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Fidel Castro Ruz: “Yo nací con la Revolución”

13 de agosto de 2026

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Intervención de Magda Resik, Vicepresidenta primera de la Uneac, y Directora de Comunicación de la OHCH, sobre los diálogos de Fidel con la Cultura, en el Foro Arte Fiel que se desarrolló en el Palacio de las Convenciones en el 1er coloquio internacional “Fidel: legado y futuro.”

 

Buenas tardes:

Es imposible pensar en el inmenso legado de Fidel, al cual nos aproximamos en este coloquio, sin adentrarnos en su relación tan profunda con las artes y las letras, y su convicción de que la cultura es lo primero que hay que salvar y que sin cultura no hay libertad posible.

Es por eso que asumí como un honor y un deber de gratitud, la responsabilidad que me concedió nuestra presidenta Marta Bonet, de iniciar este foro concebido al detalle por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, fundada el 22 de agosto de 1961 por el propio líder de la Revolución. Fue nombrada por él Unión porque se entendía que todas las expresiones artísticas y estilos creativos debían hallaran lugar en su membresía.

Hoy, cuando estamos a punto de celebrar los 65 años de la organización, en fabulosa coincidencia con el centenario de Fidel, podremos aportar testimonios, vivencias y reflexiones sobre el desarrollo de la cultura cubana revolucionaria, la cual impulsó extraordinariamente.

Contaremos historias y recordaremos su persistente presencia en cualquier ámbito sociocultural del país. Quedaremos impresionados, por otra vez, con la impronta en la vida cultural del líder que por dicha tuvimos.

 

Momentos del Foro Arte Fiel que se desarrolló en el Palacio de las Convenciones en el 1er coloquio internacional "Fidel: legado y futuro."

Momentos del Foro Arte Fiel que se desarrolló en el Palacio de las Convenciones en el 1er coloquio internacional “Fidel: legado y futuro.”

 

Por supuesto que la experiencia personal es definitoria para hablar sobre la entrañable relación del Comandante en Jefe con la cultura. Los diálogos con Fidel desde la oportunidad del periodista son una huella imborrable. Siempre estaban dados por su voluntad de transmitir ideas. Y los que conservo en mi haber profesional estuvieron marcados por sus intercambios sostenidos con los creadores. Artistas, escritores, intelectuales, le vimos expresarse por muchas horas de aprendizaje mutuo, en las cuales sabía escuchar con gran interés. El líder de la Revolución manifestó muchas veces cuán útiles le resultaban los diálogos que propiciaban los consejos nacionales y congresos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

A inicios de noviembre de 1998, durante las jornadas del VI Congreso de la Unión, tuve una de esas oportunidades en los salones del Palacio de las Convenciones habanero. En el plenario se había debatido con intensidad sobre la colonización cultural y sus impactos en la vida sociocultural cubana. Estaba sentada allí, realizando la cobertura periodística, cuando con asombro le escuché referirse a una serie de artículos que venía publicando en el periódico Juventud Rebelde sobre esa temática. Uno de los que más había calado entre los lectores criticaba el nuevo rostro del famoso café El Carmelo de 23 en El Vedado, cuya identidad quedó desdibujada ante un diseño de imagen con una clara estética de lo banal globalizado.

En ese momento dijo algo así como, a mí me gustaría que Magda hablara de eso aquí… y yo me quedé casi enterrada en el asiento, tan joven y tímida entonces. Sin embargo, al salir de la sala me dijeron que el Comandante andaba buscándome. En instantes estaba frente a él, sin posibilidades de escapatoria.

 

Durante la presentación en Casa de las Américas de varios títulos del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, en agosto de 2003, se produjo la conversación que refleja la instantánea. Magda Resik aparece respondiendo a las interrogantes del líder de la Revolución cubana Fidel Castro.

