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Marcos Ana: Memoria de la prisión y la vida

25 de noviembre de 2016

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Para recordar la fecunda vida y la gran lucidez de este intelectual español, con motivo de su desaparición física, les ofrecemos esta entrevista realizada por la periodista Magda Resik, el 3 de diciembre del 2008

 

Le llamaban “el preso de Franco”, porque estableció desde su entereza en prisión, el triste récord del hombre que más años estuvo en cautiverio a causa de la Guerra Civil Española. Llegó a sentirse “como un ladrillo más de la cárcel”. Resistió por más de dos décadas y cuando la solidaridad internacional lo devolvió a la libertad, decidió nacer nuevamente a la vida, a los 41 años.
Lo torturaron, le prohibieron la luz y un pedazo de cielo, intentaron sepultarlo tras los cerrojos de una celda tapiada a cal y canto, pero Marcos Ana insistió en “llenar de estrellas el corazón del hombre”.
Cuando regresó al mundo exterior, seguía siendo un comunista empedernido, que al decir de José Saramago, conocía como pocos la naturaleza de la dignidad: “la pura esencia de la libertad en su sentido más profundo.” Había dado mucho de sí por el prójimo y regresaba intacto en su vocación humanista y en sus ideales.  No hubo “sombra de arcángel vengador” en sus venas y en su casa soñada “siempre abierta, como el mar, / el sol y el aire”  se cumplía la anhelada voluntad: “que la amistad no detenga / sus pasos en mis umbrales, / ni la golondrina el vuelo, / ni el amor sus labios”.

 

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Ha llegado nuevamente a La Habana para regalarnos sus memorias de la prisión y la vida. ““Algunos podrán creer que se trata de un estudio sobre Botánica –– asegura divertido –, pero la razón de ese título es la evocación de unos versos que escribí cuando llevaba veintidós años encarcelado. Al principio, a través del sueño, salía a la libertad, a mi casa, reconocía la vida, pero llegó un momento en que las cosas más elementales iban desapareciendo y me costaba trabajo volver a la libertad. En ese instante, cuando ya me era difícil recordar las cosas más elementales, escribí este poema”:

 

La vida


Decidme cómo es un árbol.

Decidme el canto del río,
cuando se cubre de pájaros.
Habladme del mar,
habladme del olor ancho del campo,
de las estrellas, del aire.
Recitadme un horizonte
sin cerradura y sin llaves,
como la choza de un pobre.

Decidme cómo es el beso
de una mujer. Dadme el nombre
del amor, no lo recuerdo.
¿Aún las noches se perfuman
de enamorados con tiemblos
de pasión bajo la luna?

¿O sólo queda esta fosa,
la luz de una cerradura
y la canción de mis losas?

Veintidós años… Ya olvido
la dimensión de las cosas,
su color, su aroma… Escribo

a tientas: “el mar”, “el campo”…
Digo “bosque” y he perdido
la geometría del árbol.

Hablo, por hablar, de asuntos
que los años me borraron

(no puedo seguir, escucho
los pasos del funcionario)

 

¿En qué circunstancias fue tomada la foto de la portada de este libro?
Fue hecha en el penal de Ocaña donde estuve condenado a muerte. Unos meses antes de escribir el libro, cuando estaba pensando qué portada debía llevar, se me ocurrió pedir permiso a la dirección general de prisiones de España, para buscar exactamente la celda donde estuve durante 107 días, en un lugar que se llamaba el tubo de los cerrojos, porque no tenía ventanas. Se nos ocurrió que era el mejor grito que podía tener este libro y que la gente, nada más al verle, podía darse cuenta de lo que representaba lo escrito por mí en estas memorias.

