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No te vayas Esperanza (II)

3 de octubre de 2023

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Luego de sus actuaciones en el habanero teatro Payret, en 1919, Esperanza Iris fue a la conquista de Madrid en el invierno de 1920. Llegó precedida de una gran propaganda, como sabía hacerla su nuevo empresario y último esposo, el español Ramiro de La Presa.

Y desde la noche de su debut se ganó al público de la capital española, como antes sucediera con el de La Habana. Se cuenta que Alfonso XIII entusiasmado con el arte de la estrella latinoamericana, la llamó varas veces a su palco para mostrarle su admiración. Y le obsequió, entre otras cosas, un collar de brillantes, un abanico de Isabel Segunda y una cesta de fresas cultivadas en Aranjuez para demostrarle que estas, a pesar de su color y fragancia, no podían compararse con los labios de la reina de las «divetes».

Se conoce que en 1931, Esperanza Iris hizo un viaje a Cuba para visitar a unas amigas. Pero sus muchos admiradores decidieron organizarle el 31 de octubre de ese año un homenaje en el coliseo de sus acostumbrados triunfos habaneros: el Payret.

Actuaron varias primeras figuras del patio y el bardo Gustavo Sánchez Galarraga le dispensó merecidísimos elogios. Ante las emociones despertadas en ella por tal homenaje, Esperanza accedió a hacer una función de La viuda alegre el 8 de noviembre de 1931 en el teatro Nacional, donde la diva reverdeciera sus éxitos en la opereta ante su público habanero.

Tal puesta en escena constituyó otro momento consagratorio de la vedette mexicana en la mayor de las Antillas.

Al decir de Gustavo Robreño, la Iris fue una gran mujer que supo sobreponerse a todas las desdichas que el destino le deparó, mas en todo momento dio al público lo mejor de su arte. Aquella mujer, sonriente y decidora de los años 25 y 26, llevaba en su interior la terrible pena de haber perdido a sus tres hijos.

Y según agrega Eduardo Robreño:

“Ya en el otoño de su vida, cuando era merecedora del descanso y el disfrute de lo que legítimamente había ganado, supo llevar con estoicismo otra pena que le afligía: la condena impuesta a su esposo y empresario, el español Francisco Sierra, hallado culpable de un delito que lo llevó a la cárcel a cumplir largos años de prisión. A pesar de todo, en lo particular, en lo privado, quien a ella se acercase, obtenía su sonrisa”.

 

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En el otoño de su vida consagró sus energías al teatro “Esperanza Iris”, uno de los más importantes de la capital mexicana y de todo el país. En los últimos tiempos este recinto fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

En 1952 el Ayuntamiento de la capital cubana declaró «Hija Adoptiva de La Habana» a esta mítica figura del arte del vedettismo en Iberoamérica que con su temperamento, elegancia y simpatía tuvo motivos más que suficientes para ser inolvidable.

La “Emperatriz de la opereta” falleció en México en 1962.

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