 

Allí me marcó con un “quería que tú hablaras sobre estos temas” y yo para salvarme alegué que lo mío era escribir y que con todo lo que él había expresado sobre el asunto no había más que apuntar. Permaneció mirándome unos segundos que me parecieron la eternidad y como para no quedarse dado me soltó: entonces te voy a dar una entrevista. Así que tuve que perder toda la pena de golpe, prendí la grabadora y los temas se sucedieron.

Fidel sabía reír con ganas y venía de desternillarse de la risa con las ocurrencias de los caricaturistas que habían expuesto sus obras en los pasillos del Palacio de las Convenciones, inspiradas en las intervenciones del plenario. Sólo había dormido cuatro horas según nos comentó – todos los colegas se fueron sumando a la conversación -. Y confesó que un auditorio como el de los escritores y artistas “comprometidos con el futuro del país” era su “mejor anfetamina”. Así pasamos dos horas donde se refirió a muchos temas: el humor, las circunstancias del mundo, la historia cubana, sus preferencias musicales y especialmente, su visión sobre el papel de la cultura en la defensa de nuestras identidades.

La cultura, en opinión de Fidel, es uno de los mejores sustentos de la nacionalidad. Habló del caso del pueblo Borinquen: “Puerto Rico es un ejemplo admirable de la capacidad de resistencia de los sentimientos (…), el dominio político y económico de los Estados Unidos ha sido muy grande, pero no han podido con esa cultura”.

Por eso observó que había trabajado “mucho más por la cultura que por el deporte, casi tanto como por la educación. Apoyo han tenido durante todos estos años; el máximo.” Y con tono jocoso agregó: “Si no lo han hecho mejor la culpa es de ustedes, de los intelectuales y artistas. No me la pueden achacar a mí”.

“Nosotros hemos librado una batalla cultural tremenda – dijo ya en tono reflexivo. Para mí fue la batalla principal. Pero no en el campo de la escena, la música, o la danza en específico, sino en el campo de las ideas”. Enfrentando la cultura que nos habían impuesto: “…aquella falsa historia de que Estados Unidos nos había liberado, que la independencia se la debíamos a ellos; todas esas ideas antipatrióticas. Teníamos que crear una conciencia de Patria y una conciencia revolucionaria, en contra del anticomunismo, el proyanquismo y la discriminación racial.”

El asunto de la lucha contra el racismo había sido también motivo de varias intervenciones en el plenario del VI Congreso de la Uneac y de la suya, medular para interpretar esas prácticas . La escena del Parque Vidal de Santa Clara antes de 1959, donde los negros debían caminar por fuera, alejados de los blancos, regresó entonces a su memoria como un mal distante, rezagos que pudo superar la Revolución: “Nosotros nos topamos con muchos problemas, y el primero de todos era cambiar una cultura, una conciencia. Y a eso dediqué todas mis energías en los mítines, en las concentraciones, por la radio y la televisión. Construir la unidad es un trabajo político muy serio.

“Estábamos penetrados de discriminación – argumentó Fidel. Un día hablé por la televisión sobre el tema y a los tres días tuve que volver a hablar. Creó tal reacción en sectores tan amplios que me quedé asombrado. Empezaron a decir que íbamos a obligar a la gente a casarse, que íbamos a imponer la igualdad racial por la fuerza. Tuve que volver a explicar cuáles eran los conceptos de la Revolución.

“Aquí había que cambiar una cultura y la igualdad y todas esas cosas se vuelven relativas cuando está la pobreza. Hay un nivel de incultura que se hereda, más que incultura, desconocimiento. Estaba la gente que vivía en las mejores condiciones, que tenía una preparación, y los más pobres que tenían menos nivel cultural, educacional, porque sus posibilidades eran muy pocas. Eso se va heredando a través del tiempo”.

 

Momentos del Foro Arte Fiel que se desarrolló en el Palacio de las Convenciones en el 1er coloquio internacional "Fidel: legado y futuro."

Momentos del Foro Arte Fiel que se desarrolló en el Palacio de las Convenciones en el 1er coloquio internacional “Fidel: legado y futuro.”

