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Marta Rojas: “Fidel está indisolublemente ligado a mi modo de hacer periodismo”

1 de agosto de 2016

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TRANSCRIPCIÓN DE LA ENTREVISTA DE MAGDA RESIK A MARTA ROJAS, EN EL ESPACIO ENCUENTRO CON, EN EL MARCO DE LA FERIA ARTE EN LA RAMPA

 

portada

 

 

MAGDA RESIK. Muy buenas tardes. Bienvenidos a este espacio que se titula Encuentro Con que, como ustedes saben, cuenta con el auspicio de la Asociación Hermanos Saíz y también con el apoyo de la Feria Arte en la Rampa y del Fondo de Bienes Culturales, siempre tan bien representado aquí por Norma Rodríguez Derivet y por otras compañeras más. Es un espacio para el diálogo, el intercambio, con grandes personalidades de la cultura cubana, y creo que es un momento interesante para que los más jóvenes también se acerquen al pensamiento y al universo de esos creadores.
En el día de hoy, tengo el placer nuevamente –he tenido el honor de hacerlo en varias ocasiones, y nunca deja de ser un placer– de dialogar con una mujer una de cuyas cualidades es esa simpatía innata; es una mujer que conquista a todo el que la conoce. Y yo me imagino que por eso ha podido hacer tantos heroísmos en su vida y ha podido realizar tantos sueños como escritora, como periodista de filas que es; fíjense si es periodista de filas, que ustedes pueden observar que sobre la mesa está el arma de su trabajo siempre en ristre. Ahí tiene su agenda. Ella vive de esas anotaciones que hace, tanto mentales como físicas; va anotando, y todas aquellas libretas de notas, de datos, que han atesorado tanto de la historia de Cuba y tantos elementos que le han permitido también desarrollarse en un universo que a ella le fascina, que es el de la novela, el de la narrativa, de la ficción; el mundo que sueña a partir de la historia que reconstruye.
Se trata de una mujer que ha tenido grandes privilegios, uno de ellos haber sido la cronista, la única que pudo participar en el famoso juicio del Moncada, que fue el alegato “La historia me absolverá”, que Fidel Castro hiciera, donde presentó el proyecto de vida y desarrollo de la sociedad cubana contemporánea. Pudiéramos decir fue algo que también Fidel soñó desde aquellos años 50 del siglo pasado. Y eso no ha colocado a Marta en la postura de las mujeres poseídas; es una mujer de una modestia infinita, de una valentía ya muy probada desde su juventud, y también es una mujer cuya conversación, el diálogo que podemos sostener con ella, nos trasmite todo el tiempo un mensaje, algún detalle del que tenemos mucho que aprender los que trabajamos en esta profesión.
Es Marta Rojas con nosotros hoy. Bienvenida a Encuentro Con (APLAUSOS).
Bueno, aquí siempre se habla de la Marta… Yo creo que Marta no ha dejado de ser niña, a mí siempre me da esa impresión.
MARTA ROJAS. ¿Niña?
MAGDA RESIK. Cuando sonríe, siempre Marta tiene una frescura, tiene una ilusión por la vida, Y yo creo que eso le viene desde la infancia. Me gustaría recrear un poco, Marta, esos momentos, que deben haber sido la huella para esta mujer que eres hoy.
MARTA ROJAS. Bueno, yo creo que sí. Yo no soy psicóloga ni nada de eso, pero creo que es muy importante la niñez. Yo fui una niña feliz realmente, éramos tres hermanos –y no es que los demás hermanos no lo fueran también– pero por mi manera de ser prácticamente caía como si fuera una hija única, porque mi hermano, el varón, era mayor que yo cuatro años, y a mi hermana yo le llevaba ocho; es decir que yo estaba en el medio. Realmente mi hermana incluso nació porque yo le dije a mi mamá que yo quería una hermanita, y mi mamá decía que no, que con dos bastaba, que tenía mucho trabajo; mi madre era modista, mi padre era sastre. No pasé hambre, no pasé necesidad, nada de eso; pero se trabajaba mucho, yo conocí el trabajo y se trabajaba mucho en la casa. Pero no puedo decir que no me calcé, al contrario, y me vestía como las ricas porque con todos los recortes mi mamá me hacía la ropa muy linda, y mis tías, etcétera. Fue una niñez así muy feliz.
Y según mi mamá le contaba a alguna gente, ya yo tendría como 12 años más o menos –no es que antes no fuera así, pero hubo una anécdota– después voy a hacer un retro, voy a volver para atrás– de un personaje en mi vida muy interesante: uno de mis abuelos. Yo recuerdo que se anunció mucho la película “Lo que el viento se llevó”. Yo no tenía la talla, pero una prima mía tenía amistades, era amiga del que vendía en la taquilla, bueno, la cuestión es que yo fui a ver “Lo que el viento se llevó” con mi prima. Yo iba mucho al cine, pero al cine de la matiné, donde daban los muñequitos y las películas del Oeste, que me encantaban. Entonces voy a ver “Lo que el viento se llevó”. Cuando al otro día –siempre me gustaba contar–, mientras estaban cosiendo mis primas y mi mamá, me preguntan: “Bueno, ¿y cómo fue la película que viste?” Y yo conté “Lo que el viento se llevó”, pero lo conté como a mí me hubiera gustado que terminara. Me acuerdo como si fuera ahora de todos los personajes. Y me dijeron: “Bueno, ¿y entonces cómo termina esto?, que si Scarlet, que para aquí, y dígoles yo: “Bueno, pues entonces ella subió unas escaleras; pero, cuando él se fue, ella cogió por otro lado, fue al puerto, cogió el mismo barco que ella había tomado cuando se casaron y fue a Irlanda, y se volvieron a encontrar y tuvieron otra hija que se llamaba Bonnie.” Yo le puse el final que era el que yo hubiera querido.
Bien: todos, mis primas y mi mamá lo aceptaron. Pero al domingo siguiente mi mamá fue a verla con mi papá, y cuando regresaron, el lunes por la mañana, me dijeron: “Oye, la mentira es lo único que yo no tolero. Ya no te vamos a hacer más caso a todo lo que tú dices porque esa película no termina así”. Digo: “Ay, pero así es más bonita”.
MAGDA RESIK. O sea, que fue un modo de reescribir la historia. Ya ahí venía la narradora caminando.
MARTA ROJAS. Entonces mi mamá me puso Julita Verne. Pero les gustaba, ya se hizo un juego que yo contara las películas a mi manera. Ya lo sabían. Yo decía: “No me hagan caso, yo lo cuento a mi manera.” Es decir, que la imaginación me ayudaba, pero nunca pensé, en la niñez ni en la adolescencia, estudiar periodismo. Me gustaba leer, porque mi papá llevaba a mi casa muchos libros que le regalaban los barberos, porque en la barbería siempre se quedaban libros, y yo leía, libros que ni se correspondían con mi edad, pero no importa, yo me los leía. Me gustaba leer, pero nunca se me ocurrió que iba a estudiar periodismo.
MAGDA RESIK. ¿Y escribía algo, Marta, en ese tiempo?
MARTA ROJAS. Todavía nada.
Yo tenía dos primos que estudiaban Medicina, primos mucho mayores que yo, obviamente, y veía los libros de Anatomía, y me gustaba, y les preguntaba dónde estaba esto, dónde estaba lo otro, las venas cómo se conectan. Decidí estudiar Medicina, yo lo que quería ser médico cirujana para ver las curiosidades que tenían las cosas del cuerpo…
MAGDA RESIK. Sí, algo de cirujana le quedó. De lo de cirujana algo le quedó: la curiosidad infinita.
MARTA ROJAS. En fin, mi niñez fue esa.
Mi abuelo también estimulaba mi imaginación. Yo me di cuenta después, yo no me di cuenta cuando lo vivía. Mi abuelo materno era español; mi abuela materna, es decir, la mujer de él, con quien tuvo siete hijos, entre ellos mi madre, que era la más chiquita, era negra, que había nacido libre en el vientre, le habían comprado la libertad en el vientre. Mi mamá nació en el 1900 y pico, al principio de la República, a finales del siglo XIX. Pero mi abuelo se encariñó mucho conmigo, él era dulcero, tenía una dulcería, y cuando terminaba de trabajar me llevaba a pasear en Santiago, a ver a sus socios gallegos aquí y allá, íbamos al Vista Alegre, íbamos casi siempre a las trastiendas y allí los conocía. Mi mamá me acuerdo que me daba un termo de Kresto, que era chocolate, para merendar; y mi abuelo me daba el Kresto y me daba un poquito de vino y me decía: “Bebe, para que te hagas mujé”. (RISAS)
Pero me malcriaba mucho, después eso tiene una historia tremenda. Yo le decía: “Mememé –no le decía Don Manuel–, yo quiero comer uvas”, en pleno mes de agosto. Decía: “Vas a comer uvas”. Y mi mamá decía: “¿Pero uvas en agosto? No la engañes, no hay uvas en agosto.” Y él decía: “Sí hay uvas en agosto, la uva de aquí.” Entonces me llevaba al mercado y compraba mamoncillos, y me decía: “Mira, la uva aquí del verano es esa”, y yo asumía que esas eran uvas.
Por eso te digo que la vida de niña fue feliz, y mis padres me criaron de una manera –a los tres, pero yo puedo hablar por mí… Por ejemplo, hay una cosa en la vida que jamás se me olvidará yque yo te diría a esta altura que forma parte de mi personalidad. En una ocasión, era el mes de diciembre que mi mamá estaba haciendo los trajes de esto y de lo otro, y mi papá los smokings porque eran de alta costura, para entregárselos a los ricos –entre ellos.les cosían a los Bacardí. Entonces se me funde el bombillo… Mi casa era muy grande, como las casas de los pueblos, que ustedes las conocen, que son grandes la mayoría; entonces yo tenía mi cuarto, estaba jugando y se me funde el bombillo y yo voy donde estaban mi mamá y mi papá –yo tendría como once años, más o menos–, y les digo: “Ay, se me fundió el bombillo, papá, ponme el bombillo”. Y mi papá se va a levantar, y mi mamá le hace así, y me dice: “Tú sabes dónde están los bombillos.” Yo sabía dónde él tenía los bombillos y las cosas así, y dice mi mamá: “No, no, nosotros no nos podemos mover de aquí porque esta ropa hay que entregarla, y así sea la una de la madrugada tenemos que estar trabajando, y tú lo que estás allí es jugando.” Entonces me voy para el cuarto, yo tenía un buró de madera y una silla. Pongo la silla arriba de la mesa, me subo arriba de la cama, saco el bombillo y lo pongo, y se encendió. Y voy corriendo y digo: “Mira, lo encendí”. Y me dice: “Nunca se dice no puedo si no se intenta.” Después mi mamá me dijo que ellos estaban vigilándome por si acaso. Dice: “Pero nunca digas no puedo si primero no lo intentas.” Y esa ha sido una divisa en mi vida.
