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María de los Ángeles Santana (XXXV)

3 de enero de 2020

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Para los lectores de esta sección procedemos a intercalar capítulos de nuestro libro Yo seré la tentación: María de los Ángeles Santana, publicado por el sello Letras Cubanas, cuya tercera edición acaba de ser puesta a la venta en ocasión de la Feria Internacional del Libro de La Habana correspondiente al 2017.

 

Críticas de Sucedió en La Habana destacan la participación de la Santana en el largometraje. Un rotativo afirma que dotada «[…] pródigamente de bella y bien timbrada voz, reúne, además, los caracteres de la hermosura criolla y resalta espléndidamente con el número musical en que figura en esta película». A su vez el Diario de la Marina publica una fotografía de la novel artista y asegura: «María de los Ángeles Santana, admirable intérprete de la canción cubana que se ha revelado en la gran película nacional Sucedió en La Habana. Los críticos más severos consideran que en breve habrá de ser nuestra máxima estrella de la pantalla. En sus bellos labios nuestros ritmos y melodías adquieren suprema dulzura y elegancia».

Al comenzar en el cine cubano con Sucedió en La Habana, las primeras críticas me mantuvieron en constante zozobra. Me costaba admitir que el nombre de una simple criatura como yo, surgida de la nada, apareciera junto con el de personalidades de nuestro arte, un elenco de «monstruos sagrados» que, si bien aún no dominaban la técnica cinematográfica, sabían plantarse delante de un público y decir perfectamente un texto teatral. Contaban con eso que en el teatro denominan «pista», de lo cual yo carecía.

Eso sí, me apoyaron dos excelentes padrinos: Oscar Zayas y José Sánchez Arcilla, quien me dio demostraciones de cariño al verme temblar a veces por la presencia de los consagrados con que debuté. En más de una ocasión me explicó: «Aún no eres artista, te falta bastante para serlo. Por eso, sé tú misma, lo hermoso de tu trabajo aquí se basa en tu espontaneidad y frescura».

Sin embargo, no dejé de impresionarme con frecuencia en el nuevo mundo que para mí significó Películas Cubanas, sobre todo después del estreno de Sucedió en La Habana y Oscar Zayas invitarme a encarnar un personaje en la próximo largometraje programado por la compañía bajo la dirección de Peón: El romance del Palmar, en la cual Rita Montaner sería la principal protagonista. Y unas semanas antes de empezar su filmación tuve la oportunidad de conocer a alguien llamado a definir mi futuro: el maestro Ernesto Lecuona Casado, al que estrenaría una canción en mi nuevo fogueo cinematográfico.

Por primera vez María de los Ángeles Santana relaciona su nombre con el de Ernesto Lecuona, que en 1938, cuando transcurre aquel encuentro entre ambos en la residencia habanera del maestro, ya es considerado el más famoso compositor en la historia de la música criolla.

Sánchez Arcilla me llevó a ver a Lecuona, que en esa época vivía en los altos de una casa situada en Infanta y Zanja, donde nos abrió la puerta su hermana Ernestina. Ignoraba si el maestro sabía algo acerca de mí tras el estreno de Sucedió en La Habana, pero estaba informada de que tenía el compromiso con Roig de crear una canción para ser estrenada por una «debutante» en El romance del Palmar.

Fui prácticamente obligada por Sánchez Arcilla, que en su insistencia al convencerme expresó: «Voy a llevarte a conocer a Lecuona, sea como sea. N6o lograría entender que vayas a estrenarle una canción sin él verte antes». Fui con pánico, me imaginaba el inmenso caudal de juicios que el maestro podía formarse sobre una persona y hasta el instante de ponernos frente a frente pensé: «Este hombre me da la gran oportunidad de mi vida o me hunde para siempre».

Me quedé absorta al presentarnos y decirme:«Mucho gusto». Él contaba en esa época con 42 años de edad y estaba en la plenitud de todo. Recibí una impresión idéntica al deslumbramiento que provoca contemplar una grandiosa obra arquitectónica. El maestro Lecuona poseía una estatura imponente, eran seis pies muy erectos y caminaba con el paso firme, seguro de sí mismo. Tenía una complexión atlética, la piel muy blanca, el pelo lacio y negro, peinado hacia el costado, y un perfil recio. En la cara abundaban pequeños lunares y sus cejas, si bien no se caracterizaban por ser espesas, le servían de buen marco a unos impresionantes ojos negros, que parecían cambiar de color según su estado de ánimo, de acuerdo con lo que escuchaba y veía. Semejaban dos saetas y no podían olvidarse por una particularidad: eran incisivos, escrutadores, y al mismo tiempo brotaba de ellos dulzura y mansedumbre. Después me sobrecogió su voz, por hablar bajito, pero con la fuerza de un criterio acertado.