 

Fidel nunca tuvo prejuicios raciales. De niño, cuando se escapaba de la casa de Birán donde vivía con sus padres, se iba a visitar la de los haitianos: “me regañaban bastante, no por estar allí – en mi casa no había un sentido de discriminación -, pero temían que, comiendo maíz tostado, en el barracón de los haitianos, nos íbamos a indigestar o enfermar”.

Del racismo aprendió después en el Colegio Dolores donde “había una escuela anexa para quienes no podían pagar, con algunos mulatos y negros. Pero los que nos suponíamos blancos – confesó en la entrevista – estábamos en la otra escuela grande”. En sus recorridos por Estados Unidos observó también la discriminación: “Una vez recorrí por carretera desde Nueva York a Miami – contó. Allí el racismo no es sólo contra la población negra, es contra los hispanos, los latinoamericanos. En una simple cafetería veías cómo miraban con desprecio a los latinos, aunque fueran blancos; si eran indios peor y si eran negros más todavía.”

Durante una de sus visitas a la sede de la Organización de Naciones Unidas (ONU), en septiembre de 1960, el propio Fidel fue discriminado en esa nación por razones políticas: “Cuando me botan del hotel que estaba cerca de la ONU tenía dos alternativas, una tienda de campaña en el patio de la ONU o Harlem, y arranqué para Harlem. Ellos siempre lo vieron como un gesto de amistad y treinta años después volvieron a recibirme con un acto efervescente y amistoso.”

El día anterior a nuestro diálogo, el líder de la Revolución había intercambiado largamente con los delegados al VI Congreso de la Uneac, sobre lo que denominó la “ignorancia” de su generación, cuyo aprendizaje acerca de diversos temas y la solución a ciertos problemas los realizaron sobre la marcha. Así sucedió con la discriminación racial, abolida con todo el sustento legal desde el mismo triunfo revolucionario, pero aun presente en la sociedad: “Hay toda una cultura heredada – aseguró- y los cubanos debemos hacernos un examen de conciencia. Parte de nuestra ignorancia consistía en tener la falsa ilusión de que al socializarlo todo íbamos a poner fin a ese fenómeno dependiente de la subjetividad humana”.

La entrevista avanzó hacia temas relacionados con la cultura y con sus apreciaciones personales acerca del arte y la literatura:

– ¿Cuál de las artes prefiere? – le pregunté

– La literatura – fue su respuesta inmediata. Pero me gusta bastante la música. Nosotros no tuvimos la educación artística de los jóvenes de hoy. Aprendí un poco de música después del asalto al cuartel Moncada (1953), y estando en una celda solitaria tuve la suerte de lograr introducir Juan Cristóbal de Romain Rolland; los diez tomos. De día podía leer bien porque había luz suficiente, pero de noche me quitaban la luz. Fabricaba una lámpara con unos fosforitos y aceite, pero había que tener mosquitero. Cuando se me agotaba la lámpara tenía que sacar las manos y ahí se colaban los mosquitos. Entonces venía la cacería de mosquitos. ¡Que no se sabe lo que fastidian seis mosquitos dentro de un mosquitero! No eran las condiciones ideales, pero aprendí un poco.

Desde la infancia, los libros fueron buenas compañías para Fidel. En la prisión, en la Sierra Maestra, siendo jefe de estado… algún tiempo apartaba para poder leer. Alguna vez le escuché decir que su madre, en el Birán natal, le repetía siempre aquella expresión: hijo, estudia para que no te pase como a mí y llegues a algo en la vida.

 

Fidel Castro en julio de 1964. Foto: Jack Manning/The New York Times

Fidel Castro en julio de 1964. Foto: Jack Manning/The New York Times

 

Quizás por eso, soñó para las cubanas y los cubanos una imprenta nacional y el temprano despliegue de la alfabetización con aquella hermosa idea: “Eso es lo que la Revolución hace: pone libros en manos del pueblo, no fomenta la ignorancia, porque la ignorancia la fomentaron siempre los grandes intereses. ¿Por qué? Porque pueblos ignorantes son pueblos que pueden ser fácilmente engañados, fácilmente explotados.”

