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María de los Ángeles Santana (XIX)

24 de mayo de 2019

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M_A_Santana,_Tengo_un_nuevo_amor

 

Para los lectores de esta sección procedemos a intercalar capítulos de nuestro libro Yo seré la tentación: María de los Ángeles Santana, publicado por el sello Letras Cubanas, cuya tercera edición acaba de ser puesta a la venta en ocasión de la Feria Internacional del Libro de La Habana correspondiente al 2017.

Hoy damos continuidad al capítulo en que la Santana narra sus experiencias en el Colegio de Nuestra Señora de Lourdes, en La Víbora, y sus impresiones acerca de las monjas filipenses.

Para mí una de las grandes enseñanzas de las monjas filipenses fue la reflexión sobre muchas cuestiones de la existencia humana. Nos inculcaron la idea de desechar lo superficial, de que los objetos materiales no se convirtieran en una razón primordial de nuestra vida, a la que podíamos adornar con hermosos valores del espíritu; cómo uno —sin desentenderse de la formación recibida en el hogar y en el colegio— debía acostumbrarse a adoptar criterios por cuenta propia, determinaciones capaces de propicionarnos una absoluta razón de ser, de vivir, de decidir.

Se dieron casos en la escuela de algunas adolescentes que quisieron entrar en la Congregación de las filipenses, seducidas por la mística aureola que acompaña a las monjas de separarse del mundo y el agradable ambiente de Lourdes, el cual quizá les hizo pensar que la existencia de esas madres transcurría muy cómoda y formaba parte de un medio ajeno a los sinsabores de la vida, a las intrigas, a las envidias.

Al nada más analizar lo externo, pensaron que era un sitio paradisíaco donde sería fantástico integrarse a pasar el resto de sus días. Y las monjas entonces les aclaraban: «Aquí hay que entrar por verdadera vocación, esta es una vida de sacrificios». Poseyeron esa capacidad de enseñar que sobre la tierra abundaban cosas muy bellas y capaces de llenar la existencia, en vez de alejarse de los rigores del mundo con entrar a una orden religiosa, si en realidad no se poseía una verdadera vocación, ni una entrega incondicional hasta en el mínimo sacrificio, que tal vez consistiera en que les cortasen el cabello para ofrendárselo a la Virgen.

Varias de aquellas monjas filipenses me impactaron y esa fantasía que me ha alimentado constantemente enardeció mi inquietud por saber acerca de su estilo íntimo de vida, cómo eran las zonas vedadas de la escuela en que tenían sus recintos y en las cuales se encontraban las novicias que, vestidas de blanco, debían pasar por un período de cinco años de votos temporales antes de solicitarlos a perpetuidad.

Sufrí de curiosidad por pisar su refectorio, donde se rumoraba que se ponían algo cómodas a causa del sofocante calor de Cuba y se quitaban el largo velo de lana de color negro —como también lo era su hábito—, así como aquella toca blanca y dura por encontrase almidonada. Además, sentí muchos deseos de comprobar si ciertamente se bañaban con unos ropones largos y anchísimos que permitían lavar por debajo el cuerpo, al igual que debían hacerlo las alumnas internas.

En lo que la indiscreción aguijoneó más mi mente fue en descubrir si sus cabezas se encontraban totalmente rapadas. Como fui tan maldita en la preparación de travesuras, puse en marcha un plan para conocerlo, e hice algo de lo cual me avergonzaré hasta el último día de vida. En Lourdes existía una maravillosa monja llamada sor Inés. ¡Qué receptiva se mostraba! ¡Qué alegría y entusiasmo emanaban de ella! Había que verla conversar con uno acerca de lo que sucedía en nuestros hogares de forma tan cordial y franca que a su lado no nos cohibíamos de ser tal como éramos. En una ocasión se me ocurrió decirle: «Madre Inés, ¿usted tiene la cabeza rapadita?» Ella me miró dulcemente y contestó: «Mi niña, eso no se pregunta. Son cuestiones propias de nuestra profesión en las que no debes hurgar. Y aunque no lo haces con mala intención, nunca le hagas la pregunta a otra hermana, quizás no te responda igual que yo. Olvídate de eso».

Sin embargo, no podía olvidarlo, con frecuencia me daba vueltas en el pensamiento y un día en que sor Inés daba una clase de bordado, sin que se diera cuenta, agarré un alfiler de criandera y lo prendí de la falda del uniforme de una niña, que se prestó para la jugarreta, al borde del velo que las monjas sujetan a la toca con un alfiler muy grueso en uno de sus extremos. En un momento determinado, le hice una seña a la muchachita para que se levantara con rapidez. ¡Ay, Dios mío de mi vida! ¡Le arrancó el velo, pero no logró quitarle la toca, que estaba bien sujetada a la cabeza de la madre Inés! ¡Qué frustración tan grande para mí y otras compañeras, que no pudimos saber a ciencia cierta si en realidad las monjas se rapaban!

En medio de la confusión que ella ocasionó al ponerse el velo, se retiró el alfiler de criandera del uniforme de mi cómplice en esta anécdota en Lourdes. Menos mal que la madre Inés era tan bondadosa que sólo optó por mirarnos severamente y no darle importancia a lo ocurrido. De haber sido una de las monjas de carácter estricto que teníamos allí no sé a dónde hubiera ido a parar aquel grupo de niñas con la autora intelectual del hecho.

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