 

El poeta salmantino Marcos Ana fotografiado en la cárcel de Ocaña, una en las que estuvo preso., en una imágene de 2006. Foto: Luis Magán

El poeta salmantino Marcos Ana fotografiado en la cárcel de Ocaña, una en las que estuvo preso, en una imagen de 2006. Foto: Luis Magán

 

Marcos Ana permaneció en las cárceles franquistas durante 23 años, recibió dos condenas a muerte y luego se las conmutaron a cadena perpetua. ¿A qué se debió tanta fijación y obstinación en su persona?
Cuando se produjo la Guerra Civil española,  tenía solamente 16 años de edad. Me incorporé a la lucha y era prácticamente la mascota de mi batallón. Allí estuve combatiendo hasta que a los menores de edad nos sacaron. Luego me dediqué a dirigir la Juventud Socialista Unificada, una organización que llegó a tener 700 000 militantes, resultante de la fusión de los jóvenes comunistas y los socialistas españoles.
Durante casi toda la guerra estuve dirigiendo la organización y por esas actividades políticas, al finalizar la contienda, fui detenido y condenado a muerte en dos ocasiones.
La segunda condena a muerte fue porque en la misma prisión donde estábamos organizados clandestinamente, concebimos un periódico, hecho primorosamente a mano, que se llamaba Juventud, dedicado a conmemorar el 1ro de mayo de 1943.
Una noche, los guardianes se lo cogieron al chico que lo estaba leyendo y se organizó una cadena de caída. En la cámara de seguridad los torturaban, desgraciadamente, algunos no pudieron resistir. Iban delatándose unos a otros. Tomé la decisión de hacerme cargo del periódico para cortar aquella cadena. Yo no podía demostrar que era el único haciendo aquel libro, donde empleamos diferentes letras y dibujos. Fue la primera vez que me torturaron, y volví a la cárcel prácticamente destrozado, me tenían que dar de comer los compañeros, porque no alcanzaba con mi mano a la boca. Pero volví con el orgullo de no haber entregado a nadie más y de haber salvado aquella situación.

 

Marcos Ana (segundo por la derecha y arriba), seudónimo de Fernando Macarro Castillo (1921), que participó en la Guerra Civil desde el bando republicano. Fotografiado en la prisión de Burgos, en 1950, en un día de visita de familiares.

Marcos Ana (segundo por la derecha y arriba) fotografiado en la prisión de Burgos, en 1950, en un día de visita de familiares

 

Cuando estás en medio de la tortura, que es una situación salvaje, uno de los recursos que te salvan y que a mí me salvó, es la imaginación. Imaginaba las dos maneras que podía tener de volver a la cárcel. Si delataba a los compañeros, sería recibido como un traidor y me la iba a pasar como un muñeco sin resortes en un rincón del patio, sin poder mirar a los ojos de mis camaradas. Si era capaz de resistir a las torturas y no delatar a nadie, iba a recibir el abrazo de mis compañeros y a volver con orgullo a la prisión.
Gracias a la imaginación, que es muy importante en esos trances, pues conseguí soportar la tortura y mantener la vida que correspondía a un comunista como yo.

 

Su nombre no es Marcos Ana.
Cuando comencé a escribir estando en la cárcel,  primero firmaba con el nombre de una celda donde estuve: 62, pero cuando mis poemas comenzaron a publicarse, me di cuenta que necesitaba un seudónimo mucho más sólido y, entonces, asumí este como un homenaje a mis padres que se llamaban Marcos y Ana.
A mi padre lo mató la aviación alemana durante la guerra civil y mi madre murió pegada como una enredadera a las puertas de las prisiones, pues como un homenaje a ellos me empecé a llamar Marcos Ana. Hoy ya ni mi familia me llama Fernando y es, repito, un homenaje sostenido al sacrificio de mis padres.

 

