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María de los Ángeles Santana (IX)

11 de enero de 2019

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Para los lectores de esta sección procedemos a intercalar capítulos de nuestro libro Yo seré la tentación: María de los Ángeles Santana, publicado por el sello Letras Cubanas, cuya tercera edición acaba de ser puesta a la venta en ocasión de la Feria Internacional del Libro de La Habana correspondiente al 2017.

 

En mayo de 1920 el precio de la libra de azúcar sube a veinte centavos en el mercado, razón por la cual Cuba «baila» una fugaz «danza de los millones» —de acuerdo con la voz popular. Pero el brusco descenso de su valor, a finales del año, desencadena una crisis deflacionaria que provoca la máxima reducción de la banca de capital criollo e hispano-cubano y sólo permite subsistir a las grandes instituciones extranjeras de ese tipo.

Al mismo tiempo cierran sus puertas numerosas compañías comerciales; las hipotecas de inmuebles y fincas agudizan la situación de familias de abolengo y de la clase media que, abruptamente, pierden sus bienes y, en algunos casos, provocan suicidios. Mas el amargo despertar de nuestro pueblo, en el propio 1920, de la «danza de los millones», trocada en «marcha fúnebre de la miseria», tal vez se efectúa con menos rudeza en el central Constancia.

 

Quizás lo que almacena mi memoria sobre el central Constancia esté cubierto de fantasía por tantas cosas hermosas que se vinculan a mis primeros pasos en la escuela, el cariño de tanta gente a causa de la reconocida posición que papá ocupaba por ser el único médico de Abreus, el momento en que él me enseñó a nadar, mi deporte favorito, en una represa del río Damují, en la cual me soltaría un sonado «¡Tírate!», que luego mantuve presente en tantas cosas por realizar en la vida.

Aunque nos fuimos a vivir a Nuevitas en 1920, un año tan difícil para este país, casi hasta el último momento que residí en Constancia disfruté de emociones agradables e imborrables, ya que poco antes de la partida conocí al gran Enrico Caruso. Como muchas personas saben, o habrán leído, él vino ese año a La Habana para presentarse en el Teatro Nacional. Pero le ofrecieron hacer una actuación en el Terry, de Cienfuegos, ciudad amante de la cultura y con personas que poseían suficiente capital para darse el lujo de pagar la alta suma de dinero requerida por este tenor italiano, considerado en su época la mejor voz del mundo.

Al llegar Caruso a Cienfuegos, los encargados de atenderlo necesitaron un traductor y al recordar que el doctor Santana hablaba italiano fueron a localizarlo a Abreus. Papá aceptó de inmediato, dado lo mucho que le gustaba la música y su admiración hacia Caruso.

En la mente de una niña de seis años de edad Caruso quedó como un hombre ciclópeo, muy comilón y que vocalizaba mucho. Sin embargo, deleitaba a cualquiera cuando apianaba su voz y empezaba a hacer arte. No era necesario tener conocimientos de música para percatarse de que se estaba frente a un cantante excepcional. Esa es la visión vaga y hermosa de un hombre que, además, se plantó delante de mí, me levantó en peso y exclamó uno de sus ayes.

¿Apreciaría Caruso, acostumbrado a departir con tanta grandeza artística, la vocación que posiblemente se gesta en una niña de mirada inquisitiva y capaz de impresionarlo sobremanera en un hogar de la campiña cubana? Lo cierto es que la pupila de la Santana retiene con claridad, hasta nuestros días, la imagen del divo italiano que, contratado por el empresario Adolfo Bracale, visita nuestra patria al final de su carrera, pues el 2 de agosto de 1921 fallece en su natal Nápoles a los 48 años de edad.

Tan fantástico recuerdo acompaña a María en el viaje hasta su nuevo punto geográfico de residencia familiar, al que Santiago Santana enalteciera en un soneto dedicado a Adela Soravilla con el título de A Nuevitas, la patria de mi amor:

 

Sobre la falda que arrullara el viento,

luchando con el mar te remontaste

y buscando la vida te elevaste

cual águila condal en su elemento.

 

El cielo te escogió; puso en tu aliento

lo extraño del placer que me brindaste

y en ensueño de amor te consagraste,

Venecia de mi gloria y sentimiento.

 

Todo es hermoso en ti; claro tu cielo;

serenos son tus mares y benditas

tus noches de poesía y de mi anhelo.

 

Y es fama que adorar siempre me invitas

santo divino y sin igual consuelo,

promesa de mi Edén; dulce Nuevitas.

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