Su gran amigo, el escritor Gabriel García Márquez, lo había descrito como “un lector voraz, amante y conocedor muy serio de la buena literatura de todos los tiempos” y que aún en las circunstancias más difíciles tenía un libro interesante a mano para llenar cualquier vacío.

En otro momento de la entrevista le inquirí sobre la música que le gustaba más y manifestó que “la clásica. La transmitían por una estación de esa época… ¿Cómo se llamaba? – me dijo.

Le respondí rápido: No sé, Comandante, porque cuando aquello yo no había nacido. Y él, como si me estuviera tomando el pelo me dijo: “Yo tampoco.” Hizo una pausa y argumentó lo que antes me había parecido un absurdo: “Yo nací con la Revolución.”

Y siguió hablando del tema de la cultura: “En aquella época escuchaba boleros y algunas canciones… siempre tuve un oído pésimo. Fue mi desgracia. Una vez me pusieron en un coro, cuando estaba en tercer grado y tenía que cantar una partecita. Creía que estaba cumpliendo mi parte en el coro. Y el que lo dirigía me pone a cantar solo… yo nada más que debía decir una frase, y estaba tan desafinado que me sacaron del coro en vez de enseñarme a entonar.

Del cine de la época juvenil le atraían especialmente las películas de Charles Chaplin y dijo que casi todas le gustaban. Pero “de las cómicas” las que prefería eran las de Cantinflas, como se dio a conocer en el mundo del arte el mexicano Mario Moreno: “me reía cantidad con los disparates que hacía”, describió; es de. los más cómicos que he visto nunca. Claro, que el talento de Chaplin es casi insuperable.”

Fidel me atestiguó que entonces leía más que antes, pero las lecturas por placer debió transferirlas a temas muy relacionados con su condición de jefe de estado. Sin embargo, previó para todos los nacidos en esta tierra el acceso universal a la cultura: “En Cuba tuvimos que crear una cultura nueva – explicó, empezando por la cultura política que no fuera la de la explotación del hombre por el hombre, la del dominio imperialista. El macarthysmo estaba muy arraigado en la mentalidad de mucha gente y la Revolución no es solo crear leyes, es crear una cultura nueva.”

El líder cubano conocía muy bien, desde la década del 50 del siglo pasado, cuando estaba inmerso en el movimiento insurreccional, la compleja situación que se vivía en Estados Unidos, por la cual creadores, académicos, hombres de pensamiento humanista como el propio Chaplin, Orson Welles o Albert Einstein. vivieron una de esas etapas oscuras en términos de libertades civiles que se acuñó como macartismo, debido a la intensa persecución desatada por el senador Joseph McCarthy satanizando cualquier idea progresista y de izquierda. Nada más parecido a la realidad de hoy.

Y Fidel tenía bien claro, como expresó en la entrevista, que defender la cultura era una prioridad para cualquier proceso revolucionario: “Si quieres hacer Revolución – insistió -, cambiar un orden económico y social existente, un orden de explotación por un orden de igualdad, de justicia, tienes que empezar por cambiar la vieja cultura de aquella sociedad en muchísimos aspectos. No quiere decir que haya que cambiar la cultura musical, pero la histórica, la política, la filosófica… hay que cambiarla, si no, no se puede hacer Revolución.”

 

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Incluso, ese día confesó su convicción de que “si no es socialista, no es cultura”, y aclaró; “no se trata de que no pueda haber cultura en el capitalismo. Los mejores intelectuales fueron los de izquierda en este siglo. Hay gente como José Saramago (Premio Nobel de Literatura), comunista, portugués, uno de los más grandes escritores contemporáneos, que vive en un país capitalista.” Y enfatizó: “En nuestro país colonial y neocolonial, también se producía cultura”, pero sin dudas para Fidel la socialización y el acceso universal a ella, eran derroteros inevitables en nuestro contexto.

