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La reina de la cocina

29 de marzo de 2014

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cartasLa muchacha se asombró ante el pedido de la anciana. Prefirió callar la curiosidad. Desde la muerte del abuelo, ella tan alegre y compartidora, prefería la soledad del dormitorio después de terminadas sus responsabilidades hogareñas. Ni el dolor lacerante de los primeros días, la separó de su especial invención de platos deliciosos con ingredientes inimaginados. En esa única acción mañanera, se repetía a si misma en la imagen reconocible. Le entregó dinero y le pidió que le consiguiera un papel fino para cartas, sobres y sellos nacionales.

La nieta suponía que el secreto estaba escondido en una vieja libreta forrada que la abuela repasaba en los últimos días. En el rostro triste, le aparecía un intento de sonrisa.

Complacerla, no resultó fácil. Entre correos y mensajes de texto, venían y regresaban las palabras. La gente, olvidadiza de las viejas costumbres por la naturaleza del ritmo de los tiempos, pasaba plumas, tinteros, secantes al rango museable.  Los preguntados por el papel fino de cartas abrían los ojos porque desconocían que en el otro siglo en ellos se declaraban los enamorados, los guerreros preguntaban por la salud de sus hijos. En la casa de un viejo impresor jubilado consiguió las hojas. Y todavía el servicio de correos repartía cartas y aceptaba telegramas.

La anciana asistió a la invención de los bolígrafos y avituallada con sus pedidos, permaneció mas tiempo en el dormitorio. Al salir de él, mas animada y con mejoría en el apetito, la familia aceptó la costumbre de su reclusión en la habitación aseada y ventilada. Una tarde, sonriente, la abuela entregó a la nieta catorce sobres con sus respectivos sellos y con direcciones escritas en perfecta y legible letra. Todas estaban dirigidas a mujeres de nombres desacostumbrados en que las Marías abundaban, seguidas por las Caridad y las Mercedes. La anciana no se dio por enterada de los ojos curiosos de la joven y se retiró a su soledad, interrumpida por su tiempo en la cocina y porque esperaba ahora la llegada del cartero que por todas las casas repartía los periódicos, dada la ausencia de la correspondencia. Junto a las noticias del día, entregó esa mañana un sobre. Apretada en las viejas manos, la carta podía contener una respuesta deseada, la primera de las catorce.

Esa noche, la abuela comió con ganas y la nieta se aprovechó de la dulzura que le saltaba del rostro. Indagó y fue invitada al dormitorio. La abuela le entregó la carta recibida. Para la joven le fue fácil la lectura porque revelaba una redacción y unas letras dispares como las propias. Escribía una tal Yusisasi en nombre de su abuela Águeda María porque a esta la artritis le impedía tomar el lápiz. Contaba que la recordaba con igual cariño y que le había dado una alegría muy grande el saber de ella. Que se acordaba mucho de aquella escuela de niñas pobres en que aprendieron a leer, escribir, contar, cocinar, bordar, tejer. Y le preguntaba si seguía cocinando como en aquel tiempo pues en eso era la más felicitada por las monjitas y que esas monjitas eran muy estrictas con las felicitaciones.

La abuela dictó la orden a la nieta: Tú le contestarás y dirás que soy la mejor.

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Lisset / 31 de marzo de 2014

Benditas las abuelas, es realmente especial compartir el tiempo y el espacio con ellas, siempre tienen algo que enseñar. Aún cuando el tiempo sea poco y la vida agitada hay que disfrutarlas, dedicarles todo, pues por desgracia para los nietos no nos duran para siempre.