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Bailando (no solo) con Margot

29 de agosto de 2016

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El estreno de “Bailando con Margot” (2015) en el programa “De cierta manera”, versión televisiva del que transmite Habana Radio cada jueves a las 8:00 p.m. nos provoca rememorar cómo pudo ocurrírsele a Arturo Santana —debutante en el largometraje de ficción—, incluir como uno de los detonantes argumentales de su película, la filmación por Enrique Díaz Quesada, pionero de nuestro cine, con su cámara introducida subrepticiamente el 5 de abril de 1905 en el Oriental Park de Marianao, de la amañada pelea entre el campeón Jack Johnson, de raza negra y el boxeador blanco Jesse Willard, aspirante al título, indica la seria investigación emprendida con el fin de plasmar fidedignamente en su guion la atmósfera de una época pretérita.
Desde que Manolo Alonso adquirió los derechos para trasladar a La Habana una trama policíaca situada originalmente en México para “Siete muertes a plazo fijo” (1950), uno de los títulos más depurados técnicamente del cine pre-revolucionario y Oscar Valdés, excelente documentalista, ferviente enamorado del cine negro norteamericano, intentó trasladar su aliento en “El extraño caso de Rachel K” (1973), solo Juan Padrón había aderezado con paródicos gángsters su filme de culto “¡Vampiros en La Habana!” (1985).

 

Arturo Santana en la filmación de “Bailando con Margot”

Arturo Santana en la filmación de “Bailando con Margot”

 
Para enfrentarse por primera vez a la envergadura de un largometraje de ficción, ¡situado en varias épocas para mayor complejidad!, Santana, poseedor de una amplia trayectoria como realizador de video clips y varios cortos de ficción, supo siempre que debía rodearse en esta peligrosa aventura con un equipo de realización integrado por muy experimentados y exigentes profesionales. La elección del veterano productor Santiago Llapur fue fundamental; títulos tan disímiles como “Una pelea cubana contra los demonios”, “El hombre de Maisinicú”, “El otro Francisco”, “La última cena”, “Clandestinos” y “Baraguá”, avalan su filmografía. Otro punto a favor fue sumar a un director de arte preciosista como Onelio Larralde (“Hello Hemingway”, “Adorables mentiras”, “Vidas paralelas”, “Lista de espera”…), muy valorado por su talento para recrear La Habana republicana en las coproducciones con España: “Hormigas en la boca”, de Mariano Barroso, y “Una rosa de Francia”, realizada por Manuel Gutiérrez Aragón. La tercera y muy decisiva baza fue contar con un fotógrafo de la talla de Ángel Alderete (“María Antonia”, “Reina y Rey”, “Las noches de Constantinopla”…). Los productores franceses quedaron muy impresionados con las imágenes que logró para la versión rodada en locaciones capitalinas de “Últimos días de la víctima”.
Por si fuera poco disponer de estos ingredientes imprescindibles en el cóctel genérico pretendido, con una considerable dosis de noir —no pocas de musical—, sin que falte el adobo romántico a tono con el cine mexicano y argentino de los años 40 y 50 amén de las citas cinéfilas, Arturo Santana decidió nada menos que convencer al afamado músico Rembert Egües, residente en París, a que volviera a componer con destino a una producción de su país luego del díptico vampírico de Padroncito. No le costaron demasiadas artimañas ante la perenne disposición de Egües, a quien le sedujo también la posibilidad de reencontrarse al cabo de tantos años con Llapur, el productor de su primera incursión en el cine con “Patakín (¡quiere decir fábula!)”. Si en 1982 tuvo que traducir al pentagrama las ideas de Manuel Octavio Gómez con destino a esa cinta musical a redescubrir, ahora respondió a las intenciones de Santana. Reunir colaboradores de este nivel propició que se respire la atmósfera de superproducción —como ocurrió con “Un hombre de éxito” (1986) de Humberto Solás—; en ambos filmes, la imaginación y el ingenio cubrió lo que no pudo el limitado presupuesto disponible.

 

Fotograma de “Bailando con Margot”

Fotograma de “Bailando con Margot”

 
Confiado en este equipo de sólido prestigio en la producción de “Bailando con Margot”, el realizador se arriesgó a conceder el protagonismo a un conjunto de noveles intérpretes, más conocidos por sus apariciones televisivas que en la gran pantalla. No es el único en demandar rostros frescos en las películas cubanas atiborradas de las consabidas figuras de siempre cuando existe toda una nueva generación de talentosos actores en la escena nacional que demandan ser descubiertos por una cámara.
El proyecto original de Arturo Santana tardó varios años a lo largo de los cuales derivó de un drama en torno al boxeo para devenir un argumento que no desdeñó este aspecto pero priorizó otros incidentes, en ese extenuante proceso que generalmente atraviesan nuestros cineastas hasta ver su obra en las pantallas. Aferrado a la cimbreante cintura de Margot, Arturo Santana se dejó atrapar por la cadencia de la música compuesta por Rembert Egües, mientras evocaba rasgos de sus géneros y referentes preferidos en la historia del séptimo arte. Con ello intentó, según sus propias palabras, un homenaje casi personal que pretende devolver al cine lo que una vez le proporcionó. Estoy convencido de que los televidentes lo acompañaron en esta invitación no solo al baile a la cual nos convocó el visionado de su película en la pequeña pantalla luego de su recorrido por las salas de la Isla y por algunos certámenes internacionales, como el Havana Film Festival de Nueva York en abril pasado.

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