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Jubileo por Ingrid Bergman (II)

6 de agosto de 2015

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anastasiaMientras la actriz sueca Ingrid Bergman protagonizaba en Francia un montaje de la obra “Té y simpatía”, de Robert Anderson, recibió una nueva propuesta en Hollywood. Pero para firmar el contrato destinado a “Anastasia” (1956), que dirigiría Anatole Litvak, puso como condición que se rodara en Europa y no en los estudios y locaciones del Hollywood que la condenó. Su caracterización de la hija del último zar de Rusia, perturbada en sus facultades mentales, la hizo acreedora a su segundo Oscar y al premio de la Asociación de Críticos de Nueva York. Los mismos que antes la excomulgaron, la aplaudieron a rabiar. Un senador llegó a declarar con hipocresía: “Miss Bergman es una de las mujeres más adorables, graciosas y talentosas del mundo. Yo sé que a través del país millones de norteamericanos querrían unirse a mi opinión expresando su desacuerdo por la persecución personal y profesional que causó su retirada del país en la cima de su carrera”. Era una suerte de venganza, un desquite largamente anhelado. Con satisfacción, la gran Bergman de nuevo conseguía poner a sus pies a los impugnadores de ayer. No obstante, decidió firmemente que solo aceptaría contratos de productores estadounidenses si los filmes eran realizados en países europeos.
Bajo estas condiciones rodó en Londres la comedia de salón “La indiscreta” (“Indiscreet”, 1958) de Stanley Donen, en la que volvió a compartir el crédito con el galán Cary Grant (“Tuyo es mi corazón”). En “La posada de la sexta felicidad” (“The Inn of the Sixth Happiness”, 1958) de Mark Robson, incorporó con su exquisita sensibilidad y aliento el personaje real de una estoica misionera que salvó a cientos de niños en China de la barbarie nipona. Litvak volvería a trabajar con ella en “No digas adiós” (“Goodbye, again”, 1961), transposición fílmica de la novela “¿Le gusta Brahms?”, original de Françoise Sagan sobre una mujer que divide su amor entre dos hombres, uno joven (Anthony Perkins) y otro de edad madura (Yves Montand).
Desde ese año la filmografía de la Bergman no fue muy prolífica, optó más por el placer de las tablas y realizó resonantes incursiones en escenarios londinenses y parisinos, además de adaptaciones televisivas de “Otra vuelta de tuerca”, de Henry James y “Veinticuatro horas en la vida de una mujer”, según novela de Stefan Sweig. Cosechó gran éxito de público y de crítica por sus actuaciones en puestas en escena de “Un mes en el campo”, de Iván Turguéniev; “Más mansiones señoriales”, de Eugene O’Neill; “La voz humana”, de Jean Cocteau; “Hedda Gabler”, de Henrik Ibsen, y “La esposa constante”, drama de Somerset Maugham.

Fotograma de “La visita”

Fotograma de “La visita”

