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Voleibol casero

12 de diciembre de 2020

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cdn-3.expansion.mxEn la casa de él, difícil se posesionaría una bacteria o un virus. Mas que una vivienda parecía un salón quirúrgico seguidor de los protocolos más rígidos. Aquel tranvía que lo regresaba a la casa, cumplía con exactitud el horario y la esposa, ya Radio Reloj daba la hora en aquella fecha, se preparaba a recibirlo cumpliendo como el tranvía eléctrico, el ritual establecido. El agua templada porque los hombres no se bañan con agua hirviendo, la toalla de uso único cada día, las chancletas preparadas. La ropa de andar, ella la llevaría al grito de él. Y le alcanzaría la camisa, el pantalón, después de secarle la espalda. En el piso encontraría, la ropa quitada y mojada porque a pesar de la cortina, siempre él se las arreglaría para formar un charco, el charco diario de todos los días. La mujer limpiaría el piso, aunque pronto a los dos niños les tocaría el aseo. Mientras él, el hombre de la casa, se asomaría a la calle y llamaría a los pequeñitos porque varones los dos, aprendían a defenderse por sí solos dentro de las leyes del barrio.
La enferma dormitaba mientras las dos nueras en lenguaje apacible en lo externo, filoso en el contenido, en una especie de partido de voleibol de playa, se lanzaban una a otra, la responsabilidad de la acogida del futuro viudo. En rebotes certeros porque eran verdades contundentes, en busca de un juego salvado en pos de la tranquilidad hogareña. Eran tiros directos enviados con la fuerza del ejemplo de hogares felices. El tamaño de la vivienda cubierta con hijos de ambos sexos, medida metro a metro, la alergia de los hijos posiblemente exacerbada por el tabaco del viejo, la imposibilidad de deshacerse del foxterrier, adorado por la más pequeña y que no resistiría los maltratos de aquel amargado, la rotura normal del horario de vida de los adolescentes, horario que él trataría de cambiar dadas sus atávicas concepciones. La falta de dinero para cumplir sus exigencias alimentarias. Y lo peor pues pesaría en los hombros de una familia que se repartía las responsabilidades. Un par de ojos y una boca dispuesta siempre a encontrar una hormiga cruzando la cocina, tres gotas de agua frente a la poceta del baño y una tortilla sin la suavidad correspondiente. Todas eran pelotas lanzadas y rebotadas porque ninguna quería cargar con aquel machista redomado que tanto hizo sufrir a la dulce suegra. La que cubrió de amor a sus hijos y los hizo inmune al despotismo paterno. Y forjó unos esposos cariñosos, compartidores de las responsabilidades hogareñas y de la atención a los descendientes. Hombres casados después de los cuarenta. Solo cuando podían establecerse en casa propia y con los requisitos fundamentales para constituir matrimonios duraderos.
La anciana no dormía. Las escuchaba. Se sabía cercana a la muerte y no la temía. Dejaba a sus hijos y nietos en buenas manos. Sabía el final del viejo. Terminaría solo en la vivienda, visitado y ayudado por unas horas. Suspiró con el último pensamiento. Detrás de una persona abandonada, se esconde la historia anterior de una familia.

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