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La historia no es un cuento (II)

7 de marzo de 2014

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CamagueyCon la llegada a Cuba, en la década del cuarenta, del Padre Miguel Becerril Blázquez, las cosas comenzaron a transformarse. Lo primero que se hizo fue colocar altares laterales de madera, que tapaban y sustituían los antiguos nichos, y que eran del mismo estilo del retablo mayor; luego cambiaron los pisos de loza de barro por las de cemento, “más funcionales e higiénicas”. ¡Otra vez la higiene!  Según decían los sacristanes y secretarios, Cornell y Herrera, habían tenido que cambiarlas porque “desapareció del mercado el líquido que permitía limpiarlas” y la iglesia estaba siempre empolvada.
Algunos aseguran que en 1926 se colocó el altar de mármol donde estaba el Sagrario, encima del que colocaron una imagen de la Inmaculada Concepción, que tenía muchas devotas entre las Hijas de María, y que una vez transformado este, en los años 80, poco faltó para que declaran “guerra santa”, solo que sus achaques hicieron que las protestas no llegaran a mayores. Pero no estoy seguro si ese fue el que conocí o si fue redecorado con mármoles de Carrara del Convento de María Reparadora que, en 1959, fueron a dar hasta allí, acompañados de una enorme arqueta que contenía “disciplinas” de las que usaban las monjas para “mortificar la carne”, práctica abandonada después del Concilio Vaticano II.
Luego se pintó la cúpula, con trazados geométricos de inspiración romana, para finalmente comenzar los trabajos del presbiterio y los muros. Fueron encargados a Juan Albaijés Ciruana, camagüeyano, hijo de camagüeyanos de origen catalán y no un pintor catalán como algunos proclaman. La familia Albaijés debe vivir aún en la calle Pobre casi esquina Ignacio Agramonte.  Al menos, quizás esté viva Monina Albaijés, puesto que el Padre Ángel Albaijés murió joven en los primeros años de la Revolución, y, antes, el pintor se había suicidado, creo que alrededor de 1956. Por eso las obras quedaron inconclusas. Usó una técnica italiana que va haciéndose el mural por capas, para finalmente aplicarle oro con fuego. Se terminó el presbiterio, dejando inconclusos los murales, con adornos florales, de los muros. De la madre de los Albaijés se conservaban dos lienzos, el paisaje del Monte de la Calavera que adornaba el fondo del altar del Cristo de Limpias, y un enorme y lúgubre San Jerónimo, casi desnudo y rodeado de libros dentro de una cueva, que colgaba en el salón parroquial. Los dos desaparecieron.
Siempre sonrío burlón cuando alguien afirma que “el tiempo y las manos irresponsables han ido borrando el fino trabajo de los maestros que hicieron estas antiguas pinturas coloniales”, cuando lo que realmente sucede es que los murales nunca fueron terminados en los años cincuenta.
También de Juan Albaijés son los relieves de cemento que aparecen en el presbiterio y en el baptisterio. Este último, desde 1864, tiene una pila bautismal de mármol pues la original de latón fue llevada a la Iglesia de Nuevitas, así que la pila donde fueron bautizados desde la Avellaneda, Ignacio Agramonte,  Carmen Zayas Bazán y otros ilustres, no es la que está.
La Iglesia de la Soledad en los últimos cincuenta años, que sepa, ha sido sometida a dos remodelaciones, más a ninguna restauración.  Un sacerdote, ignorante aunque lleno de esas buenas intenciones, hizo la primera en los años ochenta, y destruyó el púlpito – como dije antes, bella obra de la ebanistería principeña-, se deshizo de la enorme colección de candelabros de bronce y de objetos de culto que incluía ornamentos, textiles e imágenes religiosas, eliminó, a saber, tres crucifijos antiguos, cerró el cementerio, que siempre fue un lugar bien ventilado y sin humedades, y, para colmo de males, destruyó el altar de la fundación que se guardaba allí junto al primer crucifijo y dos candelabros. A él mismo, trepado en andamios, se le podía ver, a toda hora,  pintando la iglesia, borrando murales, y, para colmo de estropicios, transformó al estructura interna de la casa parroquial y los salones, al cambiar las escaleras interiores de madera por unas de concreto que nunca pudieron funcionar, pues para llegar al segundo piso había que ponerse en cuatro patas. Este eliminó las rejas de hierro forjado, modificó el altar y  construyó dos ambones de madera. A su favor hay que decir que la nueva mesa y estos dos últimos elementos imitaban la estructura de los altares de madera existentes, cosa que hace que algunas personas, no entrenadas, afirmen que esos muebles son originales, olvidando que, hasta después de la reforma litúrgica, la misa se celebraba con todos vueltos hacia Dios, que es mejor que decir que con el sacerdote de espaldas al pueblo.
