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Los peligros del halago

14 de diciembre de 2018

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¿A quién no le gusta que lo halaguen? Yo diría que a pocas personas. Es más, resulta común que los psicólogos aconsejemos a los padres que la educación tiene dos caras; la negativa y la positiva: no se pueden dedicar solo en reprender, castigar y señalar defectos, sino que es muy importante que a los hijos le digan lo bueno de sus conductas, que los feliciten, que le reconozcan los méritos, en pocas palabras, que los halaguen y los premien.

Sin embargo, el halago tiene una cara fea cuando no se maneja bien, en cualquier ámbito y con cualquier persona en las más diversas situaciones que nos pueden pasar. Y es que con el halago se cumple ese precepto de que los excesos suelen ser malos, y además de otros riesgos de los que voy a escribir.

Está el halago anticipado que es cuando se reconoce algo lo que no ha ocurrido, así el jefe le dice al nuevo trabajador: “Este departamento se siente feliz por adelantado al incorporar a X a nuestro colectivo porque sé que va a aportarnos ideas nuevas y que nos van a proporcionar mejoras”. Hablar así constituye un gran error, porque cualquiera que sea el currículo de X, halagar por anticipado lo único que hace es acomodar al recién llegado y ponerlo en situación de ventaja y superioridad con respecto a los demás trabajadores, lo cual seguramente levantará recelos, molestias e incluso rivalidades que no son anda buenas para una efectiva interrelación laboral.

También está el halago exagerado, y aquí recuerdo al fallecido humorista Marcos Behemaras que en un tono maravilloso de burla inventaba una historia sobre el halago de un periodista, quien publicaba la maravillosa actuación de un joven que trabajaba en un taller porque había encontrado un clavo que se había perdido, y que por cierto era hijo de un personaje importante, y de paso mencionaba la buena actitud de otro joven que había descubierto como crear energía nuclear a partir de la mermelada de guayaba, y por último aconsejaba que siguiera el ejemplo del “encontrador de clavos”.

Sé que es para reírse, pero ¿creen que es exagerado? Pues les digo que la posición de poder que ocupa la persona o cualquier familiar condicionan frecuentemente el halago exagerado, el cual busca beneficios para el halagador, porque se pone en el campo visual de personajes que pueden ofrecer prebendas, por ser un “chicharrón” –que en buen cubano significa que es un espécimen repulsivo capaz de servir a otros que tienen poder–. También el halago exagerado, en otras circunstancias –como es felicitar efusivamente a quien lo que hace es sencillamente cumplir con su trabajo– puede crear el erróneo criterio que cumplir con el deber es algo que amerita premios, cuando hacer por lo que se le paga no es nada del otro mundo, sino la conducta normal, lo cual no quiere decir que no se agradezca, que se le diga que lo hace bien, pero sin traspasar los límites, es decir sin exageraciones.

No puedo dejar de referirme al halago falso, es decir, cuando no hay nada por que felicitar, porque no se ha hecho nada; es más, este tipo de halago se utiliza a veces como una manifestación de ese mecanismo de defensa que se llama “catatimia”, que significa que los afectos nos nublan el raciocinio y vemos lo que no existe o lo contrario a la realidad. Así el padre reconoce al hijo por su esfuerzo aunque haya suspendido el examen, que es una manifestación de amor, pero muy dañina porque si el padre está tan feliz como para halagar al hijo ¿cómo entenderá en que se equivocó? Y lo peor ¿estará consciente que tiene que esforzarse y mejorar? Aquí, en esta situación se halaga el supuesto esfuerzo, pero evidentemente fue un esfuerzo fallido porque no tuvo resultados satisfactorios, que es al fin y al cabo lo que cuenta.

No estoy en contra de reconocer, premiar, en pocas palabras, de halagar, pero hay que sortear la lisonja, la adulación, el rendibú porque eso es complacencia por razones que no son válidas y que acomodan, inflan falsamente autoestimas, y no favorecen para nada el esfuerzo verdadero y los buenos resultados.

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