A lo mejor percibió el estremecimiento de mi cuerpo y de mi respuesta al preguntarme: «María, ¿qué canta usted de mi música?» y yo empezar a citarle títulos de distintos autores sin mencionar uno suyo, algo que después me recriminé, aunque él se reía siempre al recordarlo. Insistió: «No me ha dicho qué conoce usted de mi obra». Y con la audacia de una novata atrevida me repuse de la emoción de encontrarme frente a Ernesto Lecuona y más o menos contesté: «Maestro, he venido a su casa en contra de mi voluntad y sólo para complacer a Sánchez Arcilla. No se trata de subestimar esta entrevista con usted, al contrario, la considero inmerecida por una razón: conozco poco su música, es difícil y si se pretende interpretarla debidamente hay que ser una de las figuras de sus conciertos y dominar una serie de cosas, a pesar de acompañarme una buena enseñanza musical en este difícil pasaje de mi vida». Entonces cánteme algo de lo que usted conoce», respondió.

Empecé a romperme la cabeza a ver qué podía interpretar de él y nada se me ocurría. Tal vez para sacarme del apuro, el maestro me indicó: «Mire, no la voy a forzar. Cante cualquier obra». No recuerdo el título escogido, pero estoy segura que ninguna relación tenía con su música. Cuando terminé, me dijo que se había impresionado con los movimientos de mis manos al cantar y, a seguidas, anunció: «Espere un aviso mío». Efectivamente, pasaron unos días y recibí una invitación del maestro para volver a su casa y ensayar en su piano la canción que, con música suya y texto de Álvaro Suárez, le estrenaría en El romance del Palmar: Tengo un nuevo amor.

Indiscutiblemente, esa obra representó algo grandioso en mi vida, por primera vez un maestro de la categoría de Ernesto Lecuona creaba una pieza con el fin de yo estrenársela, aparte de que me la enseñó y ensayó en su piano. Con ella bien aprendida me incorporé al rodaje de El romance del Palmar, mi prueba de fuego al enfrentarme de golpe y porrazo en el ambiente artístico de Películas Cubanas a la garra de la hostilidad, a cómo en una figura consagrada puede manifestarse el miedo a que la nueva le arrebate el éxito alcanzado y su irritación de una manera distante de criterios que yo consideraba esenciales en la vida.

Eso lo padecí al inicio con la principal protagonista del filme: Rita Montaner, quien poseía su método para acercarse a los demás y exponer su supremacía. A ella la dominaba el ansia de ser absoluta, como a veces en cualquier latitud del mundo se proyecta una personalidad de su dimensión ante los que debutan y, en algunos casos, erróneamente piensan que su juventud equivale a «¡sésamo ábrete!» para rebajar lo sembrado por valores precedentes. Sin embargo, al asomarme a un medio tan difícil fui completamente distinta en ese sentido. Pese a la inexperiencia y mis 23 años, me comporté tal y como era: ingenua, sedienta de aprender, deseosa de recibir enseñanzas de la gente talentosa que me rodeaba, entre la cual sólo pretendía encontrar un ejemplo a seguir en mi trabajo.

Rita, con ese carácter suyo que calificaban de cáustico y sus recursos humorísticos, comenzó a lanzarme dardos. Recuerdo que Rogelio Dalmau, uno de los más importantes modistos de La Habana, diseñó y confeccionó varios de los principales vestidos de lujo usados en El romance del Palmar, entre ellos los de la Montaner y los míos. Con uno de esos vestidos, muy ceñido en la parte de arriba y abierto en la inferior, yo cantaría Tengo un nuevo amor. Al probármelo y salir delante de varios artistas participantes en la filmación todos elogiaron lo bien que me quedaba. Margot Alvariño exclamó: «Es el traje más lindo de la película». La Montaner, que se encontraba cerca, me miró detalladamente y dijo: «En realidad, parece una copa de champán boca abajo». La frase resultó genial, contaba con una agilidad especial para ponerle a cualquiera un mote, al extremo de bautizarlo así. Lo único que en esa oportunidad no prosperó lo de la copa de champán, permaneció con la boca abajo, tal como ella calificó a mi vestuario.

Además de las críticas favorables por mi actuación en Sucedió en La Habana, tal vez también preocuparían un poco a Rita ciertos halagos que empezaron a hacerme en el proceso de rodaje de El romance del Palmar, los cuales iban más allá de mis cualidades físicas y se concentraban en aspectos de mi preparación intelectual y vocal. Al coincidir ambas en el salón de maquillaje inició una serie de comentarios evidentemente dirigidos a mí. Como yo no respondía a sus cuchufletas, decidió subir el tono de sus frases: «¿Qué le verán? Total, nada más tiene estatura, ojos y pelo», si me había impuesto por el parentesco con Oscar Zayas, que era una protegida de él…, en fin, todo cuanto se le ocurrió pensar.

