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Los golpes o las palabras

25 de marzo de 2016

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No creo que haya algún padre o madre que en algún momento no se enfrente ante la necesidad de aconsejar a su hijo o hija escolar sobre qué hacer cuando otro niño le pega en la escuela. Resulta muy difícil encontrar una salida que satisfaga totalmente a todas las partes involucradas y demás aspectos involucrados como es educar correctamente a los hijos para que no sean víctimas y puedan defenderse de las agresiones, porque es sabido que lo que se aprende desde pequeños pueden ser acciones que guíen la conducta adulta, y para nadie es un secreto que saberse defender es asunto importante en la vida.

El problema es complejo y seguro que esto es lo que están pensando todos los lectores que hayan atravesado por este peliagudo problema, ¿qué hacer? Porque no hay dudas que no se puede quedar así, ya que no es posible pasar por alto algo que puede tener consecuencias muy graves, tanto psicológica, social como físicamente.

La primera reacción que tenemos los padres es decirle a nuestros hijos que se defiendan y le peguen al otro, pero resulta muy peligroso este consejo por varias razones: la primera de todas es que hay que conocer todo lo que pasó, porque tal vez nuestro muchacho o muchacha fue quien inició la disputa que terminó con golpes; otro aspecto es saber si nos está diciendo la verdad sobre los acontecimientos. Quedan otros aspectos a saber para poder solucionar un asunto de este tipo como son los criterios de la escuela, de los maestros, y cuál es la política y las consecuentes estrategias de esa institución con respecto a las disputas físicas con el propósito que las relaciones interpersonales entre el alumnado sean satisfactorias. No se puede alentar la violencia como tampoco se puede alentar la pasividad porque estar en cualquiera de los extremos de la violencia, víctima o victimario es fatal, ya que deja huellas en las vidas de los pequeños y hasta pueden marcarlas para siempre.

No se puede echar agua en cesta ante un asunto de este tipo; hay que intervenir de a lleno para que padres y maestros trabajen en la misma dirección con el fin de disminuir al máximo las conductas agresivas y propiciar una buena comunicación, relaciones amistosas y de ayuda entre los niños, adolescentes para que este aprendizaje le sirva en su vida futura en las muchas otras relaciones interpersonales que tendrá. Un niño abusivo y golpeador establece con mucha frecuencia en su vida adulta el mismo método de relación social, porque sencillamente es la forma que aprendió para comunicarse y resulta más fácil aprender a golpear que aprender a relacionarse pacíficamente, ya que esto último tiene muchas más facetas entre las que se encuentran el diálogo, la negociación, la tolerancia, el intercambio, la escucha activa, la ayuda, saber jerarquizar los motivos propios y ajenos. La molestia que sentimos cuando un hijo nos dice que lo han golpeado, y más si le vemos alguna marca es lícita, es humana, pero ¡cuidado! que la mente emocional no se imponga sobre la mente racional y aunque al otro día tengamos asuntos laborales importantes que resolver, hay que poner por delante una visita a la escuela para ver que sucedió y buscar soluciones conjuntas, ya que si enojados lo que le decimos es “dale duro mañana y déjale una marca mayor que la que él te hizo o pártele la cabeza, para que te respeten, porque si no te van a coger la baja”, entonces estamos comenzando con la educación de la ira, la violencia, el descontrol, cerrando la puerta a la reflexión, la lógica.

No vayan a creer que yo pienso que la vida es un lecho de rosas y que a veces un buen golpe o empujón o bofetada no es efectivo, e incluso creo que, a veces, es lo único que se puede hacer; pero es la excepción y no lo que le debemos enseñar a los pequeños para defenderse. Lo que sí es importante es enseñarles a defenderse pero de manera útil, efectiva, y esa forma no son los golpes.

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