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No es tan sencillo

28 de marzo de 2014

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portadaEn un comentario anterior, me referí a las clasificaciones de la música que, en ocasiones, tienden a confundir, incluso a los especialistas. Hoy voy a referirme a otro asunto no menos importante: el esquematismo y la simplicidad con los que se analizan los fenómenos de la música popular cubana.
Quienes tenemos formación musical académica y, en especial, musicológica, aprendimos conceptos que se convirtieron en una especie de Biblia al inicio de nuestra trayectoria profesional los cuales repetíamos a nuestros alumnos. Pero poco a poco nos dimos cuenta que un investigador digno debe ir más allá y buscar, indagar, descubrir elementos que nos permitan ampliar nuestro espectro. Es, a partir de entonces, cuando nos damos cuenta de que nuestros conceptos han estado encasillados dentro de un esquema demasiado simple. Y los problemas mayores están al analizar la música popular. Partiendo del acertado concepto emitido por el sabio don Fernando Ortiz: la música cubana es el resultado de la transculturación, donde juegan un rol fundamental nuestras raíces española y africana. Hasta aquí todo está bien, pero hay mucho más.
Con un concepto esquemático y simple, nos limitamos a pensar que de la cultura musical de los aborígenes cubanos sólo quedaron recogidos por los testimonios que se conservan, algunos instrumentos musicales como el mayohuacán, el guamo o fotuto, flautas hechas a partir de pequeños huesos, sonajeros construidos con caracoles y semillas… También se menciona el areíto como la máxima expresión artística de los primeros habitantes cubanos, del cual existen diferentes opiniones. Y, según se afirma, todo esto desapareció con la conquista. Pero debemos preguntarnos: si muchos indios e indias sobrevivieron al extermino colonizador, como la madre de Miguel de Velázquez quien, por ser hijo de español, pudo estudiar en España y, a su regreso, ocupó la plaza de organista en la Catedral de Santiago de Cuba, ¿no pudo fusionarse la música de nuestros primeros habitantes, con la de los negros africanos que llegaron como esclavos? ¿Por qué se ha criticado tanto a Sánchez de Fuentes cuando defendía la existencia de raíces aborígenes en nuestra cultura? Y aunque lo que voy a decir no tenga aparente relación con el tema a que me estoy refiriendo, cuando en la escuela me enseñaron que los conquistadores españoles les decían a los aborígenes que si aceptaban su religión, al morir irían al cielo, siempre me pregunté como podían entenderlos si nuestros indios no hablaban su idioma. Pero un día descubrí que, cuando llegó la colonización, ya aquí había españoles, quienes habían aprendido la lengua de los aborígenes y viceversa, lo que es confirmado por Fray Bartolomé de las Casas en sus testimonios.
Otro aspecto que, en relación con la música, quisiera señalar: siempre se habla de los españoles como individuos de “sangre azul”, para demostrar su ascendencia puramente blanca, pero ¿acaso hemos olvidado la cantidad de invasores que llegaron a la Península cuya sangre no tenía nada de azul? Entonces su música también nos llegó transculturada tanto en cantos, como en instrumentos y bailes, sin contar con la herencia medieval que ellos trajeron, porque ya Europa estaba en pleno Renacimiento mientras nuestros aborígenes aún no habían salido del período neolítico.
Evidentemente, el fenómeno de transculturación en Cuba no es tan simple, pues los españoles eran de procedencias diversas: canarios, andaluces, vascos… y sus culturas eran diferentes, aunque no podemos olvidar que el nivel dejaba mucho que desear, por lo sus conocimientos musicales eran empíricos y de carácter popular. Miguel de Velásquez fue el primer músico cubano con formación académica, en el siglo XVI; pero nuestro primer compositor, Esteban Salas, desarrolló su trayectoria profesional en el XVIII.
Este es sólo el principio de una historia que continuaré en próximos comentarios.

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