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Regaños merecidos

31 de mayo de 2013

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Este médico lo hacía retornar a la adolescencia. Mientras revisaba los resultados del último chequeo, el se sentía como aquella vez que suspendió la Matemática en el último año del bachillerato. Al regreso al hogar, no estaría la madre pendiente de la nota, pero si la esposa preguntona. La letanía de los regaños sería diferente. La nueva inquisidora por medio de la radio y la TV, tenía mañas de psicóloga.  Pero del “yo te lo advertí” idéntico, no se escaparía. Las mujeres del Siglo XIX, del XX, del XXI y del XXII con ese cuento de la intuición, pretenden anticiparlo todo.
“Aumento del colesterol, los triglicéridos, el peso, ¿qué piensa usted de la vida, señor paciente?”. Hacía muchos años que había dejado en el camino, la ingenuidad del rubor, pero este anciano todavía criaba con esmero la vergüenza. Bajó los ojos y se confesó. La dieta, mas o menos la cumplía. Las caminatas, no. Aceptó las justas reprimendas, se comprometió a la rectificación.
De pie en el ómnibus, se preparaba para la escena del juicio de la fiscal femenina. Ni sintió un pisotón dado sin excusas, ni el estribillo regetonero ensordecedor. Envidió al muchachón sonriente, extraído del mundo por el audífono pegado al oído. En la próxima parada, bajaría. Y todavía no tenía preparado el alegato en defensa.
En la casa, diestra la anciana en la lectura de los análisis, con tiempo preparó la ofensiva. Esa suspensión de las caminatas le costaría caro a su infartado. Para el médico, dejó las reprimendas. Ella organizaba la ejecución de las rectificaciones.
El anciano llegó con cara de cachorro destrozador de la chancleta del ama. Ella le sonrió y le habló de las trivialidades mañaneras. Lo vio devorar el inmenso plato de ensalada tal si fuera una bandeja de chicharrones de puerco. Estaba amansado, listo para el ataque.
En meses anteriores, el infartado terminó las caminatas bajo el pretexto de que apenas podía dar un paso, acosado por los saludos y cuentos de los vecinos. Así no valía la pena el esfuerzo, pues incumplía el paso continuado exigido a favor de la salud. Tenía razón. Su permanencia larga en el barrio y su condición de risueño y buen vecino, lo hacía querido por casi tres generaciones. Y como le gustaba estar al tanto del latir de los habitantes, los sucesos nacionales y mundiales, se dejaba detener hasta tres veces por cuadra.
Ella tenía la solución. Y después del segundo y último café del día, soltó las palabras en tono convencedor de arenga deportiva. Solo le pedía que el confiara en la solución. Sería una sorpresa que llegaría al siguiente día.
Y llegó. Todavía el gallo del vecino cantaba cuando la esposa con firmes palabras y un fuerte jamaqueo lo despertó. A las seis de la mañana solo deambulaban aquellos que marchaban ligeros para el trabajo y apenas lo saludarían. Así que ¡de pie! Y ¡a caminar!.

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