Mucho defendió que el desempeño político debía estar unido a un profundo conocimiento de la cultura que nos identifica y representa y dijo: “Desde luego, los políticos tienen que trabajar por la cultura, la educación, tienen que ser pedagogos, no es cuestión de seguir la corriente porque si vas a decirle a la gente sólo lo que les gusta, te conviertes en un demagogo, y mucho menos eres un revolucionario. Y el mundo está lleno de gente que le dice al público lo que quiere oír.”

Después de escucharle esa sentencia, me quedó claro que en su percepción tantas veces reiterada, de colocar a la cultura en el centro de los procesos de desarrollo y resistencia nacional, influyó sin dudas el profundo conocimiento que tuvo del pensamiento de nuestro José Martí, tan connotado artista como político. La expresión fidelista “la cultura es lo primero que hay que salvar”, muestra una apropiación natural de aquella perspectiva martiana: “el patriotismo es, de cuantas se conocen hasta hoy, la levadura mejor de todas las virtudes humanas.”

Así creció en mi generación la cultura patria, esa asociación necesaria entre el conocimiento acumulado, los rasgos que nos definen como país, los valores patrimoniales atesorados, la historia de probados sacrificios por lograr la independencia.

“Todos los cubanos deben sentirse responsables de la cultura patria”- prosiguió Fidel. No es sólo responsabilidad de la Uneac, del Ministerio de Cultura… “sino de todos en el país. El Partido tiene que hacer cultura e inculcar ideas, incluso, explicar fenómenos como la globalización, es hacer cultura.” Luego afirmó algo de una vigencia abrumadora y cito: “Hay gente que se considera culta y permanece ignorante de lo que está pasando en estos momentos en el mundo.”

Fidel asociaba el fin del milenio con la era de la globalización de la desinformación y la mentira. La conversación derivó entonces hacia el ejemplo de una película hollywoodense de 1996 que había sido muy promovida con claros propósitos: Evita, encarnada por la estrella del pop Madonna con aires vulgares, ambiciosos e inmorales, movida por un populismo desenfrenado. Estaban bien claras para él las estrategias de quienes trabajan por homogeneizar la cultura desde las transnacionales de la comunicación y la producción audiovisual. Y elogió acto seguido la versión argentina, el filme Eva Perón, también de 1996, que consideraba la verdadera historia: “Evita era genuinamente popular – comentó -, interesada en la gente. Se consagró a los demás y tuvo una muerte muy dura, muy sufrida. Ella sí que no tenía nada de aristócrata ni mucho menos, pero humilló a los oligarcas y no les quitó el poder.”

De ingenuidades no quería pecar Fidel. Se nos trata de reescribir nuestra propia historia, minimizarla e incluso, borrarla. El arte y la literatura se transforman de ese modo en lo que nombró “instrumento comercial. El capitalismo – apuntó -, es enemigo de las culturas nacionales y portador de la cultura del egoísmo, la explotación, el saqueo, la comercialización y el mercantilismo. Es un orden enemigo, por definición, de la cultura.”

Dos años después de esta entrevista, participé para dar cobertura en mi condición de periodista de Juventud Rebelde, en un encuentro del líder cubano con personalidades que asistieron a la vigésima edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano en La Habana. Su pasión por el cine era sabida. Desde 1959 apoyó la fundación del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos y en 1985 animó la creación de la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, con el fin de desarrollar un cine nuestroamericano, con discursos dramatúrgicos y visualidades autóctonas.

Sus reflexiones sobre el tema de la resistencia cultural crecían ante la ola globalizadora imperial. “Llama la atención – dijo Fidel – que países con poder y riqueza están totalmente dominados.” Y anunció lo que vivimos hoy con esa capacidad que tenía de viajar al futuro: “existen elementos visibles que conducen matemáticamente a una gran crisis global que se puede frenar un poco, posponer, dilatar, pero que es absolutamente insostenible. Ojalá que no sea a través de las grandes crisis que surjan los remedios.”

