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Sobre “Una Rosa de Francia”, de Rodrigo Prats (I)

5 de febrero de 2013

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Una rosa de Francia,
cuya suave fragancia
una tarde de mayo
su milagro me dio.
De mi jardín en calma
aún la llevo en el alma
como un rayo de sol.
Por sus pétalos blancos
es la rosa más linda
y hechicera que brinda
elegancia y amor.
Aquella rosa de Francia,
cuya suave fragancia
una tarde de mayo
su milagro me dio.

«Una canción puede inmortalizarnos para siempre y yo toqué la flauta como decimos en el argot musical, con esta canción».
Así afirmó el destacado músico cubano Rodrigo Prats (Sagua la Grande, 7 de febrero de 1909- La Habana, 15 de septiembre de 1980) sobre “Una rosa de Francia”, una criolla bolero que compuso con apenas 15 años, sin imaginar que se convirtiera en una pieza antológica de nuestro cancionero.

Rodrigo Prats

Su letra provenía de un poema que le proporcionó al joven músico un poeta amigo de la familia.  Y según cuentan la musa inspiradora fue una hermosa mujer llamada María Teresa, quien por sus rasgos parecía francesa.
El encuentro entre Rodrigo Prats y el abogado Gabriel Gravier –el poeta en cuestión– ocurrió en el verano de 1924, en la casa de los tíos de Rodrigo, Enriqueta y Antonio Reynieri, en Santiago de las Vegas, donde el aun estudiante de música pasaba largas temporadas y tocaba el violín en la pequeña orquesta que animaba las funciones del cine silente del teatro Minerva.
Por cierto, el musicólogo Helio Orovio aseguraba que el carácter metafórico del texto y el ocultamiento del motivo inspirador obedecía, ni más ni menos, a que la musa de Una rosa de Francia era la esposa de un importante personaje de aquella localidad.
Al joven músico le gustó el poema, se sentó al piano y con natural desenvoltura sobre su letra compuso esa hermosa pieza, estrenada poco después con todo éxito en La Habana por el popular cantante Fernando Collazo, y que después le daría la vuelta al mundo en las voces de otros importantes intérpretes cubanos y extranjeros.
Ahora bien independientemente de su aptitud musical, Rodrigo Prats –como afirmara Eduardo Robreño- tuvo a su favor pertenecer a una familia de músicos y artistas. « De su padre, el maestro Jaime Prats (otro gran valor de nuestra música), tomó las primeras lecciones que lo adentraron en los secretos del pentagrama. De su abuela materna, Elvira Meireles, considerada por los historiadores de nuestro teatro la más grande figura del género bufo cubano, escuchó y adquirió la experiencia necesaria que lo llevaría a ser figura cimera de nuestro teatro lírico».
Ya en La Habana, donde se estableció en 1914, junto a su familia, Rodrigo Prats realiza sus estudios de primaria y finaliza los de Bachillerato, a la par que en el Conservatorio González Molina recibe clases de violín y en el conservatorio Orbón, de piano y composición, siempre bajo la tutela de su padre.
Pero no son tiempos fáciles, por eso es habitual ver al adolescente de doce años, con pantalón corto, amenizando fiestas bailables con algunas orquestas para ayudar al sostenimiento de la familia.
Así, el joven Rodrigo Prats conocerá muchos géneros, entre ellos el danzón, por el cual siempre se sentirá atraído.
Del músico sagüero son estas palabras:
«Sí, soy danzonero y lo digo con orgullo. Apenas con doce años tocaba violín en orquestas que interpretaban este cubanísimo baile. La primera fue la de Tata Pereira, una charanga francesa».
«¿Mi primer danzón? ¡Ah, este lo escribí muy joven! Recuerdo que me costó un suspenso (…) me había dedicado más a componer mi primer danzón que al repaso de Geografía”.
«Titule esta obra “Club Habana”, en homenaje a mis compañeros de esa Academia. Más tarde seguí cultivando ese género en el teatro».

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