MAGDA RESIK. Marta, el periodismo es nuevo en la vida suya, el periodismo. Sin embargo, no tenemos ese record de que la escritura fuera lo que más le gustara, pero después ha recibido elogios inmensos por la escritura que realiza. Elogios de Alejo Carpentier, que yo lo recuerdo, maravilloso, cuando le prologó su libro, en fin, el periodismo ha sido ya el modo de vida, el espacio para adquirir experiencias, el que le ha dado muchas oportunidades, ¿pero era una vocación realmente?¿Usted la descubrió de algún modo?
MARTA ROJAS. Yo te decía una cosa al principio que era de la lectura, que a mí me gustaba leer por la misma curiosidad. Yo leía de todo, te lo reitero, cosas que ni se correspondían con mi edad. En mi casa estaba “El tesoro de la juventud”, yo leía cualquier cosa. Y aprendí a hacer muy buenas composiciones en la escuela, siempre me daban cinco. Pienso que es… porque en mi casa no eran incultos, pero no eran intelectuales; era gente que todos sabían leer y escribir, mi mamá perfecto, hasta mi abuela, todos, pero en fin no eran del mundo intelectual, de los que les gustaba leer, etcétera, lo que más se recibía eran revistas.
Entonces yo escribía las composiciones, me daban cinco, y después, como cuando yo estaba en sexto grado, yo tenía un noviecito –tú sabes que todas las muchachas tienen alguno que dicen que es noviecito– y yo le hice una cartica, y a otro amiguito le gustó la cartica, y entonces me dijo: “Ay, hazme una cartica a mí así”. Y entonces yo lo mismo le hacía una cartica a una hembra que a un varón, porque eran bonitas. Es la experiencia más antigua que yo tengo de la escritura.
Para la Medicina, tenía que estudiar en la Escuela Superior, que viene a ser ahora la Secundaria, y en sexto grado yo empiezo a averiguar cómo era. Tenía que estudiar dos años en la secundaria, que se llamaba Escuela Superior y después en el Instituto, cuatro años, pero con una especialidad: Ciencias o Letras. Empecé a sumar, y digo: “Ay, no, dos años de Escuela Superior, no.” En aquel momento tú te podías preparar y examinarte en el Instituto por suficiencia. Yo les pedí a mis padres que me ayudaran, y entonces una maestra repasadora me preparó, me examiné y entré en el Instituto antes de la edad, incluso un año antes de lo que debía entrar, para estudiar Medicina.
Pero una vez en el Instituto de Santiago, yo empiezo a averiguar cuántos años era Medicina, y eran siete años. Pero además de eso, la matrícula 60 pesos, esto y lo otro. Mis padres estaban dispuestos a eso, porque yo quería, pero yo me dije: “Dios mío, ¡siete años!, yo no tengo paciencia.” Y en segundo año ya yo estaba desalentada, pensaba ya en otra cosa, pero no me había decidido. Otro noviecito que tenía –que esas son experiencias interesantes, pero muy interesantes– me dice: “Oye, yo pasé por El Renacimiento –una librería– y vi que una francesa que se llama Francoise Sagan, que era una jovencita, escribió una novela. A ti que te gusta escribir cartas, ¿a que tú no escribes una novela?” Y que a mí me reten es una cosa terrible. Y le dije: “Pues mira que sí, que la voy a escribir, ¿qué tú te crees?, qué sé yo y qué sé cuánto…
Entonces me fui para la casa y escribí una novela, que la tengo guardada, y le puse “El dulce enigma”. Me leí una revista sobre una psicóloga que hablaba de la adolescencia, qué sé yo y qué sécuánto. Bueno, es una novela que tiene algún corte histórico, pero una novela de amor, pero un amor de adolescentes: “El dulce enigma”.
Iba al Instituto, y en los recesos les leía los capítulos al grupito de amigos, y cada uno decía: “Ay, pero a mí no me gusta que a fulana le pase esto y que a mengana…”, y entonces yo oía y lo ponía o no lo ponía, la cosa es que la terminé. Y le dije: “¿Tú ves que puedo escribir una novela?”
MAGDA RESIK. Fue un proceso de construcción colectiva.
MARTA ROJAS. Pero la terminé.
En mi casa se oía la radio, la CMQ, los noticieros, y en Oriente se acostumbraba –tú lo conocerás– a comer todos juntos por la tarde, o a almorzar y comer. Y oigo el noticiero de la CMQ donde dice que está abierta la convocatoria para la Escuela de Periodismo, que son cuatro años, que se puede ingresar con el título de Bachiller o por examen, y que la matrícula eran seis pesos. Y yo saqué cuentas y digo: Medicina sesenta.
MAGDA RESIK. De seis a sesenta, claro.
MARTA ROJAS. Y digo: “Mamá, eso es lo que yo voy a estudiar, porque es más barato y es también en La Habana, y a mí me gusta escribir.” Y dice mi papá: “Esta muchachita que todos los días cambia de casaca”, qué se yo y qué sé cuánto. Porque mi hermano estudiaba Comercio y siempre dijo que le gustaba la Escuela de Comercio, mi hermana más chiquita estaba aprendiendo piano, que era lo que le gustaba. Y entonces digo: “No, no, yo no voy a estar siete años estudiando.” Y mi madre dijo: Bueno, vamos a ver porque figúrate… Y le dije: “Vamos a hacer igual que cuando yo ingresé a la Escuela.” Y me preparé también en Santiago, vine a La Habana, me examiné en la escuela Márquez Sterling, que era el examen de suficiencia, y aprobé. Entre las cosas por las que aprobé, aparte de que me preguntaban de Historia, que yo leía, de estoy y de lo otro, había un examen que era muy interesante y que era vocacional y de actualidad, que tú tenías que decir qué es lo que estaba pasando en el mundo.
En mi casa se compraban todos los periódicos, mi papá siempre hablaba con mis primos sobre las cosas, y yo conocía las cosas que pasaban, que la guerra mundial, que esto y que lo otro, en fin, todas esas cosas. Ya lo tenía en mi mente. Y la geografía también me gustaba. Tenía un mapamundi grande, una bola del mundo, sabía dónde estaban las cosas. Bueno, la cuestión es que en el examen de suficiencia me preguntan, recuerdo que una cosa que me preguntaron era qué era la línea Maginot, en la Segunda Guerra Mundial. Y como yo oía a mi papá que hablaba de esto y de lo otro, conté lo que era. Y además, un mapa ciego, un mapa del mundo, te tapaban los ojos y te decían: “Dígame dónde está Nueva York, por ejemplo, o Europa, o la China”, y entonces uno tenía que decir más o menos, si tú te sabes el mapa, por dónde queda. Pero un profesor que se llamaba Juan Luis Martín, un magnifico profesor de Geografía y de Historia, dice: “Márqueme Kalimantán del Norte”, y él se equivocó, porque como era un nombre tan extraño, cuando yo buscaba las cosas de Indonesia, yo decía: hay un lugar por allá abajo que se llama Kalimantán del Norte. Y hago así: ¡pam!, más o menos, por allá por el Índico, por allá abajo. Y aprobé.
Conclusión: empecé a estudiar ya periodismo.
MAGDA RESIK. El periodismo usted lo ha ejercido en circunstancias hostiles, bajo amenazas, perseguida también, porque usted el mismo testimonio de todos lo que vio en el juicio del Moncada lo tuvo oculto durante mucho tiempo con tantos temores; lo ha hecho en muy diversas circunstancias. Incluso, muchos años después del período revolucionario también ha hecho un periodismo de riesgo, porque pensemos en Vietnam, en su presencia como corresponsal de guerra. Ha sido una mujer, yo le dije, valiente, no por gusto; lo dije porque sabemos de su historia: una mujer valiente. El periodismo para algunos puede tener un viso de algo muy ligero, muy light, una profesión divertida, que concede notoriedad, que tiene todas sus gracias; sin embargo, yo sé que para usted el periodismo es algo muy diferente, siempre lo ha tomado muy en serio desde muy jovencita. Y quisiera aproximarme a sus definiciones de lo que es el periodismo, e incluso a lo que nunca haría Marta Rojas con el periodismo.
MARTA ROJAS. ¿Algo que no haría? Bueno, en primer lugar yo lo que nunca haría como periodista es ver algo de forma indiferente. Para mí las cosas tienen, por insignificantes que parezcan, por más cotidianas, yo siempre les busco una arista que es diferente a otra. Es decir, para mí todo es importante. Y nunca dejaría de observar a las personas y a los hechos. Es una cosa innata, quizás es mi personalidad, pero en el periodismo eso se multiplica, eso es un sacerdocio.
En la Escuela de Periodismo yo era una buena alumna, pero lo que no era Abelardita. Quizás porque no quise, o porque además a lo mejor tenía inteligencia para eso. Éramos un trío, casi siempre uno busca compañeras afines para estudiar, y recuerdo que en el grupito había una estudiante –voy a decir el nombre, ya falleció– que se llamaba Blanca Nieves Tamayo. Era morenita ella y había estudiado en las Monjas Oblatas, y tenía una cultura general y una disciplina, que dan esa escuelas religiosas, muy grande, y estudiaba para cien siempre, o para cinco, lo que fuera. Y la otra compañera con la que yo estudiaba –porque era un trío que hicimos afines– era una muchacha que era novia de un cronista deportivo, de deportes. A mí el deporte me gustaba, pero no era aficionada a un deporte en particular, pero me agradaba; él se llamaba René Molina, y ella se llamaba Lucy Montero, ella era clavadista, es decir, se tiraba del trampolín, qué se yo.
Ahora, ¿qué pasa?, y eso es parte de mi manera de ser. Yo en La Habana tenía parientes, amigos, etcétera, etcétera. Mi papá tenía una hermana que vivía aquí, aunque yo vivía en una casa de huéspedes; pero yo tenía necesidad, yo comprendía que el periodismo no era ir a la escuela y meterse, como esta de las Hermanas Oblatas, a estudiar toda la noche y sacar cien puntos, sino vivir, ver las cosas, desde lo musical hasta cualquier cosa.
