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Venganza azucarada

24 de octubre de 2015

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anciano-mano-baston (Small)Las malas noticias le hacen competencia al Wi Fi. El golpe fuerte en la puerta y el grito la traía. ¡El viejo se cayó en la calle! La anciana, sujetada de la puerta, tuvo fuerzas para indagar. Con esa cualidad bipolar del cubano que lo hace entrometerse en la vida ajena y a la vez, prodigar ayuda a cualquiera, le comunicaron que el anciano estaba en camino al hospital y ya habían avisado a los hijos. Con la imaginación fantástica también característica, la inundaron de la sangre que le brotaba al accientado de la cabeza y de los huesos desarticulados del cuerpo. La cadera partida no asustaba tanto como el golpe del cráneo. Los huesos se componen, pero los registros cerebrales a los setenta años pueden interrumpirse por cualquier sacudida.
A los pocos días, de regreso en la casa. Empatados los huesos y el cerebro enhebrando los recuerdos. La anciana lo sabía porque el accidentado evitaba su mirada. Tenía miedo a las justas recriminaciones.
Ella anunció el accidente y no era cartomántica ni consultaba el tablero de Ifá. La dolencia de las rodillas, la rotura de las aceras, el aglomeramiento del público en la calzada, todo prescribía la urgencia de un bastón de apoyo. Una sonrisa despectiva contestaba a la advertencia.
Como ocurre en la mayoría de los pronósticos fatales, el advertido asume que las desgracias le ocurren a los otros, nunca al que huye de las predicciones lógicas. Además, pasados los setenta, aquel hombre era presumido y un bastón denotaría ante las admiradoras, todavía las tenía, que estaba aquejado de alguna inconveniencia física.
Erecto, peso adecuado, bien afeitado y peinado, las inauguradas sienes vacías escondidas en la gorra, el pulóver de manga larga ocultando la flacidez muscular y el short largo en muestra de las piernas gordas, así paseaba por el barrio que lo vio nacer y sonreír a las damas y hacer sufrir de celos a esta anciana perdonadora, pero no olvidadiza. Y que ahora tramaba cobrarse aquellas andadas pasadas y sus presunciones de gallo de pelea en funciones vigentes.
Y preparó la trampa.
Habló a las amigas y conocidas de los sufrimientos del anciano. De sus quejas y lloros de noche y de día. De su figura, cerebro y voz que nunca serían las que todas recordaban. Y al insistir en este punto, observaba las expresiones de las más peligrosas, de aquellas supuestas amantes porque en verdad, jamás logró comprobar las infidelidades.
Y de una en una, o de dos en dos, o en grupo, las hizo desfilar por la cama del enfermo. Este hombre barbudo, casi calvo, con parte del cráneo vendado, los brazos flácidos, las piernas paralizadas mas por miedo que por dolor, el espanto al verlas reflejado en el rostro y la voz grave de narrador de radionovelas convertida en un susurro atiplado las recibía. Y en un lugar visible para recalcar la degradación del galán invernal, una cuña para la micción porque no consiguieron el masculino pato.

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