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Los dos amores

19 de agosto de 2023

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índiceLo acariciaba, al igual que acariciaba al gato. Su cuerpo metálico no era suave, pero también le hacía sentir su compañía aun cuando estaba en descanso. La hija se lo decía. “Déjalo descansar, lo vas a quemar y no queda otro”. También le anunciaba lo del animalito. “Después de este gato no habrá otro”. Te quitas la comida y se la das a escondidas. “Te encariñas, desaparece y te quedas lloriqueando por él y hablando de él a todas horas”. Ya ella no contesta. La hija no entiende sus razones. Viven en dos mundos distintos. Y también tienen sus mundos, los nietos. Aquí cada uno tiene su mundo aparte. Los gatos siguen siendo los mismos desde el primero recogido en la calle cuando regresaba del parque con la abuela. Estaban botados junto al latón de la basura. La abuela no le dio tiempo a escoger. Los revisó, escogió a uno y solo se lo entregó después que lo bañó, pero en agua caliente y lo enrolló en una toalla vieja. “Tiene más de un mes. Se salvará. Las dos le buscaremos un nombre”.
Le colocaron el radio junto al teléfono para que permaneciera allí. Y recibido la orden diaria. “Que no le abriera la puerta a nadie”. La hija no le dijo de qué hierba era el té que le había dejado con un pan del bueno. Con las croquetas inventadas por la vecina buscavidas del segundo. La anciana sonrió. Había tomado pasaje para su mundo propio.
Estaba sola. La hija y la nieta para el trabajo. El varón, en el pre. Ya había lavado la ropa interior de todos y colgada en el patiecito. En la ventana, a la hora prevista por el mismo, tomaba un baño de sol. La miró y le dijo: “Todo va bien”. Ella le sonrió. Ese gato siempre le daba ánimo. No era de los excesivamente melosos. El bribón sabía administrar sus caricias, no para hacerse el indispensable. Era un gato orgulloso. Sonó el teléfono. Saltó de la ventana y se perdió en la cocina. Se molestó. Se fue con su mundo a otra parte. Sabía que ella contestaría el teléfono y entraría en el mundo de otra persona. Él esperaría su próximo turno en la cocina, cuando a mordiditas para que le durara más, almorzara el pan con croqueta sabroso a pesar de que nunca adivinara el contenido de la masa, dada la magia creadora de la vecina del segundo piso. Descolgó y no le dio tiempo a preguntar quién era. La ráfaga de palabras llegó hasta ensalivada. Con la ida de la familia, sobre todo de los niños, los sinónimos desaparecieron de su vocabulario. Repetía y repetía las palabras, en especial los adjetivos. “Los niños, gordísimos”. Y el “gordísimo” lo alargaba como alargaba la masa la vecina del segundo piso. El mundo de la amiga se reducía. Por suerte, el de la vecina, no. Las croquetas, las fritas mantenían el tamaño y el sabor estable. El viejo reloj, más viejo que ella, sonó. ¡Era la hora del programa de los boleros! Por culpa del mundo de la otra, no perdería el suyo. La amiga no tenía derecho a perturbarla. La interrumpió. Hizo la despedida más rápida y sin palabras dulzonas. Cada uno tiene derecho a defender su mundo.
Con el radio portátil acunado en sus brazos llegó a la cocina. Casi le canta una nana al depositarlo en la mesa. El pan con la sorpresa de croquetas o frita estaba en el nylon. Ya no la dejaban encender la cocina. Abrió el refrigerador y extrajo el jarro con la infusión de la hierba desconocida. El gato la observaba desde la ventana. Él también junto a ella hacía una sola comida que llamaban fuerte a las siete de la noche más o menos. Este era un tentempié, así la llamaba su abuela. Mas las galletitas de las cuatro de la tarde también compartidas con el gato que, por suerte, no le gustaban las infusiones. Era día de croquetas, esperadas con desesperación por el gato, quien adivinó el olor a claria. Ya estaban los locutores intercambiando. Narrando otra vez la vida del cantante y del compositor. Si hablaran menos, salieran más boleros. Pero ellos también tenían su mundo y luchaban por él, lo comprendía aunque sentía el brote de una matica de hostilidad hacia ellos. Aquel bolerazo unido a las croquetas, la liberó de aquellos pensamientos egoístas. Benny, Elena, Pablito, hasta ese muchacho de la canción de la abuela que le hacía el café en las mañanas. Regresa a su mundo, el original. El de los sueños, las esperanzas no perdidas. Después de tomar el necesario sol, y engullir las dos croquetas de claria, se dulcificó al recibir sus necesidades básicas. Emitió el más dulce de sus maullidos. También a la anciana le gustaron las croquetas y la infusión que descubrió era de menta y humana al fin, se rellenó de placer con la música de los boleros. Con la invitación para el programa de mañana de los locutores, se iría a dormir la siesta. El gato, también. ¿Se estaría volviendo gato?

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