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Walt Whitman: “Grandísimo poeta rebelde, y pujante”

1 de abril de 2022

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Con tal superlativo y tales adjetivos Martí se refiere al poeta estadounidense en carta al director del diario La Nación, Bartolomé Mitre y Vedia, del 19 de diciembre de 1882. Dos años después, en una de sus crónicas acerca de Estados Unidos para ese periódico bonaerense, informó del rechazo de los estudiantes de la Universidad de Harvard al uso del latín en los actos universitarios  y que se empleara “la lengua maciza nativa” en que “amontona ahora Walt Whitman olas.” Años antes, en noviembre de 1881, en una crónica para La Opinión Nacional de Caracas, ya había calificado los versos del poeta de “grandes e irregulares como montañas.” Y en su amplio estudio de mayo de 1882 para ese diario venezolano ante la  muerte de Ralph Waldo Emerson, el cubano señalo en mayo de 1882 que Whitman, “que ha hallado en la naturaleza una nueva poesía,” dijo que mirar a Emerson era “pasar horas benditas.” Esa fuerza de ola, esa búsqueda de su voz lírica en la naturaleza, esa altura de montaña en sus versos indica la notable impresión favorable que provocó en Martí la lectura de Hojas de yerba, el libro de poemas de Whitman enriquecido por su autor en cada nueva edición.

De tal modo apreció el Maestro al poeta del norte que en 1887 envió un extenso estudio acerca de su obra para La Nación y para El Partido Liberal de México. Esta pieza resulta una de las más brillantes muestras de su estilo y de su filosofía, emparentados ambos con los del estadounidense. La idea de la naturaleza como  totalidad, el decir con fórmulas novedosas y sin artificios impostados, la comprensión de que  se estaba abriendo un mundo nuevo en que las mayorías trabajadoras debían tener un lugar significativo como creadores que eran de un mundo diferente, son factores de esa indudable identificación de Martí con Whitman.

Ese estudio martiano es un ensayo erudito dada su capacidad analítica, escrito con el mejor de los encantos de la prosa martiana a la vez que una lectura deliciosa que no deja de convencernos de la certeza de sus juicios. Martí da salida a sus propias concepciones acerca de la época trancisional que  se vivía entonces, en donde afloraban elementos válidos para considerar que podía andarse hacia una humanidad superior en términos éticos. Y declara así tal carácter en la personalidad de Whitman: frente a los hombres apartados entre sí por “diferencias de meros accidentes”, a los hombres “amoldados sobre el libro o maestro enérgico con que le puso en contacto el azar o la moda de su tiempo” engullidos por las escuelas filosóficas, religiosas  o literarias, marcados como los caballos y los toros. Y al  ver a un hombre desnudo, virginal, amoroso, sincero, potente”; “que camina, que ama, que pelea, que rema”; “que lee la promesa de final ventura en el equilibrio  y la gracia del mundo; cuando se ven frente al hombre padre, nervudo y angélico de Walt Whitman, huyen como de su propia conciencia y se resisten  a reconocer en esa humanidad fragante y superior el tipo  verdadero de su especie, descolorida, encasacada, amuñecada.” Y, por todo ello, afirma Martí:  “Hay que estudiarlo, porque si no es el poeta de mejor gusto, es el más intrépido, abarcador y desembarazado de su tiempo.”

El 26 de marzo de 1892 falleció en Nueva York, Walt Whitman. Su alter ego José Martí se aprestaba por esos días a culminar el proceso creador del Partido Revolucionario Cubano a fin de alcanzar la independencia de Cuba y de Puerto Rico hacia una humanidad mejor en las Antillas, las Américas y el mundo. Halló tiempo para dedicar el final de su penúltima “Escena norteamericana” a la muerte del “buen poeta viejo”.

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