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A propósito de un aullido en el verano

27 de julio de 2012

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7 de Octubre de 1955. Galería 6,  Fillmore Street, San Francisco. Pasan las nueve de la noche. Envueltos en una nube de bohemia y de marihuana, seis poetas leen desesperada, orgiásticamente, versos de decadente revolución literaria. El último es Allen Ginsberg, un renombrado desconocido. Se hace un silencio de humo mientras recita la primera, inolvidable línea: “He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, famélicas histéricas desnudas…” Le sigue una enumeración de hazañas de una generación perdida en el desencanto, entre las locuras del sexo y de la literatura.

 

Es “Howl” (“El aullido, la voz de una generación”, en español, 2010), el poema y la historia que inspiraron a los directores Rob Epstein y Jeffrey Friedman en la realización de la película homónima, que intenta recrear un periodo de la vida del autor y deconstruir una de las obra literaria más famosas y provocadoras de la hoy legendaria Generación  Beat.

 

Desde su título, la película sugiere que el poema y los entresijos y plurívocos escándalos  que conllevó, hasta convertirse en un símbolo de la libertad creadora de la época (finales de los 50) centrarán la trama.

 

El póster, que muestra a dos de los actores (James Franco, como Ginsberg y Aaron Tveit como su pareja, Peter Orlovsky),  el primero sonriendo, el otro meditabundo, ambos dándose la espalda lánguidamente en un diluido paisaje invernal, reafirmará el tema desarrollado por los directores durante los 84 minutos de metraje: la libertad humana en sus más variopintas gamas: de elección ante la vida, sexual, política, cultural, y sobre todo, de creación.

 

Cuatro planos estructuran el principio constructivo de la película. El principal, en tono de biopic, es una especie de  falso documental en el que Ginsberg/Franco, como narrador protagonista intradigético, responde preguntas de un periodista oculto y revela los entresijos de su vida: conflictos familiares, sexuales, poéticos, los contextos en los que escribió “Howl” y los trances subsecuentes con la moralina censurante de la época.

 

De esta línea argumental, contada desde un código proairético, la historia se hunde, en una lógica temporal no cronológica, en otros dos metarrelatos analépticos referenciales: la noche literaria de octubre de 1955 en que Ginsberg leyó, por primera vez, su poema, y un juicio en el año 1957,  donde los principales acusados, con cargos de obscenidad son… “Howl y otros poemas”, el primer libro de Ginsberg, y su editor, Lawrence Ferlinghetti. (Este eje narrativo se desplaza hacia el género criminal, particularmente al subgénero judicial.)

 

Por último, como catálisis simbólica, una serie de inconexos animados (trazos onda “Vals con Bashir” de penes y vaginas,  rascacielos y saxofones, del metro de Nueva York y la Noche estrellada, todos recreación de dibujos del propio poeta realizados por el pintor y caricaturista estadounidense Stan Webb) intentan, al ritmo jazzístico de Pull my Daisy, dar sentidos y explicaciones  al delirio de narcóticos e imaginación desenfrenada que es “Howl”.

 

Este eje narrativo, junto al segundo, desplaza la película y su narración hacia una especie de análisis literario cinematográfico: el del poema que abrió paso al movimiento de la contracultura (“…es un trabajo ejemplar de crítica literaria en película”, escribió el crítico A. O. Scott en The New York Times).

 

En cada uno de los periodos narrativos, la fotografía de Ed Lachman y la dirección artística de Thèrèse DePrez intentan recrear un tono y una atmósfera peculiares, acorde con los presupuestos dramáticos de la narración. En la historia principal, el uso de filtros  recuerda la televisión sesentera; en el juicio, los grises y colores oscuros reafirman el ambiente de opresión y censura; el uso de un brumoso blanco y negro (al estilo de “Buenas noches y buena suerte”) refuerzan el sentido poético y decadente de aquel tabernáculo beat durante la lectura; mientras, en la recreación en animados ocurre un estampido de colores, símbolo de la explosión de libertad creadora del poema.

 

Sin embargo, una vez pasado el asombro vanguardista de la primera media hora, es en esta pluralidad genérica donde la película se torna fatigosa y se pierde en una laberíntica madeja de arritmia y tedio.

 

Lo que en un principio pareció iconoclasia e irreverencia creadora en el eje sintagmático deviene molde lirista y a ratos, academicista, en el que ninguna de las historias narradas logra potenciar y resolver eficazmente su conflicto. Cada línea narrativa se torna una suerte de entidad meramente episódica, que rompen con el ritmo del conjunto y, por tanto, no consiguen articular una trama sólida ni profundizar demasiado en casi ningún aspecto.

 

Súmmum de esa ruptura resultan los animados,  que fragmentan el planteamiento estético del film y manifiestan una mal encausada explotación del código simbólico, en tanto explica el símbolo.

 

La propios intentos, a través de los distintos ejes de narrativos, de explicar el poema conducen a una contradicción ideoestética básica con uno de los presupuestos de la película: el hecho de que una obra de arte debe sentirse, no explicarse (“No se puede traducir la poesía en prosa. Por eso es poesía”, señala durante el juicio el académico Mark Schorer, interpretado por Treat Williams).

 

Y en esta superficialidad narrativa, pese a su aparente complejidad discursiva, la película no llega, incluso, ni a adentrarse en las motivaciones y caracterización de sus protagonistas, aún cuando Franco dote a su Ginsberg de una apasionante y verosímil languidez, o el abogado de Jon Hamm devenga el más rubicundo defensor de la Primera Enmienda o el fiscal Ralp McIntosh, de David Strathairn, se convierta en un símbolo de la estupidez, la estrechez de miras y la intolerancia de los Estados Unidos en la década del 50.

 

“Howl” es, no obstante, un apasionado y apasionante canto nostálgico a la generación beat, un intento de poema cinematográfico imperfecto e irreverente que, por alguna razón misteriosa, consigue emocionar profundamente y hacernos sentir deudores de aquellos poetas de boina, barba y espejuelos de pasta que buscaban e intentaban vivir el pretencioso ideal de ser libre hasta de sí mismos.

 

La película es, también desde el eje paradigmático, una marcha triunfal verdiana a la sociedad estadounidense, en la que, según los binarismos ideológicos y políticos del contexto de la trama, las ideas renovadoras estarán siempre destinadas a triunfar, aunque tropiecen por el camino con el omnipresente puritanismo de un fiscal McIntosh.

 

“Los autores de la Primera Enmienda sabían que las ideas nuevas y no convencionales perturbaban la complacencia, pero ellos prefirieron estimular una libertad que sabían necesaria para que una vigorosa ilustración triunfara sobre una vergonzosa ignorancia”, sentencia al final del proceso y de la película el juez Horn(Bob Balaban), mientras mira acuciosamente al fiscal McIntosh.

 

Este último, por cierto, se había vuelto célebre unos años antes de la primera lectura de “Howl”. Había tratado, por todos los medios, de prohibir el estreno en San Francisco de “Los Forajidos”, la célebre película de Howard Hughes. Por obscena, alegó. Por encuadrar obsesiva, descarada e ininterrumpidamente, los senos de Jane Russell.

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