Después, en este siglo, trabajaron en la remodelación capital del templo, cuyo techo, escaleras, coro y campanario, necesitaban de ella; pero, a falta de fondos, tomaron la decisión de resanar sus paredes exteriores, convirtiendo un templo majestuoso de ladrillos en una fea construcción que tal parece está a punto de desmerengarse. Si así había vivido en los últimos cien años, bien podría esperarse algunos más para que aparecieran donativos generosos o una tecnología más barata que permitiese aplicar la resina adecuada, que protegiera los ladrillos pero que no cambiara definitivamente la configuración del templo y de la ciudad. Las imágenes que hoy representan a Camagüey son las de las Plazas de San Juan de Dios, del Carmen o de la Merced, aunque hasta hace muy poco, a estas se sumaba, primando, la clásica de la Soledad, retratada desde la calle Ignacio Agramonte, que permitía ver parte de la fachada y la totalidad del campanario, donde aún llaman a misa tres campanas – una de ellas enorme, la Van Horne-, que conservaban su sistema original intacto, permitiendo hacerlas sonar solo tirando suavemente de las sogas que atravesaban la estructura de tres niveles hasta llegar a la oficina y archivo, otro de los sitios de mayor valía, donde se atesoraban desde documentos firmados por los obispos Compostela, Valdés, Azúa, y Claret, hasta documentos de la historia local como algunos de los testimonios sobre cómo los lugareños pararon el llamado “Cisma de Oriente”, nombre tan vanidoso con el que se comparan los sucesos de Santiago de Cuba, protagonizados en 1872 por el Pbro. Pedro Llorente y Miguel,  con el gran cisma mediante el cual se separaron definitivamente los grandes patriarcados orientales del poder central de Roma, fractura que hasta hoy escandaliza a la humanidad, por mostrar una cristiandad dividida que olvida el llamado de unidad hecho por su Maestro.
Podría seguir haciendo precisiones o apelando a la memoria y los documentos, pero prefiero invitarlos a hurgar y a pensar con cabeza propia. Verán cómo se desmotan los mitos y se deshacen las palabras huecas, que, por demás, el sitio no necesita, ya que tiene fuerza, gozo y presencia por sí mismo.
Terminaré este relato, que no cuento, con una anécdota que retrata el espíritu de este edificio y de sus visitantes.
La inocencia del párroco de la Iglesia de Nuestra Señora de la Soledad, Monseñor Miguel Becerril Blázquez, llegó a ser cosa de leyenda. Camagüeyano de nacimiento, hijo de canarios pobres, que nunca llegaron a indianos, bautizado en la misma pila donde después ofició durante casi medio siglo, estudiante de seminario a los once años, doctor en Teología y Filosofía de la Universidad Gregoriana de Roma, Camarero de su Santidad; el Padre Miguelito era conocido por su tradicionalismo sereno, fue cura de sotana y paraguas hasta que los pies no le acompañaron más, y por ser hombre de muy pocos palabras, a pesar de que hablaba varios idiomas, entre ellos griego y latín. Escaso, pero contundente era su verbo. Tenía como premisa y estandarte, evitar que el rebaño confiado a él se despertase un día sorprendido como las vírgenes necias. Él levantaba el ánimo, alimentaba el alma y el estómago o tenía el don de saber escuchar o el de expurgar el alma, buscando la suciedad, no para culpar o condenar, sino para amar y sanar. Aún en tiempos aciagos la fila en su confesonario era larga.
Este es el protagonista de muchas historias y sucesos, algunos tan dolorosos como el día que tuvo que alquilar la esquina de la iglesia para que montaran una florería, porque estaba empeñado con los dueños de una funeraria que le fiaron el ataúd con el que enterró a su madre o el de un suceso pintoresco y desopilante que se podría llamar: Historia del cura que entró a una casa habitada solo por mujeres. Pues bien, no se trata de un relato picaresco, de esos que la tradición ibérica ha difundido, sino de un cubanísimo vacile, protagonizado por un cura y su campanero negro. Miguelito, para Semana Santa y Navidad  visitaba a todos sus feligreses, sin preguntarles si iban o no a misa, sino sencillamente para saber de ellos, bendecir sus hogares e invitarlos. La parroquia abarcaba desde la línea del ferrocarril hasta el centro de la ciudad, por los lados limitaba con la Merced, y por el fondo llegaba hasta los Repartos Garrido y La Zambrana. Así que un día, el campanero, Rubén, se dispuso a acompañar al Padre por los lados de la Terminal de Trenes. Después regresaron. Y Fausto Cornell indagó sobre el recorrido y Miguelito narró:
–    Fausto, Rubén me llevó a una casa de lo más alegre. Vivían nada más que mujeres, todas muy arregladas, como si fueran a una fiesta, a pesar de que eran como las diez de la mañana…
–    ¿Dónde está esa casa, Padre? – preguntó el secretario
–    En la Calle Progreso…
–    Esa es la zona de tolerancia, capaz que lo llevarán donde Amparo, la Pollera. ¿Rubén, donde metiste al Padre?
–    Fausto, no puede  ser. Esas muchachas me trataron muy bien, y son muy religiosas – dijo el cura
–    Habrase visto, Padre, habrase visto ¡Esa era una casa de putas! ¡Dios mío, este Rubén hay que matarlo, metió al padre en un sitio de mujeres de la vida, y ni se dio cuenta!…
Para él no había mucha diferencia entre un rico – como aquel dueño de la Farmacia Álvarez Fuentes que donó un órgano valiosísimo-, el pobre necesitado, el docto o el ignorante, la pecadora o el publicano. Miguelito sabía que era pastor de todos, y así actuó. Porque era padre quiso adecentar la casa común, por eso la restauró  y la conservó.
Quizás los parroquianos de hoy hayan olvidado su nombre o pasen la vista, sin sonrojo, sobre las letras que convierten la Historia en un cuento de camino, pero yo no tengo el talante y la paciencia para dejar que pase un gato con título de liebre. Hago lo que puedo, lo que sé hacer. Recuerdo, pienso, escribo como quien araña el ladrillo de los muros enormes de la Iglesia de la Soledad, sabiendo que un día, de la marca, podrá brotar la memoria y la virtud.

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