Ese sonsonete a diario, sus frecuentes pullitas, lograron molestarme y en un acto de verdadero valor —en realidad había que tenerlo para enfrentarse a la Montaner—, un buen día me levanté del asiento y fui hacia donde la maquillaban. Con gran respeto le dije: «¿Rita, puede escuchar dos palabras? Necesito conversar con usted». «¿Qué quieres?», me preguntó categóricamente poniendo su voz nasal, como acostumbraba a hablar muchas veces. «Mire, explíqueme la causa del aguacero de expresiones suyas que me cae encima antes de emprender nuestro trabajo. Usted dice una serie de frases dirigidas contra mí. ¿Tengo algo que pueda hacerle sombra? ¿En qué puedo perjudicar su fuerte personalidad? Su nombre cuenta con prestigio. Por mucho que haya padecido, llegó a la cima de lo anhelado en esta profesión, la simpatía del público le sonríe dondequiera y es la niña mimada de los empresarios. Ante eso, ¿qué valor puedo poseer yo si no es el privilegio de estar cerca de usted para ir conformando mi personalidad artística? No soy nadie, Rita. Simplemente estoy aquí por Oscar Zayas, quien quiere darme una oportunidad en su propósito de formar un grupo de artistas en Películas Cubanas. ¿En qué puedo perjudicarla?, ¿qué tengo yo?», volví a preguntarle.

Escuchó inmutable mi perorata y al terminarla se levantó del sillón de maquillaje, se puso frente a mí y respondió: «¡La juventud, carajo! ¡¿Quieres más?!» La palabrota redondeó su contestación y lejos de ofenderme me hizo reír, secundada por los presentes en el salón. Pensé: «¡Dios mío, qué clase de ingenio tiene esta mujer! En lugar de recurrir a algo más hiriente para expresar el verdadero móvil de su actitud conmigo ha llegado a decir algo que la rebaja a ella misma al mencionar lo único que intenté evadir en este momento: ¡mi juventud!»

Después, la Montaner cambió completamente su postura inicial hacia mí, al percatarse de que jamás intenté hacerle sombra en nuestro trabajo común, en el cual ella siempre sería la estrella absoluta de la película. Fue una persona con el complejo de ser mulata en un país donde muchos discriminaban al negro. Y en sus relaciones personales se agrió bastante a causa de resentimientos por varias imitadoras que le salieron al paso, logrando nada más imitaciones burdas, ni remotamente pudieron ser primeras en todo, como Rita Montaner.

Sin embargo, tuvo una extraordinaria virtud: no procedía con doblez. Si se manifestaba con uno de determinada forma, así lo sentía y algunos que disfrutaron la posibilidad de conocer en la intimidad a otra Rita me contaban cuán distinta era, dada su sensibilidad; cómo estaba llena de cualidades que hacen inolvidable a un ser humano. Conmigo no utilizó el besuqueo, ni el halago excesivo —no le hizo falta por su condición de dueña y señora de la escena—, pero en las oportunidades que coincidimos, se comportaría de un modo franco, abierto. Yo siempre procedí con ella igual que me trataba y nunca me valí de la adulación. Creo que estaba harta de agasajos, de que frecuentemente la endulzaran, intentando evitar que sacara el látigo.

Con narrar este pasaje no pretendo restar lo mínimo a la grandeza de la Montaner, quien perteneció a la estirpe de artistas que no sólo se apoderan del momento en que viven, sino permanecen indelebles. Y si un creador, como Rita Montaner, logró adueñarse de una época y su recuerdo es capaz de seguir dominando en absoluto, no merece más que respeto y admiración. La he contado para que se entienda que esa etapa de mis primeros contactos con personalidades artísticas fue de gran riesgo en mi vida por verme sometida a situaciones ajenas a mi educación y al transcurrir un proceso de tal índole uno llega a pensar si pierde su tiempo y debe emplearlo en cosas más útiles.

Sólo con el transcurso de los años nos damos cuenta de lo provechoso que fue perseverar; de que experiencias de ese tipo contribuyeron a ponernos frente a la verdad de la vida, la cual no es tan color de rosa. Y, sin renunciar a las enseñanzas recibidas desde la cuna, nos dieron la coraza necesaria para mantenernos en el sendero no exento de adversidad y rivalidades que determináramos recorrer.

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