron en su vida futura.

Primero, como confiesa, conocer a Francisco Garzón Céspedes, en la Peña de Los Juglares del Parque Lenin, lo que le posibilitó que ambos pudieran ampliar el oficio del narrador oral y así poder escribir una nueva página de la historia de la cultura cubana.

Fue, precisamente, el creador del Movimiento de Narración Oral Escénica quien le presentó a Eusebio Leal Spengler, el Historiador de la Ciudad de La Habana, con quien comenzaría a colaborar en nobles y fecundos proyectos del Centro Histórico capitalino.

No es extraño, por ello, que en esta historia de vida, Haydée dedique un capitulo a su experiencia en la zona más antigua de la capital cubana, donde llegaría a fundar dos proyectos: Haydée y los niños, en los años ochenta, y Haydée y sus invitados, a inicios del actual siglo.

 

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En este recorrido por la memoria, la protagonista no olvida sus actuaciones en escenarios de Madrid, Barquisimeto, Ciudad México; los libros que ha publicado con sus historias; las distinciones y reconocimientos recibidos por sus incuestionables aportes a la cultura de la nación cubana.

Esos aportes son exaltados, precisamente, por varios testimoniantes, quienes se unen en estas páginas para comentar, indagar, reconocer, la huella que Haydée ha dejado –y aún deja– en la historia de la cultura cubana de las últimas ocho décadas.

«El alma humana –escribía, en 1888, el Héroe Nacional José Martí– es como una caja de colores que, al sol de la gloria, resplandece». Aseguraba también el más universal de los cubanos que «el alma humana es paz, luz y pureza» y sentenciaba: «!Qué sanos libros, esos que escribe el alma!».

La paz, la luz y la pureza de Haydée Arteaga Rojas resplandecen en estas páginas, nacidas al sol de la gloria. Paginas hermosas, testimonio vivo de una larga y fecunda existencia, guiada por el amor y la entrega. Páginas, quién puede dudarlo, escritas desde –y hacia– el alma.

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