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Dice que comenzó a escribir  poesía en la prisión ¿por qué le llegó el verso en una situación tan hostil?
Fui un muchacho sin formación cultural. Era hijo de campesinos pobres, sin tierras y a los doce años ya me puse a trabajar. No he ido a la escuela prácticamente, ni a la universidad. Mi universidad ha sido la prisión. Soy un autodidacta: leyendo mucho y aprendiendo de mis camaradas con su ejemplo conseguí formarme un poco.
La poesía pues nació en mí de una  manera particular.
Cuando estaba en las trincheras, a pesar de que era un niño, recuerdo que echábamos arengas a los soldados del ejército contrario y en ellas siempre había una pasión, un fuego. Tenía cierta facilidad para las imágenes, pero nunca se me ocurrió escribir un poema.
Estando en la cárcel tropecé con unos amigos, poetas ya consagrados e inmediatamente formé una tertulia que se llamaba “La aldaba”. Trabajábamos clandestinamente pero nos servía para agrupar a los compañeros que tenían inquietudes literarias y artísticas. Un día me castigaron y me enchaparon en una celda. Durante el día te quitaban el petate (el colchón donde dormíamos) y te lo devolvían por la noche. Entonces, los compañeros aprovecharon esa circunstancia para meter debajo del colchón un trozo de queso a la hora de comida, pero también algo para leer.
Recuerdo el “Canto general” de Pablo Neruda y algunos versos de Alberti. Ellos arrancaron algunas hojas, las manosearon para quitar ese ruido propio del papel, y las colocaron allí.
Me leí mil veces esos poemas que me fueron creando un clima un poco especial, y casi si saberlo, por una cadencia musical que surgía de mí mismo, empecé a escribir. Cuando salí al fin del castigo y pude llegar al patio los compañeros leyeron esos versos y le dieron importancia. Yo no los tomaba en serio, pero ellos los echaron a andar por el mundo, los publicaron y un día recibí la sorpresa: a la cárcel me llegó un paquete clandestino donde venían muchas cosas; entre ellas mi primer libro de poemas  con el dibujo de Picasso que se titula “El prisionero y la paloma”. En la portada, arriba, aparecia el seudónimo de Marcos Ana y debajo el título: “Poemas de la prisión”.

 

Marcos Ana, en su vivienda de Madrid, en 2009.

Marcos Ana, en su vivienda de Madrid, en 2009

 

Entonces, continúe escribiendo con más fuerza y con más pasión, no porque pretendiera ser un poeta conocido, sino sobretodo porque me di cuenta que la poesía me di cuenta era un arma más para luchar por la libertad de mis compañeros. Nunca negocié con una editorial, ni entonces, ni cuando salí en libertad. Siempre yo sacaba mis poemas de la prisión y los comités de solidaridad con España que había en todo el mundo – aquí en América Latina había muchísimos – cogían esos poemas y los publicaban. Con eso sacaban dinero para mandarles a las familias, etc. Luego tuve la suerte de que hombres como Pablo Neruda, Rafael Alberti y Nicolás Guillén, extendieron mi nombre y defendieron mi vida. Entonces fui siendo conocido y esa autoridad la utilicé siempre para luchar por mis hermanos; por mí mismo, pero sobre todo por mis compañeros.

 

¿Sigue creyendo que todo poeta es un grito contra la injusticia?
Claro, porque la poesía es una vocación de libertad y la prueba es que lo que no conseguíamos muchas veces con textos políticos que sacábamos de la cárcel, que tenían una proyección más limitada, porque iban para gente más formada y tal, con la poesía, que es algo distinto y se extiende con más facilidad, podíamos llegar a cualquier lugar.
La prueba es que mis poemas, que nunca se me ocurre pensar si son buenos o malos, fueron necesarios y llegaron a traducirse a muchos idiomas, hasta el japonés.

 

¿Cuáles de esos grandes amigos-poetas admirados, corrieron con su suerte e influyeron con mayor fuerza en su salida de la prisión?
Con Neruda tuve una gran relación, y con Alberti más porque vivía en España y después de salir en libertad, mantuvimos una gran amistad hasta su muerte. Con Nicolás Guillén también, pues los dos éramos miembros del Consejo Mundial por la paz y nos veíamos con frecuencia; y con Louis Aragón, el poeta francés…

 

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Pablo Neruda y Marcos Ana

 