 

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“Lo que está en juego en este momento – continuó -, no son ideologías ni sistemas, está en juego la supervivencia del hombre. Y no es mucho el tiempo que queda a favor, pues se trata de despertar conciencias. El deber de luchar por la identidad en cualquier circunstancia es irrenunciable, el deber de no quedarnos desarmados.” Con estas ideas se refería a otras armas más poderosas, y ante un auditorio de escritores y artistas había que levantarlas, por lo que expresó: “estamos muy escasos de dinero, pero, aunque no se cotizan en el mercado, tenemos un depósito de ideas.”

En la vida y la obra revolucionaria de Fidel esa perspectiva de ponderar el conocimiento por encima de cualquier otro bien fue una constante. Cuando se presentaba ante un auditorio de creadores como los de encuentros, consejos y congresos de la UNEAC, donde era asiduo copartícipe, en una suerte de ritornelo volvía la idea de que la Revolución sólo podía ser hija de la cultura y las ideas. Su historia personal lo llevó también por ese camino de ponderar el desarrollo de un pensamiento poderoso que provea al ser humano de los sedimentos necesarios para resistir desde la convicción profunda.

Fidel también animó con creces el fomento de las editoriales y la publicación de libros de todas las materias; fundó la imprenta nacional y el Instituto Cubano del Libro. Siempre participaba en los eventos internacionales dedicados al libro. En 1998, durante la Octava Feria, al dialogar con periodistas y escritores volvió a dar fe de sus dotes de conversador. Pero sobre todo mostró cómo una buena lectura, hecha a conciencia, puede revelarnos las más insospechadas relaciones entre los sucesos del pasado y el futuro.

Dos libros, “La reconcentración 1896–1897” y “El último hombre y la última peseta”, del coronel Raúl Izquierdo Canosa, referidos a los duros años de la reconcentración de los campesinos cubanos decretada por el Capitán General Valeriano Weyler, estimularon su análisis sobre la transcendencia de ese acontecimiento para el mundo de nuestros días.

«Este hecho estaba un poco así como olvidado en la historia». En aquellos campos, según Fidel, se encontraba la génesis de los sitios de exterminio utilizados por los nazis y uno de los métodos practicados más tarde por los yanquis en la guerra de Vietnam.

«No hay derecho a olvidar, es el mérito que tiene este libro» —reconoció Fidel. Y sin proponérselo nos daba otra prueba de cuánto puede aportarnos una buena lectura al protegernos de la desmemoria: evitar los errores del pasado, porque «es culpa nuestra cuando la gente ignora».

Entonces llamó la atención sobre cuán sugerente puede ser un libro, cuánto nos obliga a profundizar en un suceso y cómo a él mismo diversas lecturas sobre las guerras de independencia ―incluso la visión española―, le sirvieron para elaborar una táctica eficaz en el enfrentamiento al ejército batistiano.

Desde su experiencia, como quien intentaba trasmitir y estimular el afán de búsqueda del conocimiento, Fidel conversó casi dos horas con nosotros. Junto a mi colega Mario Jorge Muñoz dejamos escrito el valioso testimonio. Fue un diálogo intenso, donde el libro, a veces de manera evidente, a veces disimulada, era un excelente provocador. Como lo había sido por esos días para miles de cubanos, en su opinión, «porque no es un público analfabeto, es un público que quiere libros, es un público que tiene sed de libros y que en las condiciones actuales nos es difícil satisfacerlo plenamente.

«Siento dolor – confesó – de que no podamos imprimir más libros y siento la obligación, como la sienten todos los compañeros que tienen responsabilidades en nuestro país, de hacer lo que puedan, aunque sea un poquito más de libros. Hay una cantidad impresionante de lectores en nuestro país. Se interesan por obras de calidad y de las más variadas: desde libros de ficción, pueden ser libros de historia, de economía, de geografía, de ciencia…».

Sobrevino la pregunta necesaria a un buen lector: ¿cuáles son los libros que a usted le apasionan, los que prefiere?