Y si, por ejemplo –te voy a decir, ya no es una cosa política–, había una manifestación, aunque yo no estuviera invitada, yo tenía que ir a ver qué era. Pero te voy a decir otra cosa más simple: Benny Moré tocaba en el Alí Bar, pero a veces la gente iba allí y él no iba. A mí me aseguraron que él iba una noche al Alí Bar, al otro día yo tenía un examen que era de definición, un examen para primer lugar de la Escuela de Periodismo, y estábamos ahí en pugna si la Oblata o yo, y esta otra muchacha era muy buena estudiante. Y digo: voy a ver a Benny Moré, porque a mí no me interesa sacar cien, porque yo nunca había visto en persona al Benny. Y fui con los amigos, qué sé yo, al Alí Bar, y después la gente de allí iba a un lugar en que vendían unas butifarras, El Congo se llamaba. Yo quería ver y vivir todo eso.Regresé, el examen era por la tarde del día siguiente. Fui a ver a Blanca Nieves, ella había estudiado como loco y me dijo: “Te van a suspender”, y yo le dije: “No me van a suspender nada, que me den tres puntos, pero mira, yo vi esto, esto, esto”, en fin, todo eso.
Efectivamente, fuimos, que era un examen ya casi de los últimos e importante, y efectivamente ella sacó 100 puntos y yo saqué 75, pero yo tenía mucha más vida y había vivido y conocía más que ella. No me lo planteaba así, pero a mí no me importaba, yo me conocía la asignatura y todo eso, pero yo no iba por los cinco puntos.
MAGDA RESIK. O sea, que hay que tener un equilibrio entre lo que uno puede aprender desde el punto de vista de lo intelectualmente asentado en un libro, o en el conocimiento de nosotros, y la vida.
MARTA ROJAS. Eso es fundamental. Ahora, la otra cosa, significaba haber ganado el primer lugar una beca a París por un año, que daba la Alianza Francesa. Otras instituciones también daban, la Abraham Lincoln, etcétera, pero la Alianza Francesa daba una beca a París por un año. A mí no me importó la beca a París, yo no me preocupé por eso, de lo cual me alegro porque, si yo me hubiera ganado esa beca hubiera estado en París, no hubiera visto el Moncada. ¿Qué te parece?
MAGDA RESIK. Así mismo es.
Bueno, el Moncada, a ver, ¿cómo mezclo, Marta, el Moncada, Fidel, y su ejercicio del periodismo? Porque a mí me da la sensación, cada vez que leo sus testimonios –es decir, es un tema del que usted ha hablado mucho–, a mí me parece que usted realmente hizo un juramento por el periodismo social en el Moncada.
MARTA ROJAS. Sí, mira, yo sé lo que tú dices del periodismo social, porque yo veo el periodismo como un todo, pero, claro, la vida y el hombre, el ser humano, eso es importante, y ahí entra lo social; no es una especialización.
Los dos años de práctica que se daban –yo creo que te lo conté–, que se daban las asignaturas por la mañana y por la tarde había que hacer la práctica, yo la hice en la televisión –que estaba en el boom, empezaba la televisión–, en el Canal 2 de Pumarejo. Y como era del interior, mi familia no conocía a nadie aquí, ni mis padres ni nada, pues, bueno, los que éramos del interior nos daban la radio, la televisión, y fui a la televisión. Cuqui Ponce de León era la jefa de programación, y lo único que estaba vacío para hacer prácticas de periodismo era la sección deportiva, y dentro de la sección deportiva donde más afinidades yo tenía era en el atletismo. ¿Por qué? Porque a mí me gustaba y en la escuela en Santiago, en la escuela primaria, me gustaba correr y esas cosas, no es que fuera una atleta. Pero lo único que había libre era el fútbol y, dentro del fútbol, el fútbol rugby, el fútbol americano, pero el fútbol americano, porque la gente escogía la pelota, esto, lo otro. Y había que coger, por ejemplo, las películas que traían de Estados Unidos de fútbol rugby, aprenderse más o menos cómo se realizaba ese tipo de juego, hacer un texto, como eran películas entonces había que editar –que me sirvió eso después para colaborar con Santiago en el Noticiero ICAIC– yo hacía pa, pa, pa, diez minutos o quince minutos, y te puedo describir un partido de fútbol completo, lo mismo el rugbyque el otro. Pero, bueno, era divertido.
Y entonces el examen en ese lugar, en el Canal 2 de Pumarejo, que era en Masón y San Miguel, era un reportaje en la Fragua Martiana. Había dos o tres, y yo escogí la Fragua Martiana, y Lucy, la novia de René Molina.
Fuimos a la Fragua Martiana, hicimos el reportaje de la Fragua Martiana, incluso lo pasó el Canal, es decir que lo hicimos bien; eran 15 minutos más o menos, pero lo pasaron. Incluso había un periodiquito que decía: “Las periodistas fulana y fulana…”
Bien, termino mis últimos exámenes. Aquí voy a hacer un corchete. El 28 de enero, la Marcha de las Antorchas, no era una convocatoria por el periódico; era una convocatoria verbal, la gente iba por Martí, etcétera. Yo no tenía militancia revolucionaria, simpatizaba con los jóvenes ortodoxos, porque eso eran mi madre y mi padre, y porque Max Lesnik a cada rato iba a la escuela y llevaba unos folleticos de estos porque era el presidente de la Juventud Ortodoxa, muy amigo de Fidel en aquel momento. Y lo conocía pero no tenía ningún interés. Pero, bueno, esa convocatoria era para todos los jóvenes, y yo fui a la marcha como una más, y no conocía nadie, ni a Fidel ni nada, era del montón.
Ahora, volvamos al rugby. Mis padres me mandan 40 pesos, tenía que pagar 25 en la casa de huéspedes; me quedaban 15 para comprar el pasaje, pero era Don Julio, la venta de Don Julio en El Encanto, es decir, que rebajaban casi toda la mercancía y yo tenía como tres o cuatro pesos más.
La cosa es que yo voy al Encanto a Don Julio, y me compro muchísimas cosas, unos pañuelitos, cosas que me gustaron y, cuando vengo a ver, no me alcanza para el pasaje. Estaba a 23 de julio, y yo quería ir a los carnavales.
Ya mis amigos se habían ido, mis amiguitas ya estudiaban otras carreras, y me acordé de que mi papá le cosía a un médico santiaguero que estaba trabajando en el Calixto García, y lo voy a ver. Yo sabía, porque ya tenía experiencia; ¿por qué?, porque hacía una vida no solamente de escolar –no critico a esa otra amiga mía porque fuera como era, pero yo conocía el mundo, el mundo mío, no todo el mundo.
Entonces voy a ver al doctor que conocía a mi padre, Reyes de apellido, voy a verlo al Calixto García. Y en esa etapa los políticos daban una cosa que se llamaba una boleta para la gente pobre que venía a verse o a operarse al Calixto García o a algún hospital de esos. Y te daban esa boleta para que viajaras en tren a Santa Clara, a Santiago, etcétera. Y le dije: Mire, Reyes,y le dije la verdad –porque mi mamá ya me había dicho que las mentiras no se podían decir, nada más que cuando “Lo que el viento se llevó”–, y entonces le dije: “Mire, me pasó esto.” Y dice: “Ay, Martica, pero imagínate tú, ¿y qué pasa?” Digo: “No, que yo quiero que usted me consiga una boleta porque yo estos carnavales no me los pierdo.” Dice: “Bueno, mira, en julio viene poca gente a operarse, yo la tengo; eso sí, me tienes que traer el comprobante, pero es en tren.” Digo: “Bueno, doctor, voy en tren.” Y me da la boleta.
Y llego a Santiago en el tren el día 24. Había dos salidas porque había mucha gente, lo que Fidel hablaba el otro día, la gente para los carnavales, todas esas cosas. Entonces llego a Santiago, me reúno con mis amistades, muchos estudiaban en La Habana, estaban estudiando aquí, y el 25 por la tarde –porque los carnavales de Santiago son muy participativos–, pasa por mi casa un fotógrafo, que era el representante de “Bohemia” –que aunque ya lo haya repetido esta es una cosa muy importante, porque fue una casualidad–, y me ve, y me dice: “Martica, ¿cuándo viniste?, esto y esto. Y dice: ¿Te quieres ganar 50 pesos?” Digo: “¿Qué tengo que hacer”, porque 50 pesos… Entonces dice: “Bueno, una crónica del Carnaval”, y digo: “Qué va, si yo quiero ver el Carnaval desde mi casa”. Y dice: “No, no, pero tienes que estar conmigo para que tú veas a los que yo retrato, a los mamarrachos, a las congas, qué sé yo y qué sé cuánto.
Dígole: “Perfecto, pero yo estoy con mis amigos. Vamos a Trocha.” Dice: “Pero tú tienes que estar pendiente de mí, de lo que yo tiro”. Era una pequeña área entre la Trocha y la carretera del aeropuerto, por ahí estaban los quioscos. Eso es por la noche, ya al anochecer. Dice: “Si se van tus amistades, tú te tienes que quedar conmigo.” Porque al otro día era que entregaban los premios del carnaval, pero él quería hacer eso porque Bohemia se lo había pedido. Y efectivamente, como a la una y pico o las dos de la mañana, se van yendo todas mis amistades y yo me quedo con Panchito.
Panchito tiraba las fotografías y me daba los rollos –que eran rollos Kodak, no eran de cámara digital, si hubiera sido digital se hubiera fastidiado la cosa–, y entonces yo me los echaba en los bolsillos, ustedes han visto fotos de la época, han visto fotos de Vilma, que eran unas sayas grandes que se usaban con bolsillos. Yo me los echaba ahí.
Pero había una competencia muy grande entre la conga de Los Hoyos y del Tívoli, y él quería tomar ese momento, pero eso era casi al final del carnaval.
Y en eso, yo siento: pa, pa, pa, y le digo: “Panchito, ya vienen las congas por ahí, esos son los cohetes chinos; porque los únicos tiros que yo había oído en mi vida eran los de las películas del oeste cuando iba al cine. Y dice: “No, esos no son cohetes chinos; esos son tiros. Se nos fastidió –pero con una jota– el reportaje del carnaval, así es que te puedes ir.” Digo: “No, vamos a hacer el de los tiros, si el periodismo dice que lo último es lo que siempre se publica.”