En general tuve suerte y después de que salí en libertad conocí a la gente más importante de nuestro tiempo. Es una recompensa que no han tenido desgraciadamente otros.
Por eso, cuando se habla de mí en exceso perdiendo la noción de la medida, me llevo algún disgusto y me niego a que me hagan homenajes porque siempre pienso en los héroes oscuros, en esa gente sencilla y anónima que no tienen nombre pero que sin su concurso, no hubiera funcionado el engranaje de nuestra lucha y no tuvieron ninguna recompensa.
Sin embargo, yo, nada más que salir de la cárcel ya… el Partido me sacó clandestino de España, llegué a Francia, París… y aquello fue para mí una vida completamente distinta, recorrí el mundo llevando la causa de mis compañeros. Por eso digo que soy un privilegiado. Cuando me plantean un homenaje enseguida digo, pensemos en los que no tienen nombre, en esos compañeros que no han tenido una recompensa porque ya te digo, yo viví entre los abrazos de los compañeros, lleno de cariño en todos los sitios, viajando por todo el mundo.
Hace dos años estuve en Venezuela donde la Filarmónica había musicalizado el poema mío Vida. Cuando la interpretación terminó subí al escenario a saludar al director y pedí permiso a las autoridades de Anzoátegui para que me dejaran transferir ese homenaje que personalmente no necesitaba, a todos los hombres y mujeres que en España, en América Latina y en cualquier parte del mundo han luchado y siguen luchando por la libertad.
No era demagogia, es que lo siento así.

 

Usted se refería hace unos instantes a que desde La Habana, Nicolás Guillén denunció y habló mucho por usted, y también lo hizo Fidel, ¿de qué modo?
La primera vez que vine fue al cuarto aniversario. Llegué a Cuba a fines de 1962, estuve un par de meses aquí. Me invito Raúl Castro, con quien nos encontramos en un Consejo de la Paz en Moscú. Para mí fue una de las mayores recompensas porque yo recibí del pueblo cubano un homenaje increíble con miles de personas. Así conocí al Che Guevara y sobre todo vine a agradecer a Fidel la propuesta que él le hizo al gobierno franquista en el año 1961, para canjearme por un grupo de prisioneros de Playa Girón.

Como comprenderás, para mí representaba Cuba muchísimo, le debo mucho y por eso me siento feliz de estar aquí. Aunque ayer (en el acto inaugural de la Feria) Raúl Castro me regañara un poco, porque como llevo muchos años sin venir por aquí me dijo: bueno, ¿qué te hemos hecho los cubanos? Le respondí que yo llevo a Cuba siempre en el corazón y hay que defenderla muchas veces y más fuera que dentro, donde estén sus enemigos.
A Raúl y a todos vosotros les digo que voy siempre con Cuba en el corazón. He participado en muchísimos actos por tratar de rescatar a estos cinco compañeros de las cárceles de los Estados Unidos. En España hay un movimiento muy fuerte y en Francia e Italia, también. Es muy difícil estando condenados, pero la lucha sigue.
Lo primero que hecho al llegar a Cuba fue dedicar un libro a cada uno de los compañeros que están encarcelados en los Estados Unidos; es una manera de demostrar la sensibilidad y el cariño que sentimos por ellos. Somos un pueblo que ha tenido que recibir la solidaridad del mundo entero. Me considero un hijo de la solidaridad, por eso, donde es necesaria la solidaridad, ahí estoy.

 

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La solidaridad debiera globalizarse. En otros tiempos, las mujeres y los hombres vivían muy lejos unos de otros. Incluso, hasta podían escudarse en una antigua afirmación: “eso está muy lejos de mi cama”. Pero en nuestra época, hemos vencido las distancias. Son muy cortos los caminos entre Irak y nuestras casas, entre cualquier conflicto que se produzca, por lejano que esté, y la seguridad de nuestros hijos.
En nuestro tiempo, aunque sea nada más que por instinto de conservación, los pueblos, los hombres y las mujeres tenemos que ser solidarios. Nadie puede sentirse seguro en su pequeña libertad, si considera lejana la esclavitud de los otros. Como decía un poeta francés: hay que pasar del horizonte de uno al horizonte de todos. Frente a la globalización capitalista, nos interesa mucho la globalización de la solidaridad.

 

Y usted representa mucho para Cuba. Suele decir Marcos Ana que tiene años de edad, pero ¿cuántos años de edad tiene realmente?
Realmente tengo 88 años, pero siempre digo que tengo 88 de edad, pero 65 de vida, porque nunca cuento los 23 de cárcel.