—Hay que acordarse de la dialéctica, las distintas edades. Los de historia siempre me gustaron mucho, desde que estaba en la escuela. La Guerra Civil española… cuando empieza yo tenía diez años y me leía todos los periódicos que llegaban. No sabía distinguir muy bien entre un periódico y otro, entre izquierda y derecha, de esas cosas no sabía nada.

«Pero había unos españoles que trabajaban con mi padre que no sabían leer ni escribir y cuando yo iba de vacaciones, por ejemplo, me pedían que les leyera. Yo mismo les leía El Diario de la Marina, El País, cada uno tenía su línea (…) Todas las batallas principales de la guerra de España, a esa edad ya yo las conocía, la de Teruel, la del Ebro, el sitio de Madrid, todo aquello lo seguí. Me interesaban los libros militares, me interesaban mucho.

«Recuerdo que una vez conseguí un álbum de las guerras napoleónicas, muy bien hecho y con postalitas, eran postalitas, pero como fotos, todo aquello del puente de Artola, y de Austerlitz y todas las batallas. Pero muy tempranito, ya desde la primaria yo los conocía. Como encuentro algunos libros de historia de aquellas guerras de la humanidad, las de César, las de Aníbal, las de Alejandro… Creo que a casi todos los muchachos les interesaba de manera especial.

 

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«Estaba pasando el tiempo. Después, esa pasión por los libros de historia de las guerras nuestras, la del 68 y el 95. De la Historia de Cuba, mucho Miró Argenter, como dos veces me lo leí y tiene como 900 páginas. Era una cosa apasionante cuando los libros aquellos caían en mis manos (…) Después uno tiene su época romántica en que lee a Werther, de Goethe; la María, de Jorge Isaac; la época de algunas novelitas de esas… Todo el mundo pasa por eso; ahora me gustaría releerlo a ver cómo reacciono».

Entonces se imponía la pregunta: ¿Ya no lee historias de amor?

—Sí, por ejemplo, las de García Márquez que ha escrito novelas de amor – respondió. El amor en los tiempos del cólera, por ejemplo. Nosotros somos muy amigos, y él suele mandarle el original a unos cuantos amigos, cuando ya lo tiene casi listo para imprimir. Incluso, con una gran modestia pide si hay algún detallito que no coincida.

«Y siempre uno descubre un detallito como en el libro Del amor y otros demonios, en que había un caballito que le habían regalado al hombre, tenía 11 meses, no sé cuánto y a los pocos días andaba cabalgando. Le dije: Oye, pero el caballo tiene que tener por lo menos dos años y medio (…) son detallitos y él es muy cuidadoso con los detalles.

«Me ha explicado que para que las cosas en las que él usa la fantasía tengan credibilidad es necesaria la precisión y la exactitud en todo lo demás que se escribe. Si va a hablar de insectos busca asesores, gente que le explique sobre insectos o sobre la naturaleza. No recuerdo en qué otro libro tenía unos fusiles para cazar no sé qué cosa que no se ajustaban al tipo de fusil para la cacería que estaba haciendo. Son detallitos de esos y él me manda los libros. Son libros de amor ¿no les parece a ustedes?

«Ahora, si escribe un libro como Noticia de un secuestro es una maravilla, mucho más de historia que de ficción».

—¿Y de las biografías de personalidades?, preguntamos.

—Me leí casi todas las de Stefan Zweig.

Y la otra pregunta que hicimos también era necesaria: ¿Ha pensado sobre su biografía?

Y admitió que nunca se había puesto a pensar en eso, y cito: “Me aterrorizo de pensarlo, cuando se me ocurre pensarlo. Cuando veo muchos testimonios, que es el punto de vista de cada uno, me horrorizo. Me gustaría realmente poder escribir alguna vez algunas cosas de las que viví; algunos pensamientos cómo se originaron, cuáles eran determinadas concepciones del Moncada, antes del Moncada y hasta incluso críticas.

¿Sería ese es el libro que le gustaría escribir?

