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La ostentosa

24 de junio de 2013

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El inicio del vicio transcurrió en un hogar de hija única, adorada por padres, abuelos y tíos. Si alguno de los componentes del grupo familiar en descanso eterno pudiera asomarse a las consecuencias de tantas batas bordadas y muñecas costosas, retornaría apurado al osario, pues ninguno por el rango económico consiguió hacerse de un panteón. Porque si bien se equivocaron en colmar de preciosuras a la niña, lo hacían en nombre del sacrificio personal porque cumplían con aquella frase capacitada para encontrar cualquier trabajo, aquella repetida por los abuelos, “somos pobres, pero honrados”.

El vicio, porque era una adicción cumplidora de todas las reglas establecidas, se manifestó desde las primeras conversaciones infantiles. La pequeña hablaba de sus posesiones con un “mío” recalcado con fuerza telúrica. “Mis muñecas son las mas lindas porque le costaron a mi tía mucho dinero”, “mi escuela es la mejor porque es muy cara y tiene ómnibus nuevos para recoger a los alumnos”, “mi piñata es la mas grande y tiene los caramelos de menta mas sabrosos”. Estaba en lo cierto. La familia vaciaba los bolsillos para agasajarla y convertirla en lo que ellos consideraban, sería la niña mas feliz porque partían de que al ser el futuro indeciso, por lo menos valía colmarla de presentes en estos primeros años.

Por el momento, creció con suerte. Encontró un marido que la idolatraba y de acuerdo a sus salarios de buen profesional, le cumplió en lo que pudo sus apetencias ostentosas. El único hijo, considerado el mas bello e inteligente, criado bajo las prédicas maternas, al ser hombre y casarse, reprodujo las idénticas leyes de conducta, pero en un aspecto se le debilitó la moral familiar venida desde los antecesores y que se sostenía en aquella frase de “pobres, pero honrados”. Al entregarse en grande a la conjugación del verbo tener, se le olvidó el uso del adjetivo honrado.

La ostentosa, ya abuela de los nietos mas bellos e inteligentes de la galaxia, apenas notó la carencia de la frase que sostenía la moral de la familia. Aquello de “pobre, pero honrado” se guardó en el cuarto de desahogo lleno de telarañas. Y en el ejercicio pleno de su vicio, la ostentosa regaba por las calles las maravillas poseídas. Narraba los cambios ocurridos en la antigua casa familiar que ante los ojos de los vecinos, pasaba de hogar a mansión. Entrenados por la abuela, los nietos presumían de sus mochilas, sus ropas, sus computadoras personales, hasta de la mascota, un perro de marca extranjera.

Tal profusión de datos manejados a nivel de barrio, dada la publicidad dirigida principalmente por la abuela, facilitó la labor de los investigadores. Las pruebas les salían al paso pues el vocablo corrupción les iluminaba el camino. En el cuarto de desahogo , en estertores agonizantes hallaron aquellas palabras que decían “pobre, pero honrado”. Una de las nietas contempló la muerte. Quizás, por algún gen heredado de los tatarabuelos, sintió cierta lástima.

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