 

¿Y cuál es el secreto de esa juventud mantenida?
El arte de vivir joven es mantener jóvenes las ideas y tener proyectos siempre, porque mientras ellos duren la juventud permanece.
Lo malo es cuando ya se acaban los proyectos y tu curiosidad ha desaparecido, entonces es cuando realmente estás muerto aunque vivas vegetalmente. No he parado de luchar y no tengo tiempo ni para ponerme enfermo.

 

¿A qué se debe su resistencia durante tantos años, a contar sus memorias?
Ahora me pesa no haberlo hecho hace veinte años, para haber disfrutado de ellas, porque están teniendo un éxito tremendo. Llevan tres meses en la calle y ya se han vendido 22 mil ejemplares.
En los últimos tiempos es cuando comprendo que debía haberlo hecho antes. Pero no lo hacía primero, porque tenía mucho trabajo siempre. Estaba de un lado para otro. Como decía Alberti: era un ciudadano de la vía láctea. Otras veces me decía: tú no eres Marcos Ana, eres Marco Polo, pues nunca había forma de sujetarme.
Y luego, no lo hacía porque tenía cierto pudor de mí mismo porque tengo que contar cosas que evidentemente son momentos vividos – heroicos si tú quieres -, y hablar de esas cosas no me parecía prudente. Igual que cuando salí en libertad y llegaba a los aeropuertos y me esperaban con caravanas de autobuses, con flores y banderas. Recuerdo un libro de María Teresa León: Memoria de la melancolía, que es imprescindible para conocer nuestro tiempo, donde publica una carta que me mandó cuando salí en libertad. María Teresa me expresaba que hay veces que hombres que tienen los mismos sufrimientos y méritos de otros, resumen en ellos los símbolos dispersos. Eso me consolaba un poco. Sé que todo eso ocurrió pero nunca perdí el sentido común. Sabía que la gente veía en mí a los presos encarcelados, a la España perseguida; que la gente me escuchaba porque mi voz era la de muchos. Eso me salvó de caer en cualquier tipo de vanidad.
Por eso le agradecí a José Saramago el prólogo de este libro, porque capta muy bien todo lo colectivo que hay en el libro y cómo recurro constantemente a mis compañeros. Dice que Marcos Ana en lugar de complacerse ante el espejo, rompe el espejo para que en sus fragmentos se vea también el rostro y el sacrificio de sus compañeros.

 

Ya sabemos qué lo salvó de la vanidad, pero ¿qué lo salvó del no resentimiento?
El sentido común también. Cuando viajo por el mundo me preguntan mucho si tengo deseos de vengarme, tras 23 años de cárcel, habiendo sido torturado, condenado a muerte. Y respondo que sería profundamente desgraciado, si después de los años pasados en prisión mi objetivo fuera vengarme en el sentido más personal  y bajo.

 

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La venganza no es un ideal político ni es un fin revolucionario. No me sentiría feliz rompiendo la cabeza al que me torturó ni muchísimo menos. Lucho contra una sociedad que no sirve, para crear otra sociedad donde no puedan nacer ni criarse monstruos como esos, como han sido nuestros verdugos.
No es que no desee vengarme, pero quiero una venganza grande y la única a la que aspiro es, a saber triunfantes un día los ideales por los que he luchado y por los cuales tantos hombres y mujeres perdieron su libertad o su vida. Esa sí que sería una venganza: acabar con el sistema y cambiar la situación.

