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Una cantante desfasada

14 de septiembre de 2013

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Disgustada regresaba de la casa del amigo con correo. Ni uno dirigido a ella. Gracias a él, envió los avisos de su próxima peña a periódicos, emisoras de radio y TV a sitios digitales. Por teléfono, la recordaba desde hacía días a periodistas y promotores conocidos. Los fans no le fallaban, pero no apreciaba caras nuevas y menos las que más ansiaba, las de los jóvenes. Asistirían los viejos colegas porque ella asistía siempre a las peñas de ellos. Después se reunirían, tomarían unos tragos, recordarían anécdotas, las alegres, las de los triunfos. De los fracasos, nadie se acordaría. Aprobarían en complicidad compartida la exageración en el número de asistentes a pasadas actuaciones. También entraría en el record de las mentiras la cantidad de países extranjeros visitados. Y analizarían el panorama musical, ese panorama en donde ella se sentía cada vez mas excluida. Las opiniones estarían divididas. Unos criticaban la calidad de quienes gozaban de la popularidad. Lo achacaban a mañas perniciosas, a métodos erróneos en la publicidad en los medios. Otros, aunque compartían parte de esas ideas, aplaudían a las nuevas voces y aceptaban que las nuevas generaciones aplaudieran a artistas de su contemporaneidad.
Le dolían los pies sometidos a la tortura de las altas plataformas. El ortopedista se las había prohibido. Se exponía a una caída y una posible rotura de caderas. Los ojos corrieron detrás de los potes de helados llevados por unos adolescentes. No podía sucumbir a la tentación al pasar por la cafetería. Había subido algunas libras y debía cuidar la figura tanto como la voz. Ambas estaban resentidas por la crueldad de los años. De la cafetería salía la canción de moda en la voz de la intérprete en el candelero.
Varias cuadras caminadas y nadie la detenía, la reconocía. Llevaba tiempo fuera de la pantalla. Si se acordaban de ella y la llamaban, era para un programa dedicado a las evocaciones. Los antiguos admiradores marchaban con los hijos al extranjero, enfermaban o morían.
De un auto saltó una música estrepitosa que le lastimó los oídos. En ese tema si todos coincidían en las reuniones. Odiaban a muerte el reguetón.
Disminuía el paso debido a las punzadas provocadas por los zapatos. Otra cafetería y la voz potente de la cantante de moda. Una emisora de radio le dedicaba un programa completo. Se detuvo a escuchar. El locutor hablaba maravillas de la vocalista, así las designaban ahora, entre canción y canción. La llenaba de adjetivos de la cabeza a los pies. Exaltaba sus condiciones interpretativas y su esbelta figura. Sonrió burlona y se dijo para sus adentros: esbelta figura de espagueti sin salsa.
Una anciana acompañada de una adolescente la miró y le ofreció una sonrisa. Ella la contestó y escuchó el parlamento de la mujer. La recordaba, le decía a la posible nieta quien era ella. “Fue una gran cancionera”. Por lo menos, la reconocía en su valía profesional,  pero ese “fue” en pasado se le clavó en el corazón y le resultó más doloroso que las punzadas en los pies maltratados por las altas plataformas.

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