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La música en Cuba durante la conquista (II)

30 de octubre de 2018

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Órgano de la Iglesia auditorio San Francisco de Paula

Continúo hoy mi comentario acerca de la música en Cuba durante la conquista.

No existen pruebas de que el canto llano fuera enseñado a los aborígenes cubanos como se hizo en México, porque aquí, más que enseñar se pensaba en robar el oro que, supuestamente, abundaba en estas tierras y, para ello, había que conquistar la mansedumbre de aquellos infelices, utilizando todas las estrategias que fueran necesarias, empezando por mostrar la imagen de la virgen María que les llevó a crear cantos de alabanza. Al ser esclavizados, los primeros habitantes de Cuba comprendieron la verdad y empezaron a rebelarse, pero ya era tarde, porque los invasores se apoderaron de todo y los exterminaron, aunque unos pocos dejaron descendientes en zonas como Baracoa, cuya huella aún se aprecia.

En mi comentario anterior mencioné la presencia de Ortiz, Porras y Morón, como los primeros músicos llegados con la conquista y portadores de la herencia peninsular que fue la iniciadora de una sonoridad nueva aquí. En el caso de Morón, se enroló con Hernán Cortes para conquistar México, y allá instaló su escuela de tañer y danzar como lo había hecho antes en Trinidad. Más tarde llegaron varios músicos militares acompañados de otros instrumentos, y así quedaría, para siempre, un fuerte legado español que marcaría nuestra historia posterior.

Una vez fundadas las primeras villas, empezando por la de Baracoa en 1511, a la que seguirían: Bayamo, Sancti Spíritus, Trinidad y Santiago de Cuba, a finales de 1514, llega a Cuba el primer obispo, Juan de Wite, quien era un flamenco amante de la ostentación y mandó levantar una iglesia con la invocación de la Asunción de la Beata Virgen María, donde la música debía jugar un rol muy importante, por lo que se creó una cantoría para el canto llano y una plaza de organista, pues el órgano debía sonar en las festividades. Pero todas las aspiraciones de este obispo y los siguientes, se veían ensombrecidas por los conflictos internos provocados por la escasez de oro, las fugas de esclavos, el ataque de corsarios franceses y la corrupción gubernamental. Y fue en esos momentos, cuando surgió el primer músico cubano: Miguel de Velázquez, hijo de india y español que, por ser sobrino del gobernador, pudo estudiar en Sevilla y Alcalá de Henares donde recibió una sólida formación musical, aunque nunca olvidó su identidad mestiza que lo llevó a indagar sobre el areito.

Si Miguel de Velázquez creaba partituras lo desconocemos, pues no existen documentos probatorios; pero sí puedo afirmar que llegó a ser regidor del ayuntamiento, que conocía a fondo el canto llano, que era un excelente organista y que fue nuestro primer maestro de capilla en Santiago de Cuba, cargo que ocuparía, casi dos siglos después, nuestro primer compositor: Esteban Salas.

Respecto a los cantos que se escuchaban en Cuba fuera de la iglesia en los primeros años de la conquista, es decir, pertenecientes a la música profana, fue muy importante el romance, transmitido por tradición oral, y conservado en Cuba, a través de rondas infantiles entre los cuales aún se recuerda el que dice: “En Galicia hay una niña / que Catalina se llama. /Todos los días de fiesta / su papa a regañaba, /porque no quería hacer / lo que su mamá mandaba.” Aunque creo que el más famoso es: “Mambrú se fue a la guerra / que dolor, que dolor, que pena.”

Sobre el tema, continuaré en mi próximo comentario.

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