 

Acaba de decir que lucha contra una sociedad que no sirve. Y ¿por qué no sirve?
Porque la sociedad capitalista es injusta y caótica al mismo tiempo. Nosotros queremos una sociedad distinta, una sociedad socialista donde desparezcan las desigualdades, el hambre, las guerras y donde el sol salga y caliente para todos.
Naturalmente que tenemos que actuar dentro de esa sociedad y no podemos perder de vista nunca, que debemos hacerlo cada día por tratar de conseguir alguna reivindicación que esté cerca de nosotros.  Sobre todo, le debemos decir a la juventud, que hay que luchar por resolver cotidiano, pero sin olvidar que luchamos por una sociedad diferente. La consigna de una juventud emergente en todo el mundo es: otro mundo mejor es posible, y nosotros luchamos por ese mundo.
El poder del capitalismo es enorme porque hemos tenido bastantes naufragios en estos últimos tiempos, pero a pesar de todo, las ideas permanecen porque ellas están por encima de los hombres y sus equivocaciones; están por encima de los partidos y sus errores y por encima también de los estados que no supieron aprovechar ese caudal que representaba un ideal como el del socialismo.
La juventud de hoy, sobre todo en Europa, tiene que luchar por cosas elementales, la comida o el trabajo y nosotros queremos una sociedad donde esas cosas se equilibren, donde no exista la explotación del hombre por el hombre y donde, como decía antes, -el sol salga para todos-.
Una de mis preocupaciones es la juventud, porque la juventud es el futuro. Soy un hombre ya maduro y cargado de historia, pero me preocupa ver a otros compañeros en la misma condición, que no saben hablarle a la juventud, y lo hacen como si fueran apóstoles o mártires.
Tenemos que colocarnos al nivel de la juventud, saber lo que piensan y partir de cómo es, para hacerla como queremos. Vivimos la época en que no sólo hay que comunicar, porque comunicar es de arriba hacia abajo. Hay que comunicarse. En la lucha de las ideas, hay que comunicarse, no comunicar.
Debemos acercarnos a la juventud si queremos descifrar los signos del futuro, porque cada generación tiene la razón de su tiempo.  Vivo mucho con jóvenes y tengo una gran esperanza en ellos, porque ya no me quedan años para ver el triunfo de mis ideales y sé que son ellos los que tienen que tomar el relevo.
Entonces, tiene que ser nuestra preocupación fundamental el que los jóvenes nos comprendan y sepan por qué hemos luchado, que tomen la antorcha, que sigan adelante.
En estos momentos existe un gran descrédito político en Europa, y quienes se inhiben más de votar son los jóvenes, no porque sean regresivos, pues son gente incluso revolucionaria, pero no confían en las soluciones políticas. Piensan que son remiendos de tela vieja.
Por eso creo que ganar la conciencia y la voluntad de la juventud es muy importante. Además, no debemos olvidar nunca, como decía un antiguo filósofo: “El impulso y la iniciativa de la juventud valen tanto como la experiencia de los mayores”.

 

REFLEXIONES FINALES

Ahora, al terminar de escribir estas memorias y recuerdos, acabo de cumplir 87 años de edad. No sé si tendré tiempo para prolongarlas y para asumir los numerosos compromisos que me rodean. Sigo viviendo en una vorágine. A veces me entran deseos de poner punto final, no descolgar el teléfono, no responder el correo, vivir sin la angustia de controlar mi tiempo y leer y pasear rompiendo el aire con la cabeza vacía de preocupaciones….

 

Foto: José Aymá

Foto: José Aymá

 