Y él se queda así, y dice: “Bueno, pero es que Quevedo me mandó a hacer el de los carnavales”, y le digo: “Pero vamos a hacer el de los tiros.” Entonces ahí los demás periodistas –yo no me considero como tal, pero estoy en el grupo– van a un periódico, que se llamaba “El diario de Cuba”, en Corona y Enramada, y una persona ahí –no le puedo decir compañero, yo no lo conocía–, hombre allí llama a un amigo que tiene frente al cuartel, por la posta 6, que la llamaban la posta de la Coca-cola porque ahí estaba la fábrica de la Coca-cola; Fidel entra por la Posta 3, esta estaba lateral. ¿Quién era? Era el doctor Portuondo, que vivía allí. Y Portuondo le dice: “No, es una bronca entre soldados, parece que la gente de Pedraza o algo de eso” –porque como todos estaban vestidos de amarillo–, pero hay un tiroteo grande, que se oye.
En aquella época –yo creo que en todo momento, pero más entonces– había que pedirle permiso, o por lo menos decírselo a los padres, y yo estaba como a ocho cuadras. Me mandé a correr, dígole: “Espérame, Panchito, que yo voy a decírselo a mis padres, a pedirles permiso”. Estaba todo el mundo en la calle: qué pasó, qué no pasó, y les digo: “Voy con Panchito para lo de los tiros”. Y entonces mi papá dice: “Pero esta muchachita está loca, no, ven para acá”, y dice mi mamá: “Déjala, que ella estudió para eso.” Y yo no esperé más respuesta, y fui. Y ahí es donde empieza… Yo todo lo observaba, porque ya era una cosa mía, nunca yo había visto eso, el corre-corre, todo, todo, yo lo llevaba en la mente, siempre tuve bastante buena memoria. Yo no llevaba nada más que un papelito, una cuartillita, porque para una crónica de carnaval tú no tienes necesidad de escribir muchas cosas, pero sí para el nombre de las comparsas si había algo muy importante, por lo menos el nombre, nada más que un papelito y el bolígrafo. Entonces voy con el grupo de periodistas para el cuartel. Ya había cesado el combate, pero ellos hacen fuerza para entrar para una conferencia de prensa que va a ofrecer el Coronel Chaviano, y yo entro en el grupo con Panchito. Panchito era muy conocido como representante de Bohemia y porque él trabajaba en la Policía Judicial, les hacía las fotos a los mariguaneros, a los comunes, que era la Policía Judicial la que los atendía, y los policías más o menos lo conocían. Entramos, había algunos soldados delante del despacho de Chaviano a esperar la conferencia de prensa. Ahí estaban todos los periodistas importantes de Santiago de Cuba, de la radio, de los periódicos, de todo.
Una cosa muy importante para los jóvenes de hoy, yo siempre que tengo oportunidad lo digo, una vez lo dije en la Escuela de Periodismo: ahora uno ve con orgullo realmente que en los periódicos dice. “Fulano de tal estudiante de periodismo”. En aquel entonces un estudiante de periodismo graduado, que no estuviera ya afiliado al Colegio de Periodistas, no podía ir a eventos oficiales, escribir y firmar en eventos oficiales; podía hacer colaboración, como yo, que iba a hacer una crónica del carnaval, pero no representar a un órgano en una conferencia de prensa, no podía. Eso se llamaba intrusismo profesional. Yo lo sabía, porque eso me lo habían dicho en la Escuela, pero un acontecimiento como ese…
Este Panchito me dice: “Óyeme, yo anduve por ese pasillo esperando a que se iniciara la conferencia, y vi que estaba una mujer de espaldas y otra y un soldado les estaba cogiendo declaraciones.” Y dice: “Mira, al fondo –porque él conocía el cuartel–, al fondo de ese pasillo está el baño de los oficiales, aquí al lado está el de las tropas. Si tú pides permiso para ir al baño, pídeselo a un oficial, que por una cuestión de elemental cortesía no te va a decir que vayas al de la tropa.” Y entonces vi a uno –yo no conocía los grados–, yo vi a uno que tenía grados, y le digo: “Óigame, ¿puedo ir al baño?”. Y él hace así, y efectivamente me manda al de los oficiales, y yo tengo que caminar hacia el fondo. Y como Panchito me había dicho que al regreso mirara a la izquierda, miré así, y efectivamente vi a esas dos mujeres.
Entramos a la conferencia y se desarrolla la conferencia. Dicen que todas las mentiras, que Prío dio un millón de pesos, etcétera, etcétera. Entonces yo quería hacer una pregunta sobre esas mujeres que yo había visto, y nadie había preguntado eso, y el fotógrafo no tenía por qué preguntar, los fotógrafos tiran fotos, aunque él no tiró fotos, porque él estaba a la expectativa para otras cosas; yo no sabía lo que era. Entonces ahí veo al Presidente del Colegio de Periodistas, Nicot, que yo lo conocía de nombre y lo había visto en otro lugar. Entonces yo me acerqué, y le digo: “Doctor” –yo no sabía si era doctor o no era doctor, pero eso se usaba, incluso hasta a los parqueadores decían doctor– “yo quiero hacer una pregunta”, y dice: “Ah, ¿tú no eres la hija de Rojas, el sastre, la que estudia periodismo?” Digo: “Sí, soy yo.” Dice: “Hazla”, pero así, como una gracia. Digo: “No, pero es que yo no estoy afiliada aún, yo acabo de terminar.” Dice: “Hazla”.
Si el presidente del Colegio de Periodistas me dijo eso… Y es una foto que hay que yo le estoy preguntando a Chaviano, y Chaviano me mira así… Y yo le pregunto: “¿Quiénes son esas dos mujeres que están ahí, que están tomándoles declaración.” Y él responde, dice él: “A nadie se le está tomando declaración, todos murieron en el combate.” Pero veo que, unos segundos después, un oficial se acerca y le dice algo al oído; no sé lo que le dice, lo sé un rato después. Entonces, ¿qué le ha dicho? Ya te dije que no lo supe en ese momento, me lo dice después el Decano este, el Presidente del Colegio de Periodistas. Le ha dicho: un fotógrafo las retrató. Porque yo no fui tomada en cuenta, yo fui al baño; la figura era la del fotógrafo.
Entonces todos pensaron, que yo incluso leí o vi hoy no sé si por la televisión que ellas se salvaron porque las retrataron. Nunca el llegó a retratarlas, ese no era su objetivo; su objetivo eran los muertos, ver las cosas. Pero el hombre sí lo vio con cámara, y pensó que las retrataron. Entonces dijo: “Bueno, de lo que me preguntó ella, a lo mejor mientras estuvimos aquí han detenido a alguien.”
Bien: así las cosas, unos minutos después hacen fuerza los periodistas para ver el teatro de los hechos. Y yo dije: “¿El teatro de los hechos? Si en las películas del Oeste, cuando matan a alguien, se queda ahí, no hay que hacer nada de eso”, pero bueno…
Pasó lo del Moncada, pasó el hecho; no voy a ampliar aquí, la gente herida y sin embargo no tenían balas en la ropa, es decir que lo habían fusilado y después lo habían vestido. Toda esa historia.
Bueno, la cuestión es que termina aquello, y Panchito, que era magnífico fotógrafo de Bohemia –él murió hace tiempo–, va tomando todas aquellas fotos. Cuando llega al polígono, no sé si él se entera o si fue por intuición –nunca se lo pregunté–,me dice: “Van a requisar las fotos para revelarlas en La Habana y distribuirlas en Columbia”. Entonces me mira de una forma rara –por eso te digo lo de la observación–, me mira de una manera; no me dice nada, me mira, me mira, y entonces empieza a caminar, y yo lo sigo hasta donde había un camión, y él coge las fotos que ha tomado de los muertos, de todos los crímenes, lo que evidenciaba el crimen, y los pone en la cama del camión, y yo me doy cuenta. Entonces yo cojo los de mi bolsillo y los coloco atrás, y él coge estos míos y los echa en su bolso, y yo cojo los de él y me los echo en el bolsillo.
Honestamente, yo lo que quería ahí… No te puedo decir que yo lo que quería era denunciar; no, yo lo que escogí ahí era salvar mi profesión, yo no te puedo engañar, yo no quería desmentir nada; yo lo que quería, en mi reportaje, la verdad, tenerla. Era eso, honestamente. Entonces, cuando vienen a requisarnos, él entrega las del bolso.
Salimos, y entonces él tenía un pequeño estudio de la revista Bohemia y revela rápidamente todos los rollos y me los da, mojados todavía y 25 pesos. Y me dice: “Mira, mañana en el primer avión –porque ya era tarde–, te vas y le entregas esto al director de Bohemia, a Miguel Ángel Quevedo o a Enriquito de la Osa. ¿Tú sabes dónde está Bohemia?” Digo: “Sí, está en la Habana Vieja”, porque estaba en Trocadero cerca de Galiano, todavía no se había mudado para acá. Dice: “En el primer avión.”
Efectivamente. Yo voy para mi casa y le digo: “Mamá, tengo que llevarle una cosa a Panchito”, no era nada del otro mundo. Cogí mi avión, desde entonces casi nunca más cogí guagua, ceo que las cojo nada más cuando me invitan (RISAS). Entonces voy directo a Bohemia, allí a Trocadero. Ahí nadie me conoce, y entonces digo: “Dígale al director que yo vengo de Santiago de Cuba”, y viene el secretario del director, un gallego que era el secretario, Pancho se llamaba. Dice: “Ven acá, ¿y dónde tú estabas?” Digo: “Yo estaba con Panchito.” “¿Tú eres de Santiago? Bueno, sube.” Subo, y me espera el gran poder de la prensa en Cuba, el más importante de aquel momento era Quevedo, era la revista que tiraba un millón de ejemplares, tenía oficinas en Caracas, en Nueva York. Entonces me espera en la puerta con un tabaco. Y me dice: “¿Tú vienes de Santiago? ¿Tú viste…? ¿Esto que tú dices que me traes es de Panchito?” Digo: “Sí.” Dice: “¿Pero ustedes están locos, ustedes no saben lo que está pasando en Santiago?” Digo: “No, si yo vi todo; mire, director…”, y le cuento más o menos”. Y cuando le empiezo a contar, me hace pasar al despacho. Pasar al despacho de Quevedo era un privilegio fenomenal, pero bueno, yo no lo asumía así. Ahora se lo digo para que lo evalúen. Y él llama a Enriquito de la Osa, fenomenal periodista, maestro de maestros de periodistas, y entonces Enriquito entra, y dice: “Bueno, ¿y qué tú viste?” Y le digo: “No, yo le puedo escribir todo lo que pasó”. Dice: “Bueno, dile a Enriquito que te dé una máquina” y hago el reportaje de todas estas cosas que les he contado, de la conferencia de prensa, de esto y aquello, y se lo doy a Enriquito. Enriquito lo ve y le hace algunas anotaciones, se lo entrega a Quevedo, y después me llama y me dice: “Mira, está muy bien el reportaje, pero no se puede publicar porque ya tenemos censores aquí en la revista, y hay una obligación de publicar el documento que va a mandar el ejército, y el director ha hecho alguna presión para poner algunas fotos, pero tu reportaje no puede salir.