—Bueno, afirmó, es el que mejor podría escribir porque de otros temas no sé tanto como de mí mismo. Aunque quizás nadie se conoce siquiera suficientemente bien a sí mismo. Un libro con las experiencias que he vivido, prerrevolucionarias y de la época revolucionaria: antes de la guerra, en la guerra… todas las ideas, cómo evolucionaron, todas las concepciones, y los años de Revolución.

El intercambio avanzó hacia un tema que estaba de moda por esos tiempos ante el desarrollo tecnológico que influiría posteriormente en el mundo editorial. ¿El libro se iba a morir ante tanta tecnología?

Y su respuesta fue rápida y tajante: No, yo creo que lo último que quedará será el libro. Fíjate si no se muere que todavía se leen La Ilíada y La Odisea.

¿Y la Biblia? le preguntamos

—La Biblia es posterior, ese es un libro de los primeros que tuve que leer desde primer grado… aprendí algunas cosas…

Luego hablamos sobre los autores cubanos que prefería y tuvo mucho tacto para no herir susceptibilidades. Y me pidió con complicidad: “No me pongas en líos aquí, me vas a poner ahora a pelearme. Me gustan todos. Por aquí tenía uno cuyos libros me gusta mucho leerlos: Miguelito Barnet. Y Armando Hart me acaba de regalar un libro ahora (El Aldabonazo). Me lo mandó hace 24 horas y ya me preguntó si lo había leído y le respondí: ¿Tú crees que yo no tengo ninguna otra cosa que hacer?

Por supuesto que había que conseguir otra respuesta a la pregunta que caía por su propio peso: ¿Qué tiempo tiene hoy el Comandante Fidel para leer?

—Ah, yo todo el tiempo…

—Sí, pero usted está tan ocupado…

―Yo no estoy ocupado nunca, están ocupados los demás.

Pero a pesar de la broma quienes escuchábamos sus confesiones sabíamos el dolor que sentía al «no disponer de más tiempo para leer». Hace algunos años le descubrió a Tomás Borge, en una larga entrevista, su sufrimiento al ver una buena biblioteca: «Sufro cuando reviso una lista de títulos de todas clases, y lamento no tener toda mi vida para leer y estudiar».

 

fidel y leal

 

Eusebio Leal, el Historiador de la Ciudad de La Habana, me confesó que el atractivo mayor “fue descubrir en Fidel a un hombre de la cultura, a un pensador que se prepara, estudia y nunca cree suficiente el conocimiento adquirido”. Frente a él “no se podía improvisar” y contrario a lo que algunos suponen, dada su inmensa capacidad como orador – podía hablar horas ininterrumpidamente -, en el brazo de su butaca quedó la huella del pequeño hoyuelo marcado por el golpe seco de su dedo durante las largas horas que dedicó a escuchar el testimonio de otros y a cultivarse en la sabiduría ajena.

Un hombre así sabía que una de las metas y propósitos fundamentales de la Revolución, sería desarrollar el arte y la cultura, precisamente para que el arte y la cultura llegaran a ser un patrimonio del pueblo, como lo expresó en sus conocidas Palabras a los intelectuales.

Abel Prieto, quien lo acompañó en sus designios de universalizar la cultura y despertar en nosotros, los escritores y artistas, esa vocación de servicio al pueblo consustancial con el socialismo, lo describió con maestría en su naturaleza:

 

Momentos del Foro Arte Fiel que se desarrolló en el Palacio de las Convenciones en el 1er coloquio internacional "Fidel: legado y futuro."

Momentos del Foro Arte Fiel que se desarrolló en el Palacio de las Convenciones en el 1er coloquio internacional “Fidel: legado y futuro.”

 

“La cultura no fue jamás para Fidel algo ornamental. La vio como una energía transformadora de gran trascendencia, asociada a la conducta, a la ética, a la calidad de vida, capaz de contribuir decisivamente al mejoramiento humano. Pero la vio, sobre todo, como la única vía capaz de conducirnos a la emancipación.”

Muchas gracias

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