Mi vida se ha formado en el sacrificio de la lucha, en una entrega total, sin reservas ni cálculos personales.
Hoy, cargado de años y de heridas, unas tristes, otras luminosas, con mi espalda reclinada en el atardecer del otoño, podría decir frente a las obligaciones que aun siguen exigiéndome: dejadme ahora el resto que me queda para vivir o desvivirme, dueño de mi tiempo, egoísta por primera vez, encerrado en mi pellejo sin la más leve porosidad. Dejadme andar por dentro de mí mismo, recuperar los paisajes perdidos o los sueños que nunca se hicieron realidad.
Entregué el azul más azul de la primavera, la roja pasión del estío, la dorada madurez del otoño. Dejadme ahora, solo y libre, adentrarme en el invierno final, abrigado por el rescoldo de lo que fue o pudo ser mi vida.
Pero no tengo derecho ni a pensarlo. La vida y la lucha por un mundo más justo continúan. Y solamente el que se excluye se siente verdaderamente solo. He vivido la vida que he preferido vivir, la vida dura pero noble de un revolucionario. Y a pesar de los naufragios sufridos y las decepciones que la lucha y la vida nos deparan, si mil veces naciera mil veces volvería a ser lo que soy y a pensar como pienso.
Replegarme ahora sobre mí mismo sería encerrarme en la soledad más temible: la de sentirme solo en medio de los demás. El bosque de mi generación se va despoblando poco a poco y yo sigo en pie como un árbol milagroso, quizás porque no he perdido la apasionante costumbre de vivir y de luchar para algo que vaya más allá de mí mismo. Sigo y seguiré en el camino, luchando, amando, repartiendo las rosas tardías de mi vida “aparcada” tanto tiempo. Llegué muy tarde a mi juventud, pero como dijo Picasso: “hace falta tiempo, mucho tiempo para ser joven”.
Sería imposible, aunque trate de ocultarlo, que a mis 87 años no piense en esa sombra oscura que me ronda y se acerca poco a poco y que me acechó tantas veces. La siento, percibo sus pasos sigilosos, ahora no viene armada de fusiles, sino con su inapelable Ley natural bajo el brazo…
Cuando recobré la libertad no pensaba en el tiempo perdido o arrebatado. Tenía cuarenta y dos años, salía con la juventud intacta, la vida me abrió sus brazos generosamente y la viví con  intensidad, como la soñaba en la cárcel.

Si salgo un día a la vida,
mi casa no tendrá llaves
Siempre abierta, como el mar,
el sol y el aire.

Que entren la noche y el día
y la lluvia azul, la tarde.
El rojo pan de la aurora;
la luna, mi dulce amante.

Que la amistad no detenga
sus pasos en mis umbrales,
ni la golondrina el vuelo,
ni el amor sus labios. Nadie.

Mi casa y mi corazón
Nunca cerrados: que pasen
Los pájaros, los amigos,
el sol y el aire.

Todo era futuro para mí y el final del camino estaba lejos. Me sentía eterno. Los años pasados en prisión en lugar de angustiarme daban más valor a todo lo que vivía, en una dimensión especial, con un goce profundo y tembloroso. Sentir la libertad, pisar la hierba, mirar el azul del cielo o las estrellas, amar a una mujer, poner mi mano sobre la cabeza de un niño, estrechar a mi hijo entre mis brazos, todas esas sensaciones que para los demás son bienes naturales, a mí arrebataban de placer y sorpresa y me estremecía de felicidad al descubrirlas y poseerlas.

Es ahora, cuando el río está a punto de llegar al mar y desvanecerse en la nada, cuando me angustian aquellos 23 años que me robaron, toda mi juventud y la mitad de mi vida. Aunque quizás no debemos contar la vida por años, sino por la intensidad con que la hemos vivido. Y los años sufridos en prisión fueron más bien ganados que perdidos, pues los viví con tanta pasión en aquel crisol de dignidad que dieron una dimensión especial y un sentido más profundo a mi existencia. Pero el tiempo, mi tiempo, se va, no puedo negociar con él, ni detenerle, me agarro a sus crines y me arrastra desbocado y el silencioso hacia el final de la vida.

Ya no me queda futuro para ver la victoria plena de de redentores y nobles ideales. La verán y la disfrutarán nuestros hijos, o los hijos de nuestros hijos. Las medidas humanas no siempre coinciden con las medidas históricas y es muy difícil que los procesos revolucionarios de fondo se culminen en el espacio de una vida. Confío en las nuevas generaciones, en cuyos surcos hemos sembrado nuestra historia. Ellas proseguirán nuestra lucha por un mundo más justo y humano, un mundo sin hambres y sin guerras, sin desigualdades sociales, donde el sol salga y caliente para todos.

Estoy orgulloso de mi vida, de los camaradas que me acompañaron  e la lucha, de las nobles ideas que dieron sentido a mi existencia, y sigo pensando que vivir para los demás es la mejor manera de vivir para uno mismo.

Has de saber morir por los hombres,
y además por hombres que quizás nunca viste,
y además sin que nadie te obligue a hacerlo,
y además sabiendo que la cosa más real y bella es vivir.

Nazim Hikmet

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