Eso a mí me desalentó, pero digo: yo lo voy a ampliar para cuando quiten la censura. Pero lo dije para mí. Dice: ¿Dónde tú vives? Digo: “Yo vivo en una casa de huéspedes en tal lugar”, yo vivía en una casa de huéspedes que estaba por San Miguel e Infanta, por ahí, donde casi todos los estudiantes vivían, aunque antes había estado en Marianao, y en la de una amiga de mis padres cuando empecé, cuando acababa de llegar, jovencita, que ellos buscaron una persona conocida, pero no era una casa de huéspedes oficial. La cuestión es que le digo: “Yo voy a la casa de huéspedes”, y él me dice: “No, te tienes que ir inmediatamente para Santiago de Cuba porque ya revelaron las fotos, y ya saben que los rollos son de Panchito porque los rollos de los fotógrafos todos eran iguales, pero ellos sabían que eran de Panchito, y en vez de los muertos y de las cosas, los rollos de Panchito son de unos negritos bongoseros, dijeron así, que eran unos negritos bongoseros y unos mamarrachos, y que eran los de Panchito. Dice: “¿A ti te vieron?” Digo: “Yo fui a la conferencia.” Y dice: “¿Y quién te conoce en Santiago?” Digo: “Mi familia, mis amigos”. Entonces me mandó con su secretario a Rancho Boyeros para que cogiera otro avión para Santiago. Pero antes, se metió la mano en el bolsillo y sacó un montón de dinero, y me da quinientos, y me dijo: “Mira, el reportaje son 50 pesos, aunque no haya salido, pero este dinero es por si tú tienes que alquilar un carro, comprar un carro –tú podías dar un adelanto y comprar–, cualquier cosa. Si registran tu casa, tienes que venir para La Habana inmediatamente para tal dirección o mas cual dirección –la dirección de él o del director–, pero haz tu vida normal, normal.”¡Nunca más mi vida fue normal!
¿Continúo ahí?, porque viene ahora la cosa del juicio. Si quieren preguntar.
MAGDA RESIK. No, no, si usted está montada en ese tren.
MARTA ROJAS. Bueno, te voy a decir qué pasa, por qué no fue mi vida normal. Yo llegué el 27 exactamente, por la noche. Entonces el día 28 digo: “Yo voy a ir a los lugares donde hubiera pasado algo.” El primer lugar adonde sí fui fue al hospital civil “Saturnino Lora”, y hablé con las enfermeras, que muchos años después hice un libro que es “El que debe vivir”, que yo las volví a ver para ver si todavía vivían, después del triunfo de la Revolución. Entonces hablé con las enfermeras, con el portero, con los del cuerpo de guardia, con un médico, y me contaron más o menos las experiencias que tenían de unos días antes, de tres o cuatro días antes.
Entonces fui a Siboney para ver, para ver y observar cómo era eso, el cura que vivía frente a la casa de Siboney, etcétera, fui a Bayamo porque había una feria ganadera; pero no iba sola, siempre iba con mi ambiente, con mis amigos Entonces fuimos a Bayamo, pasamos un día en la feria, vi el cuartel cómo era, había una represión tremenda, pero yo iba en ese ambiente, yo no iba en función así como…
MAGDA RESIK. Declaradamente periodística.
MARTA ROJAS. No, porque no, además yo no había ni recibido el carné, no me había colegiado ni nada.
Entonces visité esos lugares y escribía, iba a mi casa y escribía los apuntes, en espera de cuando suspendieran la censura aquella, pero no la suspendían y no la suspendían. Y en eso, me dice alguien que iba a mi casa, que yo conocía de vista; no de vista, lo conocía porque era una gente muy popular en Santiago, él incluso bailaba en la comparsa Los Quimonos, que estaba en Trinidad y Calvario, que era Baudilio Castellanos, Bilito Castellanos, que yo lo conocía porque lo había observado en cosas relacionadas con Fidel y la Universidad, y era abogado de oficio de la Audiencia.
MAGDA RESIK. Y fue el abogado defensor de la mayoría de ellos.
MARTA ROJAS. Y entonces le digo: “Bilito, ¿y el juicio cuándo va a ser.” Dice: “Bueno, probablemente –lo quieren hacer rápido–, quizás sea en septiembre.” Digo: “Bueno, tú me avisas.” Yo sigo en mis cosas, no regreso a La Habana, pero cuando él me dice ya el día que va a ser el juicio, que era el 21 de septiembre que comenzaba en el Palacio de Justicia, en cuanto me lo dice como el día 18 ó 20, yo, con el dinerito ese que tengo, vengo a La Habana en avión también y se lo digo al director y a Enriquito de la Osa. Otra enseñanza para los más jóvenes: Enriquito era un hombre fabuloso periodista, revolucionario; tan revolucionario que cuando una de las primeras luchas, cuando la lucha contra Machado, etcétera, etcétera, que hubo un grupo de intelectuales que estaban contra eso y él fue el que le dio incluso a Carpentier –que también estaba en eso– el papel para unirse a ese grupo de intelectuales; es decir, una gente que no era un tipo reaccionario. Entonces me dice: “Ay, Martica, ¿tú no ves que si nosotros te damos una carta diciendo que tú vas en representación de Bohemia, te estamos nombrando en Bohemia? Y tú has traído una cosa muy buena, pero no te podemos nombrar en Bohemia porque no te conocemos, y además, si decimos esto te estamos nombrando; pero si tú haces algo y está bueno, te lo publicamos cuando suspendan la censura.
Cogí mi avión de nuevo y fui para allá. Veo a Bilito de nuevo, y le digo: “Bilito, yo quiero que tú me presentes a los magistrados del juicio.” Y dice: “¿Para qué?” Digo: “Porque les voy a hacer una entrevista para mandarla a Bohemia, a ver si se la publican.” Dice: “Concho, Marta”–dijo otra palabra–,“¿tú sabes que está bien? Porque esa gente no va a decir nada que no les convenga, porque ellos todos juraron los Estatutos Constitucionales, los magistrados, el fiscal” –porque, cuando el golpe de Estado de Batista, que Batista defenestró la Constitución, hizo los Estatutos Constitucionales y ellos, los magistrados que se quedaron en el puesto, fue porque los habían firmado. Así que ellos no iban a decir nada que los afectara–, así es que vamos a probar.”
Le pregunto al Presidente del Tribunal, a Piñeiro-Osorio, que ese juicio cómo era, qué características tendría. Y si ustedes leen “La Historia me absolverá” –que la han leído seguramente– hay una parte que Fidel dice que un magistrado dijo que ese va a ser el juicio más grande de la historia. Dice: “Este va a ser el juicio más grande de la historia. Figúrate, niña” –me dijo así– “que hay doscientos no sé cuántos acusados, hay tantas pruebas de convicción; por primera vez será juzgado, por el artículo tal del Código de Defensa Civil, un fenómeno de este tipo. Y me empieza a dar toda la información técnica del juicio. Hay tantas pruebas de convicción, ya se sabe quién es el autor, todo técnicamente.
Le pregunto al fiscal y el fiscal, desde su punto de vista, dice cómo iba a proceder y cómo se iba a celebrar, en qué lugar se iba a celebrar, porque es que hay muchos políticos involucrados y otros políticos no tienen nada que ver. Nada más, no había nada más.
Entonces dice Bilito: “Pregúntame a mí.” Y entonces Bilito dice: “Yo estoy obligado, como abogado de oficio, a defender a tantos acusados asaltantes que no tengan quien los defienda, estoy obligado como abogado de oficio.” Él tampoco dice nada.
Mando yo por avión –que era efectivo, efectivo el envío en esa época por avión;te llegaba inmediatamente–, voy a Cubana de Aviación, pongo un sobre en el avión por la mañana y ya por la tarde eso estaba en Bohemia. Y llamo al otro día por la mañana a Bohemia. Pregunto que qué tal. Y me dicen: “No, el censor no encontró nada, se va a publicar; eso no dice nada, pero se va a publicar.” Entonces voy y le digo al presidente: “Mire, ya yo hablé con Bohemia y se va a publicar, la censura lo pasó”. Ay, él de lo más orgulloso. Y entonces le digo: “Mire, pero como usted dice que es un juicio tan importante a mí me gustaría verlo porque usted sabe que yo no he ejercido todavía el periodismo.” La verdad. Y dice: “Me dijiste que te llamabas…” Digo: “Marta Rojas”. Entonces me pone en una lista, que ya había escrito porque ya otros órganos habían acreditado antes. Y puso: Marta Rojas, y entre paréntesis, Bohemia. Así que él me nombró en Bohemia. (RISAS)
Y así es como entro al juicio el 21 de septiembre, que fue un día espectacular.
MAGDA RESIK. Bueno, esa historia del juicio la hemos leído, la conocemos, pero en estos días se aproxima una fecha y todo el mundo está hablando del protagonista del juicio, y entonces desde esa época usted lo conoce.
MARTAROJAS. Ese fue mi gran impacto.
MAGDA RESIK. Una semblanza de ese ser hecha por usted debe ser algo muy interesante, porque además usted lo había visto crecer en el tiempo.
MARTA ROJAS. Te digo que yo lo había visto, como vi fotografías de muchos dirigentes estudiantiles o de la Ortodoxia y eso. Sabía quién era, punto; pero nunca a Fidel lo había visto de cerca, creo que un día, a una distancia, pero no tenía ninguna visión así directa de Fidel. Para mí de la Ortodoxia, como mencioné al principio, el que más figuraba era Max Lesnik. Entonces ese día para mí fue excepcional. Yo lo tengo como si en este momento estuviera ocurriendo.
Vamos al Palacio de Justicia, las salas inmensas. Todos los que estábamos allí, o la inmensa mayoría, yo creo que todo el mundo, pensaba que ese principal encartado, Fidel Castro, iba a llegar, o disgustado, o triste, o yo no sé… Yo me lo imaginaba de cualquier manera a como yo lo vi.