Laboró al lado de Anthony Quinn bajo las indicaciones del germano Bernhard Wicki en “La visita” (1963), versión fílmica de la pieza “La visita de la vieja dama”, escrita por el dramaturgo Friedrich Dürrenmatt, y en “Caminata en la lluvia de primavera” (“A Walk in the Spring Rain”, 1970) realizada por Guy Green. “Creo que resplandecía ese dentro”, expresó el actor sobre ella. La Bergman apareció en un episodio de “El Rolls Royce amarillo” (“The Yellow Rolls-Royce”, 1964), del británico Anthony Asquith y hablaría de nuevo su idioma natal, el sueco, en la adaptación del cuento “El collar”, de Guy de Maupassant, dirigido por el veterano Gustaf Molander (el mismo de “Intermezzo”), que integra el largometraje colectivo “Estimulación” (“Stimulantia”, 1967). Retornó a la comedia en “Flor de cactus” (“Cactus Flower”, 1969), de Gene Saks. Como la chispeante secretaria del dentista cascarrabias (Walter Matthau) no necesitó bailar un frenético “yeyé” para demostrar que aún permanecía fresca y espontánea, dúctil para cualquier género cinematográfico.
“Crimen en el Expreso de Oriente” (“Murder on the Orient Express”, 1970), traslación por Sidney Lumet de una novela de Agatha Christie, le permitió asumir en medio de un reparto estelarísimo el pequeño personaje de la nerviosa institutriz, con su tartamudeo, testigo del secuestro y asesinato de una niña a su cuidado. El modo en que bordó el papel le proporcionó su tercer premio Oscar, esta vez en la categoría de actriz secundaria, si bien admitió que realmente lo merecía mucho más la italiana Valentina Cortese por La noche americana, de Truffaut. Se convertía así, además de Katherine Hepburn, en la única actriz que recibiera hasta esa fecha tres estatuillas de este tipo.
Tras interpretar “Desde el archivo revuelto de Mrs. Basil” (“From the Mixed-Up Files of Mrs. Basil E. Frankweiler”, 1972), de Fielder Cook —no exhibida en Cuba—, presidió el jurado del Festival de Cannes en 1973 y actuó para Vincente Minnelli en Italia en “Nina o una cuestión de tiempo” (“A Matter of Time”, 1975), que representó el reencuentro en pantalla con Charles Boyer, tres décadas después de “La luz que agoniza” y “Arco de triunfo”.
Ingrid Bergman, que siempre quiso ser dirigida por su célebre compatriota Ingmar, cuando logró trabajar con él por primera y única vez en “Sonata de otoño” (“Autumn Sonata”, 1978), afirmó que sería su última actuación ante las cámaras, pues pensaba retirarse, amenazada por un cáncer. El connotado creador configuró un personaje a su medida: el de una madre que entre su hija y una carrera exitosa como pianista, elige esta última. Al cabo del tiempo, a lo largo de una tensa noche, los reproches acumulados estallan en un concierto de sentimientos.

Fotograma de “Sonata de otoño”

Fotograma de “Sonata de otoño”

El azar hizo que esa brillante interpretación de la Bergman, secundada espléndidamente por la noruega Liv Ullman, fuera la última de su larga y fructífera carrera en la pantalla grande. Si bien Ingmar Bergman escribió un papel para ella en el guion original de “Fanny y Alexander”, posteriormente solo personificó a la premier israelita Golda Meir en el telefilme “Golda” (1981), de Gene Corman. En horas de la noche del 29 de agosto de 1982, el día en que en compañía de su tercer esposo, el empresario teatral Lars Schmidt, celebraba sus 67 años de edad, falleció en su casa del barrio Knightsbridge, en Londres. Había librado una prolongada y penosa batalla contra la enfermedad que minó su organismo. Sería lo único que pudo vencerla, tras sobreponerse a dos intervenciones quirúrgicas.
“Aquí yace una buena actriz que hizo su trabajo hasta el último día de su vida”, expresa la lápida que, en espera del fin, ella sugirió a sus hijos que colocaran sobre su tumba. En sus memorias “Mi vida” (“My Story”, 1980), escritas con la ayuda de Alan Burgess, narró su pasión por el arte dramático, y confesó haber sido una persona afortunada y dichosa que no conoció la amargura ni la desconfianza, las cuales consideraba como lo más destructivo de las emociones humanas. “La verdadera sucesora de la Garbo es indestructible. Una diosa con voluntad de hierro, pero siempre humana. Nuestra reverencia para Ingrid Bergman”, la reseñó “Die Welt”. Ella admitió que no tenía nada de qué arrepentirse de un pasado y si alguna vez había ofendido a alguien era porque tenía que hacerlo. “La vida es lo que hacemos de ella… —Diría en una ocasión—. He tratado de aprender de cada minuto de la vida, en mi caso, ha sido una buena vida, dramática en algunos aspectos, tal y como yo quise vivirla”.
La intérprete excepcional que se negó a cambiar su nombre como premisa habitual para actuar en Hollywood, que nunca se desnudó en un set e insistió en mantener su imagen de honestidad artística que le caracterizó a lo largo de su carrera, gustaba que la llamaran actriz y no estrella. Es una de las más grandes que dejó una profunda huella en la historia del cine y esta retrospectiva y la exposición fotográfica que presenta la Cinemateca de Cuba —en colaboración con la Embajada de Suecia—, como tributo a su centenario lo evidencia, aún en los títulos que no estuvieron a su altura. “La cosa más maravillosa para mí es provocar en el espectador lo mismo la risa que el llanto. Una obra de teatro o una película puede en ocasiones cambiar la vida de las gentes”, escribió una vez, mientras que en una entrevista el 22 de junio de 1980 expresó: “Todo cuanto hice, lo hice porque quería, nadie me forzó”.

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