La sala estaba repleta –cuando te digo repleta, era que había más de ciento y pico de soldados con la bayoneta calada alrededor, y la gente sentada así, la zona de los periodistas en los flancos, detrás de los abogados, en fin, todo ordenado pero era guardias por dondequiera, por afuera, por el patio, por dondequiera. Entonces la expectativa, esperando la llegada, o sea, un tribunal atestado.
Me acuerdo que yo estaba sentada detrás de unos abogados, y cuando se abre la puerta, entra un hombre elegantemente vestido, formalmente vestido; cuando te digo elegante, te digo formalmente vestido, como un señor abogado que era, un traje perfecto, una corbata, impecable la camisa, peinado perfecto, con un rostro altivo, y hace así: prá, y suena las esposas, y dice: “No se puede juzgar a un hombre así, esposado.” Yo todavía me erizo. Y aquellos guardias a rastrillar el arma. Y vuelve a sonarlas, y las deja así… Y entonces ya esos guardias no reaccionan, se miran unos a otros esperando a que les den una orden para empezar a tirar tiros, no sé…Y entonces ahí suspende el juicio el Tribunal.
Para mí eso fue… Digo: “Estoy viendo aquí algo grandioso.” Entonces suspenden en un primer momento el juicio, y como a los cinco minutos más o menos vuelven los magistrados y se colocan, y dicen: “Bueno, se ha determinado que los oficiales ordenen quitarles las esposas a los acusados, a todos.”
Y hay un momento, los detalles, ya te digo, estamos a metros de distancia, en que yo veo que un sargento, que ya tiene entonces todos los grados, le tiemblan las manos, tienen el fusil aquí y están quitando las esposas y no saben cómo hacerlo. Eso pasó el último día también. Pero, bueno, les quitaron las esposas a todos. Les quitaron las esposas, y se sentaron en el lugar donde se sentaban los acusados. Y ahí, cuando va a empezar el juicio, cuando el pase de lista, cuando pasan la lista, se para de nuevo, y dice: “Solicito, en mi condición de abogado, asumir mi propia defensa.” Otro problema. Se miran los magistrados…
Y hay una cosa, que yo me entero después pero se las voy a contar, que es que allí han involucrados a muchos dirigentes políticos de partidos de oposición pero que algunos eran senadores, representantes, que también eran abogados, y ya habían pedido también asumir su defensa, porque ellos no habían tenido nada que ver con eso. Y parece que los magistrados tenían su preocupación, y como estos podían mañana estar en el poder, pues, en fin, eso es lo que yo pensé, y medio la razón la información mucho tiempo después.
Entonces él dice: “Bueno, perfecto, voy a hacerlo, pero primero hay que examinarlo como acusado.” Y ahí es donde se convierte el revés en lo contrario, en la victoria del movimiento revolucionario porque, de acusado, ipso facto, se convierte Fidel en acusador. Y es acusador, primero, a partir de las respuestas que él da en el interrogatorio. Porque, por ejemplo, para decir una: que le dicen que cómo él no usó otras vías, etcétera, etcétera, y no la armada, y dice: sencillamente esa fue la primera vía que yo usé, porque el 10 de marzo cuando pasó esto, cuando defenestraron la Constitución –dijo otra palabra, no ésta, pero donde se acabó la Constitución–, yo fui a la Audiencia y acusé a Batista por eso y le pedí cien años de prisión en la sala tal de la Audiencia. Él para arriba. Y le hacían otra pregunta, y para arriba, y todo el mundo en silencio, y los militares no sabían qué hacer. Y él respondiendo preguntas.
Y hay un hombre, que se llamaba Arturo Arango Alcina –nunca se me olvidará–, que era testaferro de Prío y lo involucraron porque estuvo en el Pacto de Montreal, un pacto político que hubo en Montreal después que Batista quitó a Prío con el golpe de Estado. Y le dice: “Óigame, a mí me acusan de ser el autor intelectual del Moncada y que yo le entregué a usted un millón de pesos”. Y dice él: “No, esto se hizo reuniendo el dinero…” En fin, no había pregunta que él respondiera que fuera un alegato tremendo. Pero él dice: “Nadie se tiene que preocupar aquí porque lo acusen de ser el autor intelectual del Moncada; el único autor intelectual es José Martí”, porque el programa martiano, racataca, racataca…

 

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Al día siguiente sigue el interrogatorio, pero no hacen casi ninguna pregunta porque no quieren que hable. Entonces se termina el interrogatorio, y él dice: “Bueno, solicito de nuevo asumir mi defensa.” Y le dicen: “Sí, cómo no. Siéntese.” Y él dice: “¿Y la toga?” Esa era la mundial, porque los otros no habían pedido toga. No sabían qué hacer, hasta que el presidente del Tribunal ordena que le traigan una toga. Coge la toga, y él va caminando pam, pam, pam, y se sienta en el asiento donde están los abogados.
A mí me parecía en aquel momento que era como si yo estuviera viendo a los mambises, algo que es una cosa fuera de lo común, nunca había visto nada semejante. Fue una emoción muy grande. Y ahí se plantea un fenómeno en mi vida: primero, gran interés –y por eso fui a Santiago aunque me dijeron que no hiciera nada, la vida normal, y no la hice– en que el reportaje, una cosa eminentemente profesional, que mi reportaje se publicara; después, a partir de eso, vino una cosa emocional y de solidaridad, de acercamiento a esa figura, que se fue acrecentando, y luego vino el compromiso revolucionario, posteriormente, cuando Melba y Haydée salieron de la cárcel.
Pero ya ahí mi interés no era, aunque tomara todos los datos, pero ya los tomaba con una conciencia de que no era para que me publicaran el reportaje, sino porque lo que se estaba diciendo ahí eran cosas que había que recoger para la historia. Así mismo fue.
Bien: el tercer día, obviamente, hacen la maraña y no lo llevan a esa sala. ¿Por qué? Porque ya todo Santiago de Cuba sabía lo que se decía ahí, empezando por los mismos guardias, que era el número mayor de gente que había en la sala, que lo decían: “No, que dijo esto que dijo lo otro”. Y ahí es donde toman la decisión de retirarlo de ese juicio, y sigue el juicio para los demás.
Al día siguiente, un médico que yo conocía porque era hermano de una compañera mía de sexto grado de la escuela primaria, de la Anexa, y después creo que del primer año en el Instituto, era médico de la cárcel, y recibe la orden de que le haga un certificado médico a Fidel donde diga que no puede ser trasladado al juicio porque tiene taquicardia o algo de eso, y que la taquicardia la tenían los otros. Entonces que no podía ir más o, si no, le aplicaban la ley de fuga.
El que está de supervisor de la cárcel conoce a Fidel de la Universidad, y se lo dice al médico, le dice: “Mira, la orden que hay es esta, esta y esta. Convéncelo.” Entonces el médico –que era un médico relativamente joven, que llevaba graduado ocho o diez años, pero que era un médico ya conocido– va a verlo, y le dice: “Mire, doctor” –ya nadie le decía Fidel, sino doctor Fidel Castro– “tengo la orden de hacerle un certificado médico diciendo que usted está enfermo, pero yo lo he revisado y está en perfecto estado de salud. Éticamente, si yo pongo este certificado, imagínese, yo soy un médico prestigioso, qué se yo. Ahora, si yo no lo hago, yo le digo a usted que le van a aplicar la ley de fuga.” Es decir, la ley de fuga era que cuando lo llevaran a un lugar, le tiraban tiros y decían que se estaba fugando, cualquier cosa, y lo sacaban de ahí. Y le dice: “Dígame qué hago.” Y aquí está la tremenda ética de Fidel, de ese que va a cumplir ahora 90 años, que le dice al médico –y lo sé por la relación mía con la hermanita de él, que yo la conocía, y me lo dice al día siguiente, después, esa noche–, le dice: “Doctor, ¿cómo usted se llama? “ Y el médico responde: “Fulano de tal”. Y Fidel le dice: “Actúe según su conciencia”, que si es otro, le dice: “Sí, haga el certificado para que no me maten…”
Y obviamente, lo que me dice este médico después es que él no durmió en toda la noche, no pudo dormir en toda la noche, hasta que fue a la cárcel e hizo un certificado diciendo que la emoción qué se yo, un certificado de que era recomendable que él se mantuviera reposando un tiempo allí, porque las tensiones; un certificado médico de la taquicardia de él, y se lo hace, y es lo que manda al tribunal.
Pero Fidel es un estratega: inmediatamente que él tiene la conferencia con el médico, él hace una carta diciendo que no está enfermo, y se la da a un preso común que pasa por la celda, porque estaba en una celda separada, para que se la entregara a la única persona que podía hablarle al Tribunal por su condición de abogada, a Melba Hernández, que era abogada. Le dijo: “Mira, aquella es abogada, entrégasela. Esa va a ser mi abogada.” Y cuando pasan lista al día siguiente, dicen: “Fidel Castro no está.” Dice el presidente del Tribunal: “No, hay una carta de que él está enfermo y entonces no puede venir…” Y ahí Melba pide la venia como abogada y dice: yo lo estoy representando y entrego esta carta donde dice que él no está enfermo, que manden a otros médicos para que comprueben ese certificado. Obviamente, dijeron que los mandarían en su momento, no lo mandan y no lo mandaron. Por supuesto, siguió el juicio para los demás.
Y aquí hay una cosa interesantísima, a mi juicio, de Raúl, que cuando pasa eso,hay un joven, que se para con un pantalón negro y un pulóver, pelado a la malanguita –como se pelaban, que en esa época se usaba el pelado bajito–, pide la venia y dice: “Tribunal…” Y le dicen: “No, no le toca hablar.” Y él dice: “No, un momento, yo soy el hermano del principal encartado”. Y le dicen: “Sí, sí, Raúl Castro, siéntese hasta que llegue su turno”. Dice: “No, un momento, pueden absolver a esas tres filas de políticos que están al lado porque ninguno de ellos vino con nosotros, ninguno dio un centavo. Como dijo el doctor Fidel Castro, esto fue así y así. Así es que los pueden sacar a todos, incluso a los comunistas.” Ahí estaba Lázaro Peña, estaban casi todos, todo el grupo de comunistas, que estaban en Oriente porque habían ido casi todos al cumpleaños de Blas Roca en Manzanillo, que coincidía en esos días.
Entonces se suspende la sesión y, cuando regresan, les dicen a los políticos que, bueno, que como el hermano del principal ha dicho que ellos van a confesar todo, y realmente la presencia de ustedes, que si ustedes quieren quedarse por aquí se pueden quedar, pero no están involucrados en esto, porque ya de hecho… Es decir que él los absolvió.
Ellos se quedaron, porque allí estaba incluso el presidente del Partido Ortodoxo, Millo Ochoa, que era senador, y el otro y el otro y el otro, para ver.
Ahora, se suspende aquello. En el caso mío –para no desvirtuar–, yo cada día tomaba nota no en una libreta sino en una hoja de papel, en una cuartilla como le llamamos los periodistas, y le hacía así a la cuartilla, la ponía chiquita. Digo: “Por si un día quieren quitármela pues yo esto me lo trago, lo pongo aquí o lo boto.” Entonces llegaba a mi casa y enseguida me sentaba a ver si entendía mi letra; primero contaba lo que pasó y después me sentaba en la máquina y escribía diariamente, como si se fuera a publicar ese día, disciplinadamente.
Quiero decirles que desde ahí a mi casa, tanto yo como cualquiera de los que estuvieran allí como otros abogados y eso que iban al juicio grande, al juicio de la sala grande, contábamos las cosas, y todo Santiago ya lo sabía.
Llego, se suspende el juicio para los demás, yo voy todos los días a la Audiencia para ver qué día la Causa 37, que era como se llamaba, vuelven a abrirla para Fidel, hasta que por fin un día aparece una nota diciendo: Causa 37, 16 de octubre –creo que la nota aparece el 8 o el 10; no, el 14 o 15 fue que apareció–, Palacio de Justicia –pero muy corto, así–, la próxima semana.
Entonces la próxima semana voy, y el mismo día 16 de octubre dice: “Hoy, 16 de octubre, se celebrará la vista que se estaba celebrando en el Palacio de Justicia, pero en el Hospital Civil.” Y de ahí fui para allá. Al lado mío había un joven que se llamaba Arístides Garzón Masó, que era periodista de una radio importante de allá, pero que le interesaba el juicio porque él estudiaba Derecho también y quería hacer una tesis sobre los tribunales de urgencia, y fue a todas las vistas. Los demás periodistas iban, 25 que estaban acreditados, pero iban un rato, tomaban el nombre de las personas que declaraban y se iban a hacer otros trabajos, porque no les ibanpublicar nada.
Entonces los primeros seis que llegamos allí al hospital estaba el Presidente del Tribunal pasándolos. ¿Por qué? La Historia me Absolverá, el alegato que después aparece reescrito por él, –porque él lo pronunció verbalmente–, él tuvo tiempo de elucubrar todo eso desde el día que lo sacaron del juicio grande hasta el 16 de octubre. Fíjate que a él lo sacan como el 24 de septiembre más o menos y el juicio es el 16 de octubre. Es decir que él lo tenía elaborado, pero no escrito. Entonces, en esas condiciones, cogen la sala chiquitica, que era la quintaesencia, un pedacito así, la sala de estudio de las enfermeras, y el ardid que usan es que hay un combatiente, Abelardo Crespo, que está herido en un pulmón, está en una cama fowler y no lo pueden llevar a la Audiencia, que está como a unas cuadras de allí, y otro que involucraron en el juicio, que no tenía nada que ver, pero que lo involucraron porque era de un sindicato comunista qué sé yo y qué sé cuánto.
¿Las sillas por qué estaban? Porque los juicios de los tribunales de urgencia tenían que ser orales y públicos. Y él mismo dice en La Historia me absolverá –que yo les decía hace un momento que ustedes seguramente lo han leído–: “Tengo como único público a seis periodistas, en cuyos órganos de prensa no podrán publicar nada.” Como único público, que era obligatorio que hubiera público. “No podrán publicar nada”, eso él lo dice en el contexto de todo aquello.
Bueno, el fiscal, que ustedes han visto en películas y en veinte cosas, que es el que más elabora y dice cosas contra el acusado, en este caso se limitó a decir: “Usted va a ser juzgado por el artículo tal y más cual por haber violado la Constitución.” No lo dice así, sino técnicamente: “los valores constitucionales del Estado”. Constitucionales del Estado, que eso es muy importante. Entonces punto. Y el interrogatorio, muy breve todo. Y ahí él vuelve a pedir su toga para su autodefensa y es cuando empieza a pronunciar el alegato. Y hay un momento –la sala era chiquitica, pero llena de soldados con sus bayonetas– en que él dice: “Gracias por la atención que me están prestando; ojalá aquí tenga a un ejército entero.” Fíjate en la perspectiva histórica: él se da cuenta, en medio de esa situación, de que los soldados empezaron así cuando él llegó, y después estaban así, oyéndolo. Por eso él dice: “Ojalá tenga aquí a un ejército entero.”
Y hay otra cosa de visión, de visión extraordinaria de este gran ser de 90 años, que es la siguiente: unos minutos antes que eso salió en la televisión creo que en el Noticiero, en una entrevista, que lo dijo María Antonia Figueroa, que dos muchachas en Santiago, María Antonia Figueroa y Nilda Ferrer, una empleada de Comercio y la otra profesora de la Escuela Normal, se meten por la noche en el hospital para, cuando él entrara, decirle: “Santiago de Cuba está contigo, la solidaridad de Santiago”, y él cuando pasa les vira la cara; se pega a donde están los soldados.
Pasan los tiempos. Cuando sale de la cárcel de Isla de Pinos, que después de aquel momento lo veo por primera vez… Voy a hacer este cambio porque es importante. Yo voy con Haydée y Melba a la estación de ferrocarril, ya yo estoy en contacto con Haydée y Melba desde que ellas salieron, etcétera, etcétera; entonces voy con ellas a un edificio que todavía existe en 18 y 23, donde vivía Lidia Castro, la hermana mayor de él por parte de padre. Voy con ellas, y él me ve, y me dice –él ya sabe cómo yo me llamo, Haydée y Melba se lo han dicho, en fin, ya existe todo eso. Me dice: “Oye, Marta, tú eres de Santiago, ¿no?” Digo: “Sí”. Dice: “Ven acá, ¿tú viste unas muchachas que salieron cuando yo iba a entrar…?” Digo: “Sí”. Y dice: “¿Tú sabes cómo se llaman?” Digo: “Cómo no, María Antonia Figueroa y Nilda Ferrer.” Y dice: “¿Pero tú sabes dónde viven?” Digo: “Sí, yo sé dónde viven, si viven en el barrio tal, una en la calle Carnicería y la otra vive en tal lugar y trabaja en la tienda más cual”, porque yo las conocía. Dice: “Oye, dale esos datos a Yeyé –a Haydée– para que las mande a buscar.” Y ahí viene el caballero español; yo digo el caballero español porque es un modo de decir, pero el gran caballero, el revolucionario, pero el gran caballero. Dice: “Yo tengo que darles una excusa porque yo en la cárcel estaba pensando cómo me porté… ¿Tú viste cómo yo hice?” Digo: “Sí, cómo no.” Dice: “Bueno, yo tengo que darles una excusa.” Entonces me desentiendo de eso.
Transcurre una semana, y yo veo a María Antonia aquí en La Habana, la reunión creo que fue en casa de Melba ahí en Jovellar… Entonces le digo: “Bueno, María Antonia, ¿y qué, cómo fue la reunión?” No, espérate, él me dice una cosa: “¿Pero tú las conoces de verdad, pero tú las conoces?” Digo: “Sí”. Dice: “Mira, una tenía una blusa con unos ovalitos negros, era trigueña; y la otra era rubia, estaba vestida de blanco y tenía un lunar azul aquí, en el cuello.” Fíjate cómo él se fijó en eso.
Ahora, ¿qué le dice a María Antonia?, según cuenta María Antonia: “Yo les tengo que pedir excusas porque fue un acto de solidaridad valiente, esto, lo otro, pero qué malas revolucionarias son ustedes.” Dice que, cuando les dijo eso, ellas se quedaron…“¿Ustedes no sabían que esa era la única tribuna que yo tenía, y que si yo acepto ese acto de ustedes, si yo me solidarizo, o por lo menos les respondo algo, lo menos es que me hubieran matado, sino que me sacan de ahí y me llevan, sabe Dios dónde me juzgan. Y era la única tribuna que yo tenía para explicarlo todo. Pero de todas maneras, se lo agradezco. Y es más: tú eres profesora, y la otra del comercio, y ustedes van a ser las primeras militantes del Movimiento 26 de Julio.” Él acababa de venir de Isla de Pinos, que en El Pinero es donde se organiza el Movimiento 26 de Julio. Y le dice a María Antonia: “Tú vas a ser la primera tesorera de la provincia de Oriente” –que todavía no estaban divididas las provincias–, en Santiago de Cuba.”
Entonces dice María Antonia que ella no salía de la casa, y le dice: “¿Bueno, qué, ¿cuándo te vas?” Y dice ella: “No, Fidel, yo me voy mañana, yo vine con mi mamá.” Venía la gente a hablar con él… y María Antonia le dice: “Fidel, bueno, ¿y el dinero?” Dice: “¿El dinero? Ah, no, ese lo buscan ustedes. Yo no tengo nada, yo acabo de salir de la cárcel. ¿Tú no dices que conoces a mucha gente, y que conoces a un joven” –que era Frank– y a no sé quién? Pues ustedes reúnen el dinero.” Entonces así fue la cosa.
Pero volviendo al cuartico aquel del hospital, él termina su alegato que es todo el programa, donde él describía todo el Programa del Moncada. A él le piden 30 años y le echan 15, y mucha gente se preguntaba cómo era posible, de 30 a 15. Y es porque él demostró jurídicamente, y los otros lo acataron, que él no había violado los poderes constitucionales del Estado, porque no había Constitución porque Batista la había quitado y había puesto en su lugar un decreto-ley, que eran los Estatutos. Luego entonces él nunca violó los poderes constitucionales. Es más: él le pidió cien años a Batista por haber violado la Constitución. Entonces eso, como lo juzgaron por otros artículos, le echaron 15 años nada más.
Sigue el alegato, y cuando él ya termina, al final, la sala está en un silencio tremendo, después que él dice “La Historia me absolverá”, ya él está parado como de aquí allí, porque era una salita chiquita, Fidel está parado así, y dice: “Bueno, terminé”. Y ahí todo el mundo estaba…
MAGDA RESIK. Embelesado.
MARTA ROJAS. Embelesado, empezando por el Tribunal.
Cuando el Tribunal sale, pide permiso para discutir la sentencia –que era un teatro, porque ya ellos sabían cómo lo iban a sentenciar–, él empieza a caminar, a hablar con Abelardo, con este y con el otro, pasa por donde están los periodistas, y pasa por donde yo estoy, y me dice: “¿Tomaste nota? Pero no se va a publicar.” Y dije: “No, pero yo lo voy a guardar.” Y me hace así…”Pero no te me apures.” Digo: ”No, pero yo lo voy a guardar, Fidel.”
Entonces ahí vuelve a producirse lo de las esposas, tienen que esposarlo para salir. Entonces ahí uno de los carniceros –que le llamaban el carnicero, así que debe haber matado a un montón de los del Moncada; me lo dijo Bilito, que lo llamaban así– entonces le dan para que le pongan las esposas, y entonces ese tipo, que había matado a tanta gente, empieza a ponerle las esposas, y dice: “Chico, dame acá…Mire, teniente Canto, póngamelas usted o mande a otra gente, que este me va a romper el reloj.”
Ese es el personaje de los 90 años, y todo lo que viene después no tengo que contárselo porque, en fin, eso es una cosa y otra y otra, y es la continuación de todo aquello.
Terminó eso, y yo cogí todo aquello, escribí la información –no es que escribí “La Historia me Absolverá”; escribí la información periodística de todo aquello, y al día siguiente vine en avión para La Habana a “Bohemia”, que todavía yo tenía la platica aquella, y se lo llevo al director de “Bohemia”. Yentonces lo cogen él y Enrique, y dijo: esto merece cien puntos. Y le dije: “¿Pero no me dijo que si yo hacía esto y se suspendía la censura me lo publicaban?” Dice: “Martica, pero si yo publico esto, figúrate tú, es una “Bohemia” completa, son 200 páginas, hazme doce cuartillas.” Entonces yo hice una síntesis de doce cuartillas, hice la síntesis y volví a Bohemia. Dice: “¿Dónde tú trabajas?” Digo: “No, yo voy a trabajar en la televisión, que voy a ganar un salario como de 400 pesos o 600 porque iba a dar la noticia ahí, a la vista del público –así es como le llaman en televisión– y a proyectarla, escribirla y proyectarla, y además había una competencia, porque en la CMQ habían puesto una mulatica que se llamaba Jazmín, que era magnífica locutora y era de los Mestre,y Pumarejo quería una mulatica. Entonces yo estaba aprobada por Mestre para el noticiero de televisión, pero ni me presenté. Entonces me dice él: “¿Te gustaría trabajar aquí con Enriquito en periodismo de investigación?” Digo: “Sí.” Dice: “Bueno, pues ponte de acuerdo con Enriquito.”
Primero de enero, dos de la madrugada. Ya se sabía –porque yo estaba trabajando ya en la sección En Cuba, que, aunque no saliera, siempre se hacía la información para cuando se suspendiera la censura. Por cierto, cuando la suspendieron una vez, pusieron las dos o tres cuartillas…
Entonces llaman a la casa de huéspedes donde yo estaba, y le dicen: “Es Miguel, con Marta.” Y la señora me dice. “Marta, es Miguel.” Yo hice así, y me dije: ¿amigo mío Miguel? Digo: Yo no tengo ningún conocido llamado Miguel, de momento, porque él no decía que él era el director. Cojo el teléfono, y me dicen: “Marta, es el director. ¿Tú tienes el mamotreto ese ahí? Digo: “Aquí no, lo tengo en casa de la niñera, y me dice: “Bueno, te voy a mandar a mi chofer porque ya Fidel está entrando en Santiago de Cuba y eso tiene vigencia de nuevo. Ven para acá, saca lo que puedas… Sabíamos que estaba al decantarse eso, y fue así. Entonces salió en la primera “Bohemia”.
Ese es el episodio de esto.
Ahora, por ejemplo, como tú comenzaste por la cosa de la literatura –y perdóname que te interrumpí–, hay una cuestión: cuando yo armo todo aquello, no lo hago como un sumario de si a las nueve de la mañana comenzó el juicio, porque como tengo la vivencia de que hay censura, yo no sé cuándo lo van a publicar, y entonces yo lo armo de una forma distinta, como si fuera un cuento, con lo que va pasando, y le agrego el prólogo de Carpentier, etcétera. Ese es ese episodio; es decir que ahí había un poco de literatura; pero inconscientemente yo lo hacía desde el punto de vista de la estructura, que es lo que Carpentier menciona ahí en el prólogo.
MAGDA RESIK. Y que Fidel está indisolublemente ligado a su modo de hacer periodismo.
MARTA ROJAS. Exacto.
MAGDA RESIK. Ahí fue donde se formó usted realmente.
MARTA ROJAS. Es así.
MAGDA RESIK. A mí siempre se me va el tiempo con Marta y no puedo hablar de lo que yo tengo muy pendiente con ella. En algún momento lo haremos, que es hablar de toda la obra literaria de Marta, que es vastísima.
MARTA ROJAS. En diez minutos te voy a decir algunas cosas.
MAGDA RESIK. A ver. Siempre nos sumergimos en esto…
MARTA ROJAS. Después que hice muchos recorridos con Fidel, Vietnam, todo eso que tú sabes, período especial. Yo soy una de las personas beneficiadas por el período especial. Nadie dice eso. ¿Por qué? Porque yo escribía, en los recorridos y en lo que se presentara, doce y catorce y dieciséis cuartillas, y en el período especial, que empezó en el noventa, tenía que escribir doce,trece o catorce líneas, porque los periódicos eran tabloide y dos o cuatro paginitas. Muchos periodistas se fueron, pero yo dije: “Ah, yo no me voy.” En eso llegaron las computadoras que mandaban los alemanes de la RDA, y llegaron después que cayó el Muro de Berlín; pero, bueno, aprendí la computación.
Y entonces ahí empecé… Digo: “Concho, voy a hacer algo sobre esto.” Y la primera novela que yo hice, “El Columpio de Rey Spencer”, es a partir de una experiencia con Fidel, es una experiencia humana, que la voy a contar: ciclón Flora.
Cuando el ciclón Flora, yo estuve en el recorrido con los periodistas –no yo sola, muchísimos periodistas–, pero llegamos a un lugar donde había un deslave en una montaña y todo el mundo, los arquitectos, los ingenieros que estaban allí hablando de cómo poner el camino. ¿Y qué hizo Fidel, lo primero? Dice: “¿Y quiénes vivían allá arriba?”, porque no se podía caminar por allí. Le dicen: “No, son unos haitianos y unos jamaicanos que tienen unas siembras.” Y dice: “Los haitianos y los jamaiquinos, que lucharon tanto por la economía de Cuba. Llámenme a Augusto Martínez Sánchez.”
Y le dice a Augusto Martínez Sánchez: “A esa gente les tenemos que dar una atención vitalicia. Y las primeras chequeras de pensión que se hicieron en Cuba, incluso en una computadora del Ministerio del Trabajo, fueron para los jamaicanos y los haitianos de Pinalito, que era el lugar del deslave de la montaña. Eso yo lo pasé en un reportaje del Flora que hice. Dije: “En Pinalito hubo un deslave.” Pero eso me dejó impresionada, el factorese humanos, en medio de todo eso. Y cuando vino esta cosa de que tú tenías tanto tiempo, dije: voy a escribir que podía escribir sobre los haitianos y jamaicanos, y fue mi novela “El Columpio de Rey Spencer”, de la fusión en de la formación de la nacionalidad cubana.
Porque para mí la historia es contar los hechos. La novela es llevar esos hechos a la emoción de las personas –que se puede buscar por muchas corrientes, por muchas vías–, a la emoción de las personas, y darles vida también adicional a los personajes. Lo de Pinalito fue una nota de todas las cosas del Flora, pero eso me dio la esencia de la vida de toda esa gente. Y después vino otra y después vino otra, hasta “Las Campanas de Juana la Loca”.
MAGDA RESIK. Hasta “Las Campanas de Juana la Loca”, que la historia es hermosísima. Tienen que acercarse a esa novela. Yo creo que nosotros podemos hacer, Rubiel, una segunda temporada con Marta Rojas sobre su novelística, que sí puede ser, porque hemos vencido un tema que, por supuesto, era un tema muy apasionante y muy importante hoy, pero en otro momento hay que sentarse a hablar de sus novelas.
MARTA ROJAS. Porque es toda la formación de la nacionalidad cubana en todos los sentidos.
MAGDA RESIK. Con todo, y las distintas influencias culturales. Hoy estábamos teniendo un diálogo ahí sobre “Las Campanas de Juana la Loca”, que es una novela exquisita, que mezcla la historia de la relación con Europa, la historia de las minas del cobre y de los alemanes, en fin, son historias muy apasionantes, que todas tienen que ver con esa curiosidad innata de ella y esa pesquisa permanente y su condición de observadora, porque adondequiera que va está observando y está anotando, y son referentes para estudiar la cultura cubana muy importantes hoy, que parten de esa investigación profundísima de nuestra historia, aunque después ella diga: “Tiene un 80% de ficción y un 20% de realidad.”
MARTA ROJAS. Claro, porque hay que darle emoción para que la gente la siga, pero en el fondo es la cosa lineal. Las relaciones de Cuba y Estados Unidos, por ejemplo, están en “Santa Lujuria”, y están en “El Harén de Oviedo” y en todo eso; con China en “El equipaje amarillo”, la fusión de los chinos, en fin, buscando siempre eso, pero insuflándolo para que no sea la aburrida historia.
MAGDA RESIK. Y yo realmente tengo esa deuda; espero que la vamos a saldar, porque la vida previa a la Revolución de Marta como periodista es tan apasionante, que a veces opaca un poco esta otra fuerte vocación de ella que es la de escritora.
MARTA ROJAS. No, es el momento en que estamos.
MAGDA RESIK. Exacto. Y también una fecha muy cercana. Y hay que entonces, en otro momento, conversar sobre su obra literaria, que ya es una obra que nos ha aportado mucho.
Marta, yo siempre le agradezco mucho su tiempo, la pasión con que usted suele contar esa historia que ha vivido, cada vez que la cuenta, que yo pienso que deben haber sido decenas de decenas de veces. Y siempre lo hace con la misma pasión esa revivida, que a nosotros nos tiene que servir de ejemplo.
Mucho le agradecemos su tiempo, que haya estado con nosotros hoy.
Gracias (APLAUSOS)

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